LA TRISTE Y EJEMPLARIZANTE HISTORIA DE LA SEÑORITA ALBINA CALZADILLA MONDEJAR

The Artist

La señorita Albina Calzadilla Mondejar, natural de Pozoamargo, en la Mancha de Cuenca –no confundir con la gaditana- era una joven audaz y hasta algo cursi que dedicaba sus muchas horas libres a la floricultura. La señorita Albina Calzadilla Mondejar, cuando salió del Sacre Coeur se enamoró de Monsieur Jean Paul Lemoine, experto en xilófonos y en marimbas.
¿No me diga que se dedicaba a matar insectos?
No, don Matías, los insectos son xilófagos, no xilófonos.
¡Ah, perdón! Siga, siga.
La señorita Albina Calzadilla Mondejar pasó a la historia de la floricultura como creadora de la dalia Infanta Olvidadiza, de suave color lila y con pequeñas rayas de color azul y grana y al arte de la culinaria como inventora de la angula rellena de foie, trufa, boletus y nísperos y la ventresca de pez globo con bouquet garni. La señorita Albina Calzadilla Mondejar era hija de doña Aciscla Mondejar de Calzadilla y murió, como entonces morían muchas señoras de postín, ahogada en anisete Marie Brizard. Cuando le arrimaron candela a los restos mortales de doña Aciscla Mondejar de Calzadilla pegó un explotío y ardió como un monte gallego en pleno agosto. La madre de la señorita Albina Calzadilla le dijo que nones; que cómo se iba a casar con un xilofonista que, además, tenía solo contrato de meritorio en la Orquesta de Variedades de Sisante llamada Perception’s blues y que se dedicaba al folk y el dancing en general. La señorita Albina lloró y pataleó y su mamá, la viuda de Calzadilla, para que no la amargara el anís consistió y bien que se arrepintió a posteriori. La boda se verificó en la Parroquia de Santa Catalina de Sisante y se  trasladaron de viaje de bodas a Getafe, provincia de Madrid, donde tenía que tocar el Jean Paul y su orquesta en el funeral de un tuno de la Tuna Ferroviaria de Suellacabras, provincia de Soria. En su noche de bodas, el Jean Paul, además de otras partes más magras, le tocó a la neófita la 6ª Sinfonía de Gustav Mahler con sus dos baquetas como dos chupa-chups de madera.
La señorita Albina Calzadilla Mondejar pasaba las tardes, mientras su Jean Paul tocaba el xilofón, leyendo y cultivándose tal y como recomendaba a las señoritas Sor Beatrice, la hermana que daba Literatura en el Sacre Cour.
¿Qué lee usted, doña Albina?, le preguntaba don Lisérgico, el boticario.
Pues ya ve usted a doña Cecila Böhl de Faber.
¡Sopla! ¿Una germana?
No, don Lisérgico. Era española, aunque se la conocía más por el apodo.
¡Ah!, claro, ¿Qué estaba enferma, verdad?
No, un apodo es un nombre ficticio. A ella, en la Literatura se la conocía como Fernán Caballero ¿No le suena de nada
Sí; me suena de Ciudad Real
Si, es cierto. Hay también un pueblo en Ciudad Real que se llama así. Está junto a la villa de Malagón y a sus habitantes les dicen, por gentilicio, fernanducos. ¿A que es curioso?
Ya lo creo, doña Albina, es que es usted una enciclopedia con patas, como dice la señorita Martínez.
¿Ha leído usted en La Gaceta de hoy lo de la muerte de La Fornarina?
Sí, don Lisérgico. Ya lo leí. No somos nadie.
Bueno, usted sí, doña Albina. Usted es una señora y no como esa pecadora. Fíjese treinta y un años solo que tenía la pobre. Si es lo que tiene la mala vida.
No juzguemos, don Lisérgico, y no seremos juzgados.
Ya, ya… si todos tuviésemos su cultura, doña Albina. Otro gallo cantaría a este país ávido de corrupciones.
El Jean Paul, con su traje smoking y su lazo azul pavo y sus zapatos de chúpame la punta parecía al Paul Anka y era muy reclamado por las jóvenes en las boites y bailes al aire libre donde tocaban. Mientras la señorita Albina, ahora señora de Lemoine, se enfrascaba en la lectura de los clásicos, él hacía lo clásico: liarse con las camareras, las animadoras y las invitadas.
Un mediodía, cuando el Jean Paul se levantó y pidió el desayuno la señorita Albina le sirvió el café con dos dedos de leche templada, que era como lo tomaba, pero le cambio el azúcar blanquilla por estricnina. Cuando empezó a hacer la digestión al Jean Paul le dieron como unos calambres en la barriga y llegó a expulsar espuma por la boca. La señorita Albina, le arreó un mordisco en la cara interna del muslo izquierdo y llamó al señor juez para que levantase acta del fallecimiento de su querido esposo Jean Paul Lemoine de rabia, tras ser mordido por un perro garabito que salió huyendo cuando ella acudió, en su socorro, con el escobón de barrer la acera.
El Jean Paul fue enterrado en el cementerio de Pozoamargo, en la Mancha de Cuenca, mientras sus compañeros de la Orquesta Perception’s Blues tocaba Adiós Inés de Ulloa. La señorita Albina, ahora viuda de Lemoine, hizo que le enterraran con su xilofón y sus baquetas de chupa-chups de madera.
Moraleja. Cuidado con las señoritas antiguas alumnas de Sacre Coeur, sobre todo si son aficionadas a la lectura de Fernán Caballero.

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2 Respuestas a “LA TRISTE Y EJEMPLARIZANTE HISTORIA DE LA SEÑORITA ALBINA CALZADILLA MONDEJAR

  1. La Aguela

    Uy, uy, no digo más.

  2. Tú tranquilo, Aguela, que tú no tocas el xilofón