TIEMPO DE NIEVES

Aquel invierno de 1972 no fue ni especialmente frío ni nevó de forma copiosa. Aquel invierno de 1972 se recuerda siempre por las nieves pero no la que cae en forma de copos sino la que cayó en forma de mujer. Fue una tarde de vinos y paseos arriba y abajo por Madrid. Charla, más vinos y, al final, una cita un tanto insólita.
En verano nosotras vamos a Santander donde hacemos un curso de peluquería –ese era el oficio de Nieves- y así aprovechamos el tiempo y veraneamos gratis.
¡Anda!, digo yo, nosotros también iremos este verano a Santander, ¿verdad, don Dimas?
Ya lo creo. Podríamos quedar allí, si os parece.
¿Con cinco meses de antelación? Pregunta ella, divertida
Claro. Así comprobamos quien tiene más palabra, y recuerda mejor esta noche. Vosotras o nosotros ¿Conforme?
Conforme. Dónde y cómo quedamos.
Junto al puesto del socorrista de la Cruz Roja del Sardinero, el día 2 de julio a las 13,00 horas. ¿Acudiréis?
Claro que sí. Allí estaremos.
El día 1 de julio de 1972 cayó en sábado. Nosotros no salimos el sábado, por evitar el aluvión de coches hacia la costa, sino el mismo día 2, domingo. Salimos, eso sí, bien temprano. Hace frío, no un frío propio de julio, sino de primavera. Pasamos el túnel de Guadarrama y cae, incluso, algo de aguanieve. Después de bajar el puerto la temperatura cambia y el sol se abre paso entre la niebla. Camino de Burgos, don Dimas –que tiene una memoria impropia de sus muchos años- recuerda la cita.
¿Os imagináis que vamos y están allí, esperando?
Sí, hombre, le digo yo. ¡Como que se van a acordar! Se acordará usted, que es un sátiro y un golfo tarambana. ¿Pero ellas…? Ni lo piense.
Bueno, insiste. Como vamos a llegar a tiempo podríamos acercarnos. Más que nada por no quedarnos con la duda.
Bien, dice don Antonio, que es el mayor de todos y, por lo tanto, el más sensato. Iremos y tomamos algo mientras vemos si vienen. Pero, ¿alguno de vosotros se acuerda de ellas?
Yo, sí, digo. Yo recuerdo a Nieves. A fin de cuentas era el único que la conocía de antes, de cuando las fiestas patronales de su pueblo segoviano.
Bueno, dice don Antonio. Entonces vamos allí, nos tomamos algo en el chiringuito más cercano y, desde allí, vemos si aparecen. Si cuando tengamos acabada la consumición no están nos vamos ¿conformes?
Bien. Así lo haremos.

Copos
Aparcamos el coche junto a la playa y bajamos a la arena; casi, casi, como toreros en día de feria. Unos toreros, todo hay que decirlo, medio aficionados. Sin bañador, con las zapatillas al hombro y directos al chiringuito. Típica imagen de madrileños veraneantes. Allí, nada más sentarnos, nos quedamos de una pieza. Bajo la misma escalera que alberga al bañista estaban las dos chicas.
No puede ser. Ahí están, digo señalando hacia el puesto de la Cruz Roja.
¿Está usted seguro?, dice don Dimas.
Espere usted y lo verá. Digo, alejándome en dirección a las dos chicas.
Ellas me reciben con gran algarabía. ¡Habéis venido!, dicen como si dudaran de nuestra palabra.
¡Claro que hemos venido! Venid, vamos hasta el chiringuito. Allí están los demás y tomamos algo.
Comimos con ellas y, al caer la tarde, después de pasear la ciudad cogimos el coche y nos dirigimos hacia el camping, donde estábamos acampados. Ellas vinieron con nosotros y cenamos en Puerto Chico. De allí, tras comprar las vituallas habituales para un buen pic-nic que se precie –café soluble, algo de alcohol, refrescos y dulces- nos fuimos a la pequeña cala que, bajo el camping, existe. Un camping gas y un radiocasete de pilas ponían la escasa luz y la buena música por la noche. Una noche cálida, abierta, dulce y plena. En plena madrugada un baño nocturno y un desperdigarse amparados en la sombra dio paso a los primeros rayos de sol.
¿Hubo entonces algo más que baños?
Mire usted, don Matías. Le voy a contestar como hizo Federico en su Casada infiel, no quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo, pero sí; aquella noche fue una noche distinta. Ni mejor, ni peor; sino distinta. Lo que pasó en aquella playa queda para nuestro coleto. Ni fue la mejor noche, ni fue la peor de todas. Fue, eso… una noche maravillosa de playa en la que, como en aquel bolero, la pasamos bajo el palio sonrosado de la luz crepuscular.
O sea, mirando al mar.
En efecto.
Al día siguiente salimos todos con dirección a Pedreña, donde cruzamos la bahía en aquel barquito turístico que tanto gusta a José María Aldea. Allí, y tras comer las famosas sardinas, pusimos dirección a Suances. Ellas, al llegar la tarde, y tras una siesta bajo el toldo de la tienda de campaña, volvieron a Santander. Nunca más volvimos a verlas.
¿No me diga que nunca más supieron de ellas?
Bueno…
No me diga usted, Soria, que me ha estado ocultando durante casi cincuenta años que tuvo una nueva cita con la Copitos y no me lo dijo…
Dejémoslo aquí. Sí que la vi, por última vez, treinta años después. Fue una tarde en las fiestas patronales de su pueblo, al que yo alguna vez volví. Estaba esperando a que un amigo saliera del bar. La gente, que abandonaba la plaza del pueblo tras ver los toros, desfilaba en dirección al salón donde se iba a celebrar el baile-vermú. Una pareja pasó junto a un par de niños pequeños. Un niño y una niña, creo recordar. Él, alto y con barba y ella, reconocible todavía. El pelo de color azul, una de sus identidades, y esa alegría constante que llevaba siempre en el rostro. Yo la miré fijamente y ella, miró en dirección mía. Noté sorpresa en su rostro y, un pequeño mohín en su nariz, algo así como un saludo. Seguí mirándola fijamente y ella sobrepasó el lugar donde yo estaba. Continué mirándola mientras se alejaban y, antes de doblar la esquina, se volvió y me envió una sonrisa y otro pequeño mohín en el que creí adivinar un beso.

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Una respuesta a “TIEMPO DE NIEVES

  1. La Aguela

    Después de esto, ¿que decir?, sin palabras me has dejado hermano, sin palabras.