DOÑA FIDENCIA DE ROMA. MÚSICA Y COMPOSITORA

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El niño Jesús de la Iglesia Martínez, como ya tenía la mano de su novia, la señorita Fidencia de Roma y Santiuste, siguió con el resto del cuerpo y, ya puestos no paró de tomarse confianzas hasta que se casó. Lo que no sobrepasó, naturalmente, fue de la raya que, con un bolígrafo, le hizo su mamá cuando salía de casa por encima del ombligo. En esto fue de lo más decente y pundonoroso. El niño Jesús de la Iglesia Martínez, lo que no sabía, porque el noviazgo sólo da para hablar de ternezas y bobadas, es que la señorita Fidencia de Roma y Santiuste, ahora señora de la Iglesia, es su afición a componer canciones que, luego, tocaba con una armónica. Para tocar la armónica hay que tener mucho fuelle y no todos valen. Por ejemplo los enfermos de hemorroides y los herniados no valen. Doña Fidencia, una tarde en que no tenía nada que hacer, compuso la canción El vals del yeyé, cuyo estribillo decía así:

Bailando al ritmo del vals
del vals del yeyé.
Una dos y tres. Una, dos tres
sin parar de girar con los piés…
Una, dos y tres. Una, dos y tres…

El niño Jesús de la Iglesia Martínez, cuando escuchó la letra y más tarde el vals completo en la armónica lloró de emoción. Al niño Jesús de la Iglesia Martínez le hacían de llorar los éxitos de su esposa. Tanto los musicales como los gastronómicos. Había noches, incluso, que el plato de la sopa nunca terminaba de vaciarse. A cada cucharada él volvía a llenar el plato con sus lágrimas. ¡Qué decir con las albóndigas! Pero es que esto de la música, le terminó de volver un ser dichoso y mucho más enamorado y llorador.
La esposa del niño Jesús de la Iglesia, doña Fidencia, era mucho menos espiritual y mucho más práctica y pretendía, con la venta de la canción, sacar del Monte el tresillo que tenían embargado.
¿Tú crees, señor de la Iglesia –ahora siempre le llamaba así-, que nos darán para desembargar el canapé?
Incluso para comprar género y poner un puesto de pipas en el colegio de la Divina Pastora. Al parecer las niñas que van a este colegio comen muchas pipas, pastillas de leche de burra y hasta caramelos de violeta, como los de la plaza de Canalejas.
Ahora, le dijo la Fidencia, lo importante es encontrar algún músico que nos la apunte en un papel la canción. ¿Tú conoces a alguno?
Pues no. Ahora que lo dices… Pero verás, un compañero mío, del colegio, tiene una hermana colocada de cerillera en Alazán y allí hay muchos músicos, cabareteras y cantantes. Seguro que alguno nos lo podrá copiar en papel. Pero, claro, para eso me lo tendré que aprender e ir allí a cantárselo al músico.
Pues ya estás marchando.
Pero amor, es que allí están todas las mujeres pecadoras. Y hay que gastar mucho en la entrada. No sé si yo podré…
No me vengas con dengues. Yo confío en ti. Adonde irías tú sin mí, ¡alma de cántaro!, le dijo la Fidencia.
Al día siguiente el niño Jesús de la Iglesia Martínez marchó al Alazán donde fue atendido –y muy bien atendido, por cierto- por una rubia explosiva que se llamaba Margaret Astor, como los pintauñas aunque, en la vida civil, se llamaba Canuta Chivarra Torrezno y era natural de Arroba de los Montes, en la vecina Ciudad Real. La Margaret Astor, o sea, la Canuta, le dijo que sí, que conocía a un primo del maestro Granados, el de la suite Goyescas y las Danzas Españolas y que él mismo, o su pasante, se la escribirían. Para ello tendría que volver al día siguiente y cantársela o silbársela, para que este la pudiera escribir.
Cuando tuvo que pagar la consumición con la que convidó a la Canuta, o sea a la Margaret Astor, no tenía dinero suficiente y dejó el reloj Potens, regalo de petición de mano de la Fidencia, en prenda. Volvió andando hasta la corrala en la que vivía en la calle del Sombrerete y, al día siguiente, con lo que sacó la Fidencia de la cartilla de su padre, pudo volver a por la canción escrita y recuperar su reloj. La Canuta, -¡Dios libre y tenga misericordia de todas las Canutas que como tal lo pasan!- se apiadó del niño Jesús y le atendió sin beber copa alguna.
Pero la suerte, esa gacela que escapa al menor descuido, no estaba de parte del niño Jesús ni de la Fidencia. La suerte quiso que el maestro Enrique Granados, que iba a pasarle a papel su canción volviendo de las América viera torpedeado su barco, el Sussex, por un submarino alemán muriendo en el Canal de la Mancha.
Finalmente tuvo que ser su pasante, el Domilito Pérez de Oca, que también sabía de músicas y compases, el que le copiara a papel la canción El Vals de los yeyés.
No se le olvide a usted, amigo Jesús, llevar la letra y la música a registrar para que no se la roben. Ya verán, ya, cómo van ustedes a nadar en dinero a partir de ahora. Estos cincuenta duros con los que usted me paga no van a ser nada para lo que recibirán.
La Fidencia, cuando ya tenía su canción escrita y registrada empezó a silbar con ciertos aires de superioridad. Una superioridad que, enseguida, le hizo arrepentirse.
Eso le pasa a todos los noveles, le dijo el Jesús de la Iglesia. No te preocupes ya te irás acostumbrando.
No sé, no sé… miedo me está dando que me encumbre demasiado y ya no te pueda ver a ti, sino como un freno en mi carrera y tenga que dejarte para irme a las giras por medio mundo.
No temas, amor. Si eso ocurre la señorita Margaret me ha dicho que ella podría atenderme en lo concerniente a lo de lavar la ropa y guisarme la comida. Es muy buena y atenta. Ya la conocerás…
La Fidencia, al escuchar estos, achinó aún más los ojos y, dándose la vuelta cogió con una mano el gancho de levantar las tapas de la lumbre y, dirigiéndose al Jesús de la Iglesia le dijo:
Este gancho que ves, cómo se te ocurra volver por el Alazán, te lo meto por un ojo y rebaño dentro hasta que te saque las tripas como un zarajo. ¿Me oyes?
Al Jesús de la Iglesia, como es normal y natural, se le soltó el vientre y estuvo más de un mes comiendo yogurt de la farmacia y bebiendo zumo de limón con agua. Es lo que tiene la música…

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Una respuesta a “DOÑA FIDENCIA DE ROMA. MÚSICA Y COMPOSITORA

  1. La Aguela

    A este señor, yo no lo vi por la calle Sombrerete, eso te lo has inventado, listo