LOS TIERNOS AMORES DEL NIÑO JESÚS DE LA IGLESIA, ALIAS NUESTROSEÑOR

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El niño Jesús de la Iglesia Martínez, alias Nuestroseñor, era flaquito, rubio y algo canijo. Al niño Jesús de la Iglesia Martínez, alias Nuestroseñor, le gustaba, un horror, la señorita Fidencia de Roma y Santiuste quien era, al contrario que Nuestroseñor, ancha y destartalada, como un tranvía, pero qué, por vaya usted a saber qué misterios, al cumplir los quince, se puso zapatos de tacón se dejó media melena y cambió de vía pasando, de parecer un tranvía, a estar como un tren. Esto va a ser cosa del Ministerio de Transportes y del Año Internacional de la Mujer, pensó el niño Jesús de la Iglesia.
Al niño Jesús de la Iglesia Martínez, alias Nuestroseñor, cuando veía por la ventana del colegio pasar a la señorita Fidencia le entraba tal tembladera que tenía que ser atendido de fiebres y espasmos en el botiquín de la escuela.
Esto va a ser cosa de la polio, decía don Félix, el director.
No, dijo el niño Jesús de la Iglesia. Eso es mismamente del tranvía, señor director.
Este niño está febril y no sabe lo que se dice, señorita, le decía el director a la enfermera. Que llamen a sus padres y le lleven a la Casa de Socorro.
En Bravo Murillo había dos Casas de Socorro cercanas. La una en la glorieta de los Cuatro Caminos y la otra en Valdeadeceras, junto al edifico del ayuntamiento de Tetuán de las Victorias. Con un motocarro o en el propio tranvía se llegaba enseguida.
La señorita Fidencia de Roma y Santiuste recibió, una tarde, una tarjeta por correo postal en la que, un supuesto anónimo, le declaraba su amor. Al final de la misiva el supuesto anónimo firmaba como Jesús de la Iglesia Martínez lo que, para un anónimo, es un fallo garrafal. Pero en fin, el amor tiene estas cosas. La señorita Fidencia de Roma y Santiuste se presentó, tarjeta en mano, en el colegio nacional Tomás de Zumalacárregui, ahora Jaime Vera, y preguntó por el niño Jesús de la Iglesia Martínez, alias Nuestroseñor. El director avisó al muchacho y les dejó en un aula vacía, charlando durante unos minutos. La señorita Fidencia le preguntó por sus intenciones y el niño Jesús de la Iglesia Martínez le explicó, convenientemente, que si el día de mañana Dios Nuestro Señor les obsequiaba con un hijo, éste se llamaría Jesús, por su padre, y de la Iglesia de Roma por su padre y su madre. A la señorita Fidencia, que era muy católica, además de colaboradora en la campaña del Domund y de la Banderita, le hizo mucha ilusión tener un hijo con un nombre tan santo y rimbombante.
El propio Papa, ya lo verá usted, le dijo el niño Jesús, será quien bautice a nuestro hijo.
La señorita Fidencia, le autorizó a que le tuteara. Ya que vamos a ser novios, le dijo.
Es que no sé si me acostumbraré, contestó el niño Jesús de la Iglesia.
La novia tuvo, durante un momento, un golpe de llanto porque no recordaba si la mantilla con la que tendría que acudir al bautizo debía de ser de color blanco o negra.
Es que, una de ellas, sólo la pueden portar las reinas, le dijo al niño Jesús de la Iglesia.
Usted, señorita Fidencia, digo tú, Fidencia, eres mi reina, por lo que podrás llevar el color que tú quieras.
A la señorita Fidencia le hicieron los ojos chiribitas con el piropo y se desmayó. Como no tenían sales a mano en el colegio hubo que darle a oler un bote de amoníaco, lo que desmerece, es cierto, pero espabila la mar de bien.
Llegó el día en que el niño Jesús de la Iglesia Martínez, alias Nuestroseñor, ya convertido en don Jesús de la Iglesia Martínez, y sin alias, tuvo que pedir la mano de su novia, la señorita Fidencia de Roma y Santiuste. La petición de mano se celebró en los salones De Torres, en la calle de Bravo Murillo y a ella acudieron los padres, hermanos y el abuelo de la señorita y los hermanos y la madre del novio. Ella le regaló un reloj de la marca Potens, comprado en el Decomisos de la calle del Arenal y el carnet del Atlético de Madrid con su abono correspondiente. Él, por su parte, le regaló un abanico con el clavillo de oro, un paisaje de una dehesa de Jaén pintado por el pintor taurino don Roberto Domingo y las varillas de nácar que parecían, mismamente, conchas de navajas de la ría de Cariño y una sortija de media joya con una circonita muy aparente. El niño Jesús de la Iglesia, para contentar a la familia, regaló también un mazo de puros canarios al padre y otro de tagarninas traídas de Las Palmas y un chisquero de gasolina, al abuelo. El ágape constaba de entremeses fríos y calientes –choped, jamón dulce y chorizo lomo; croquetas de jamón y gambas a la gabardina y ensaladilla imperial- carne asada a la jardinera con su guarnición de judías verdes, champiñón laminado y patata frita y helado de tres gustos. Vino tinto de La Mancha y gaseosa Schuss. Los padres de la novia quedaron encantados con la fiesta y los regalos y, como no podía ser menos, aceptaron a dar la mano de la novia al novio y peticionario.
¿Me quieres, Jesús?
Mucho, Fidencia.
¿Cuánto?
De aquí a la Cibeles, por lo menos. ¿Y tú?
Yo de aquí al Escorial, ida y vuelta.
La luna, esa desvergonzada gordinflona, sonrió al alumbrar la esquina donde los dos tortolitos aprovecharon la oscuridad que ofrecía una farola sin bombilla para besarse. Dos geranios que vivían en el alfeizar de una ventana se miraron turbados y entrelazaron algunas de sus ramas y un jilguero –quizá era un verderol- cantaba en su jaula a la espera de que sus dueños le cubrieran con la toalla, para que no diera más la lata. En aquellos momentos pasó un camión cisterna del ayuntamiento echando agua. Con la oscuridad no se dieron cuenta del beso tierno de los amantes y les pusieron perdidos los zapatos y los pantalones de cascarrias de suciedad, barro y colillas de la acera.
¡El amor!, dijo el niño Jesús, todo lo perdona. ¿Verdad que sí Fidencia mía?
Así es, Jesús de mis entretelas.
Y colorín, colorado…

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2 Respuestas a “LOS TIERNOS AMORES DEL NIÑO JESÚS DE LA IGLESIA, ALIAS NUESTROSEÑOR

  1. La Aguela

    Si me lo permite el autor, la carne a la que hace Ud. referencia, y más en esas fechas era, si mal no recuerdo, “carne asada en su jugo” guarnición aparte, por supuesto.
    Atentamente.
    Su seguro servidor.

  2. Bueno, en el De Torres, no. En el De Torres se llamaba a la jardinera que, debido a la guarnición de verduras debía de ser el motivo.