EL DIVERTIDO CRIMEN DEL SUPOSITORIO

finley

El suicidio tiene algo inexplicable que lo convierte en una eterna duda. ¿Por qué los suicidas que se arrojan al agua negra y fría del rio Hudson, pongamos por caso, se quitan y doblan la americana convenientemente? Nunca se sabrá porque nunca queda uno vivo para contarlo. Mi mujer, que es muy recogedora y colgadora de ropas siempre me lo dice: contigo no hay cuidado de que te suicides. ¿Han visto ustedes, o saben de alguna señora que se haya suicidado tirándose de un puente abajo? ¿Verdad que no? Pues ahí lo tienen. Y es por no dejar la ropa en el suelo.
Yo conocí a un suicida acuático, de estos que se tiran al río, que se libró de morir. Fue una tarde, después de comer, en el puente que cruza el río Duero, en Zuzones, provincia de Burgos. Don Cancio Trujillo Trajín, que así se llamaba el suicida interruptus, estaba sentado sobre uno de los tajamares cuando acertó a pasar por allí el Cliserio, un pastor de ovejas que venía de carear el rebaño.
¿Qué haces aquí, con este sol de justicia?, le preguntó el Cliserio.
Pues qué he de hacer, le dijo don Cancio. Esperando para suicidarme.
¡Anda! ¿Y eso?
Pues ya ves, que ya está uno harto de sufrir.
Pues tírate ahora, que luego está más fría.
Ya, pero es que ahora no puedo. Estoy a media digestión.
¡Ah!, claro. Bueno, pues con Dios. Y si le ves pregúntale por mi Evarista, que ya murió
¿Tu mujer?
No, una oveja medio modorra a la que tenía mucha ley
Yo lo haré. Adiós Cliserio
Adiós don Cancio.
Luego, el Cliserio, como no sabía callarse, se cruzó con la pareja de la benemérita, que venía de las eras, de multar a dos trilladores que estaban quemando pajas y rastrojos, y fue y se lo dijo. Dice:
Ahí tienen ustedes al don Cancio, que está subido al pretil del puente, y que dice que se va a suicidar.
Pero si está prohibido suicidarse, le dijo el cabo. Y menos tirándose al río. No ven que pone un cartel de prohibido tirar escombros
Pues vayan y le multan.
Pero no crean, hay gentes, que sin llegar al suicidio bien que pudieron haber muerto asesinados. No a mala leche; no. Esos que son asesinados a mala leche no cuentan. Solo cuentan los que son asesinaditos, que dirían Miguel Maura y Álvaro de la Iglesia. A mí, en una ocasión estuvo en un tris de asesinarme don Matías. Sí, sí… el mismo don Matías que tan amigo mío ha resultado ser.
Fue una tarde en la empresa en la que trabajábamos. Don Matías había resultado envenenadito, a su vez, con unas gotas de Evacuol, cuyo principio activo –el picosulfato sódico- tan práctico es para soltar el vientre. El activo farmacológico se lo puso en un botellín del Mahou uno de nuestros compañeros y amigos. Don Matías debió de pensar que fui yo quien le puso el aligerante en la cerveza y, en justa venganza, decidió pasar a la acción. El caso es que metió un supositorio Rovi dentro de una botella de tónica Finley, que por aquellos entonces era de color verde. No le salió muy bien lo que la prensa bautizó con el nombre de “el divertido crimen del supositorio” puesto que, nada más darme el artefacto en la campanilla lo arrojé, como un disparo, espurriando el trago de tónica y lanzándolo contra una de las paredes.
¿Y luego qué hizo usted?, me refiero con su amigo.
¿Pues qué quiere usted que hiciera, don Dimas? No le dije que era mi amigo y que el crimen no era tal, sino una coña marinera.
Y es que el suicidio, desde el principio de los siglos, ha resultado ser algo muy serio, aunque no lo pareciera. El primer suicida de quien se tiene noticia fue Perriandro, uno de los Siete Sabios griegos quien, para evitar que sus enemigos descuartizaran su cuerpo mandó a dos jóvenes soldados que le mataran a él mismo. Luego pagó a otros dos para que mataran a estos y a otros dos para que mataran a ambos y así, hasta constituir una auténtica matanza.
Eso se lo ha inventado usted, Soria.
No, eso es así y lo puede usted leer en los libros de Historia.
Pues yo siempre pensé que el primer suicida había sido Esquilo, el dramaturgo.
No. Esquilo no se suicidó, sino que murió de un golpe en la cabeza. Es cierto que su muerte fue bien cómica. El oráculo le vaticinó que moriría aplastado por la caída de una casa. Para evitarlo se fue a vivir al campo y resultó muerto cuando le cayó encima un caparazón de tortuga que soltó un quebrantahuesos.
O sea, que el oráculo falló.
No, el caparazón era la casa de la tortuga.
¡Venga ya…! Usted se inventa las cosas. Mira que son cuentistas estos viejos…

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Una respuesta a “EL DIVERTIDO CRIMEN DEL SUPOSITORIO

  1. La Aguela

    Algún día te van a suicidar y no te apures, siempre habrá alguien que te doble la chaqueta. JAJAJAJAJA