UNA BODA EN LA PRÓRROGA

1447249710_0Más vale llegar a tiempo que rondar cien años. Eso es lo dice el refrán y bien que se aferró a él la ya talludita y célibe Mss. Sylvie Westermann, de la verde, húmeda y fría ciudad de Risskov, en la escandinava Finlandia.
Ocurrió que, un mediodía, mientras el tenue sol de la tundra calentaba lo poco que allí calienta el sol de mediodía se reunieron las buenas y castas gentes de la ciudad a ver casar al joven y apuesto leñador don Soren Schuyler, natural de Odense y doña Fiona Thorsten, de profesión sus labores, y natural de la villa y ciudad de Risskov, donde todo el mundo la conocía como Fiona la Fiordo, porque era fría y húmeda –vaya usted a saber qué entienden por tal en aquellas tierras-.
Don Soren se llegó hasta el altar protestante-luterano y esperó, como un caballero hasta que apareciera doña Fiona. El pastor, que así llaman allí a los curas, cuidaba de su grey mientras que media docena de veteranas danesas entonaba gori-goris propios de casorios típicos de la región. La espera, pese a lo ameno de la música, se hacía larga por lo que el pastor mandó a un monago a buscar a la novia. Cuando el monaguillo llegó, de vuelta, el organista atacó la marcha nupcial de Mendelssonn ya que la marcha de don Félix está mejor vista que la de Wagner por aquello de las invasiones alemanas. Pero hete aquí que, en lugar de entrar la novia vestida de organdí y tul ilusión, como es consuetudinario, lo hizo vestida de jeans y jersey de cuello vuelto, como una dependienta de Harrods. El novio y el cura preguntaron –nobleza obliga- el por qué de aquellas ropas. Mss. Thorsten, doña Fiona, pidió el micrófono al cura y dijo que no; que ella no era mujer para un solo hombre y se disculpó por la espantada lo que provocó no pocos desmayos entre la casta audiencia que, afortunadamente, se pasaron dando a oler rapé a las víctimas. Después del perdón, como debe de ser incluso en una iglesia luterana, llegó la calma y ahí fue donde el novio rompió la pana.
Don Soren Schuyler, si por algo era envidiado y conocido en aquellas tierras era por su capacidad de análisis y síntesis ante los problemas. Don Soren, decía, calculó así, a vuelapluma y, visto el gasto que ya había cumplido generosamente y lo que aún le quedaba por pagar, se volvió tranquilamente al público y con aplomo y claridad suficiente solicitó, educadamente, eso sí, alguna voluntaria que, para aprovechar el gasto de iglesia y restorán, quisiera casarse con él en ese mismo momento.
La talludita Mss. Sylvie Westermann –siempre hay un roto para un descosido- vio el cielo turbio, nublo y algodonoso de Dinamarca abierto, por una sola vez y, sin dejar acabar la explicación de sus condiciones al novio pronunció el siempre anhelado sí quiero desde el gallinero de la iglesia de Risskov. Si, como dicen, más vale llegar a tiempo que rondar cien años y más vale caer en gracia que ser gracioso, no es menos cierto que quien la sigue la consigue y, aunque sea de carambola, como le ocurrió a la talludita Mss. Westermann, que fue a por la lana de un convite y salió -¡vaya por Dios!- trasquilada (es un decir, pues la crónica no lo cuenta, aunque es de suponer que sí que consumaría y consumiría el matrimonio) con una boda en el tiempo de descuento. Las hay con suerte. Unas se casan de penalti y las otras en la prórroga pensó la señorita Anderssen, que no tuvo reflejos suficientes para adelantarse a la nueva novia.
En Dinamarca, un sitio donde al decir de Shakespeare, algo huele mal, mejor que en ningún sitio se cumple eso de que, quien no se casa es porque no quiere, o porque no aprovecha la ocasión que doña Fiona, la Fiordo, deja pasar como el agua que no se ha de beber. En el matrimonio, como en la vida, hay que estar siempre alerta por si salta la ocasión y hay que pintarla calva.
Si una boda así, de retruque, sale o no sale bien, nadie lo sabrá nunca, pues las crónicas periodísticas, siempre tan discretas, no lo dicen. Tampoco sabremos nunca si los nuevos esposos se amaron, como dice el bolero, con pasión desmedida o se odiaron con ese odio vikingo que los esposos pillan cuando ven salir sus cuernos por el casco. Pero si admitimos como válida la teoría de las destinaciones, nadie podrá negarnos que tanto el novio, don Soren Schuyler como la bodicantana Mss. Sylvie Westermann, ahora doña Sylvie de Schuyler, por la Gracia de Dios, estaban hechos el uno para el otro. De rebote, sí; pero hechos para acoplarse el uno al otro como un mueble de Ikea y su encuentro no fue, como pudiera parecer a primera vista, producto de la casualidad sino consecuencia de una serie de extraños y poco habituales factores que se produjeron, precisamente, para que ellos se encontrasen. Esto, lo pilla un experto de estos temas del destino y el Universo y saca un documental para Iker Jiménez que no se lo salta un mihura. Efectivamente; los signos del zodíaco rodaron en la húmeda y fría ciudad de Risskov, en la escandinava Finlandia, por los cielos hasta encontrar la coyuntura necesaria para que la aurora boreal alumbrara, con su pálida y verde luz, esta boda de carambola (¡Jesús, qué frase!) convirtiendo a una invitada en novia por arte de birlí birloque.
El caso es que don Soren y doña Sylvie fueron felices y si no comieron perdices, sino mantequilla de escaramujo y yogur de eneldo fue porque esa es su gastronomía y no otra, no porque don Soren no hubiera sido generoso en el convite. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

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4 Respuestas a “UNA BODA EN LA PRÓRROGA

  1. La Aguela

    Pues que quiere que le diga, pues una cosa quiero decirle, bueno dos, primera “bodicantana” ya empezamos a inventar palabras y utilizarlas por segunda vez, va Ud. por el camino de la Colmena, segunda cosa, si, muy buena frase, jejeje.

  2. Inventor, no; adecuador. Dice el DRAE: toricantano, na
    Der. de toro, formado a imit. de misacantano.
    1. m. y f. Taurom. Torero que toma la alternativa como matador de toros. En nuestro caso: bodicantana. Der. de boda, formado a imit. de misacantano. 1. m. y f. Dícese de la señorita que casa, por primera vez, tomando la alternativa y sin ningún tipo de experiencia.

  3. … Ufff!!! no sé sí sabré explicarme… Pregunto que no afirmo. La moraleja de este relato no será otra que dar “cuartelillo” al azar, a la casualidad de estar en el sitio justo, en el momento indicado, para poder asinnn casarse con alguien que acabas de conocer, sin sentir ni padecer por el uno y el otro?… Me recuerda a un programa bodrio de Antena3, “Casarse a primera vista”… No, definitivamente NO, conmigo que no cuenten, para estos menesteres de bodorrios… He dicho. No obstante como sigue siendo habitual en mí… Muchas Felicidades Sr. Soria.

  4. No se trata de eso, Martínez, sino de que la ocasión la pintan calva y que, mira por donde, acudes a una boda de convidado y el destino, que esa un maleje, te juega una buena pasada.