EL HOMBRE DEL TIEMPO

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De pequeño, cuando las tías visitaban nuestra casa, siempre insistían en la misma pregunta: ¿qué quieres ser de mayor, Angelín? Yo, que no lo tenía muy claro, insistía en mis deseos: jubilado. Ellas, claro, me tomaban por monguis.
¡Cómo vas a ser jubilado!, me decían. Tendrás que ser algo en la vida.
Pues lo más fácil, contestaba yo, es que acabe siendo jubilado, como el abuelo.
Ante su insistencia, y en vista de mi poco interés por ser algo que tuviera que ver con el mundo laboral, trataba de contestar con alguna evasiva. Una tarde, mientras se comían, las muy cabronas, todas las galletas envueltas del Surtido Reglero y nos dejaban a los niños las peores, tuve una idea brillante.
Tías, ya sé que quiero ser de mayor, dije. Ellas, alborotadas palmeaban mientras lanzaban, como balines, pequeños trozos de galleta.
A ver, qué has decidido
Quiero ser hombre del tiempo. Casi las da un patatús
Lo dicho, este niño es algo retrasado.
Pero si es un chollo, decía yo. No tienes ni que estudiar. Te asomas a la ventana y ves si hace bueno o malo. Lo cuentas en el telediario dos minutos y a cobrar.
La tía Cirila se me quedó mirando de aquella manera y fue y dijo, dice:
Oye, a ver si este niño lo que es es más listo que los demás.
Las demás tías asintieron y, desde entonces dejaron de burlarse de mí.
Angelito, ¿qué tal va a hacer mañana?
Muy bueno, tía, respondía yo tras asomarme a la ventana. Era, naturalmente, dieciocho de julio y el sol caía sobre los Cuatro Caminos de forma justiciera.
Mañana, tías, va a hacer sol y calor.
Al día siguiente, como hizo bueno la tía Mónica, hermana de la tía Cirila, llamó a casa y le dijo a mi madre que había que cuidar al niño que tenía mucha mano para esto del tiempo. Que siempre acertaba y que, a ver si iba a ser cierto que había nacido para hombre del tiempo.
El día de Reyes, para ir recebando mi afición a la adivinación del tiempo, me compraron un traje de mago, con su varita con una estrella en la punta y un cucurucho. La tía Rufina, por su parte, y por aquello de gastar menos, me trajo un palo en forma de horquilla que, decía, servía para encontrar agua. Para ella esto de la adivinación del tiempo pensaba que tenía que ver con los zahoríes y la radiestesia o rabdomancia. ¡Quien le llevaba la contraria…!
A ver, Angelín, mira a ver si encuentras agua, me decía
Yo, por no darle un disgusto, cogía la horquilla y me iba, camino de una de las bocas de riego municipal de la calle. Al llegar a ella, aflojaba la presión sobre el palo y este se movía.
Veis, veis como ha encontrado agua. Este chico es un portento.
¿Qué día va a hacer mañana, Angelín?
Nubes y claros, tía. Y viento del nor-noroeste. Chubascos en el norte con algo de precipitación en Galicia y nubes de componente alto.
¡Qué tío!, decía la tía Rufina. Si parece Mariano Medina. Hasta la cabeza la tiene igual de gorda, ¿verdad?
Ya lo creo, decía la tía Monica.
A este niño hay que ponerle gafas, como a Mariano Medina y que se deje bigote pronto como el hermano de Mariano, le decían a mi madre.
Ella, claro, luego me reñía por reírme de ellas.
No ves que van a acabar comprándote gafas, me decía. Luego, cuando salgas a la calle te van a llamar cuatro ojos.
Eso ya no me gustaba tanto. Los niños, al menos en mis tiempos, éramos excesivamente crueles y ver a uno con gafas era tanto como ver a un extraterrestre. No digo nada si, en lugar de gafas se le hubiera ocurrido llevar brackets…
¿Y al final, Soria, cómo terminó lo del hombre del tiempo?
Pues verá usted, don Dimas. De la mejor forma posible. Resulta que, andando el tiempo, el hombre del tiempo –y valga la redundancia- se convirtió en Minerva Piquero y yo, entonces sí que quería ser hombre del tiempo. ¡Menudo, cómo estaba la sita Piquero! Pero ya, claro, se necesitaba hacer la carrera de Ciencias Físicas y eso era muy trabajoso para mí por lo que me dedique a otros menesteres que ustedes ya conocen.
Pues no crea, dice don Matias. Usted Soria habría hecho un buen hombre del tiempo. Como está todo el día en el Internet…
Ya, pero para entonces tendría que haber sido el abuelo del tiempo y ya doña Minerva no es lo que era.
Claro, eso también es cierto…

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Una respuesta a “EL HOMBRE DEL TIEMPO

  1. Buenísimo relato. Verdaderamente hubieses sido, profesionalmente hablando, lo que hubieras querido, “coco” creo que tenías, picaresca también para “quedarte” con tus queridas tías… pena que te dedicaras a otros menesteres, y para ser un “Mariano Medina” en aquella época no era necesario ser un lumbreras… Felicidades Sr. Soria