TRES REFRANES

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Don Heraclio Olmedilla de la Calva, funcionario del Instituto Nacional de Previsión, Dirección de Madres Solteras en Pecado Mortal, está casado con doña Remigia Matamala Tritón, de profesión sus labores quien le ha dado tres hijos que da gloria de verlos. Los hijos de don Heraclio Olmedilla de la Calva, funcionario de primera y de doña Remigia Matamala Tritón, sus labores, se llaman Heraclito, el mayor, que es clavadito a su padre, Segundito, el segundo –su padrino era un hombre muy cabal acristianando ahijados- y Marcelinita, la niña que hacía tercera en la línea sucesora y que heredó el nombre de la abuela paterna. El Heraclito estudiaba Ciencias Empresariales y el Segundito Delineante. La Marcelinita, como era joven todavía, estaba con el bachillerato, aunque mostraba ya maneras de ingeniero de varias mañas distintas.
Don Heraclio Olmedilla de la Calva, cuando el milagro económico español, se compró un seiscientos, y un televisor Marconi con filtro de tres colores, pagados con letras de cambio. También se compró un piso en San Fernando de Henares –antes del Jarama- y una plaza de garaje. Don Heraclio, eso es cierto, tenía más letras que el brazo de un legionario pero, pasando el tiempo y pagando una a una todas las letras, juntó un capitalito que le permitió cambiar el piso por un chalet en Pozuelo de Alarcón, que por aquellas calendas, se construyó en una era de trillar trigos, cebadas y otras gramíneas menores. Los madrileños, de golpe, sintieron una especie de furor por el campo y la vida salvaje y aventurera y poblaron -como los extremeños la Baja California- Pozuelo, Aravaca y Majadahonda. Esto es vida, se decían, y menudo aire más sano que se respira.
Pero una tarde Heraclio hijo y el Segundín se plantaron y le dijeron a don Heraclio que eso no era un chalét sino una casa baja y que no tenían, como sus amigos, ni piscina ni pista de tenis. Don Heraclio, que se bañaba, como buen católico, de Pascuas a Ramos, lo tomó a broma, pero no; no lo era. Doña Remigia influyó para que los nenes, que ya salían con dos señoritas de la urbanización –urba, decía ella- de muy buena familia. La del mayor, era título, decía doña Remigia y la del menor es Fifita de Puturruá Lasagne, hija de los señores de Puturruá Lasagne nada menos, que trabajaban de administrativos en la embajada de la France. Don Heraclio (a la fuerza ahorcan) acabó transigiendo y, en lugar de liarse a palos con todos que es lo que hubiera hecho un hombre sensato, vendió la casita y se compró un chalet con una hipoteca a cuarenta años.
Heraclito se casó con el título –nunca sabremos si era título, subtítulo o mote, pues no consta- y tuvieron tres niños: Borja, Pelayo y Cayetana y el Segundín lo hizo también con Fifita y tuvieron dos hijos: Bosco, como el cura y Mencía, como las uvas del Bierzo. Don Heraclio les pidió que, al primero de sus hijos le dieran el nombre de Heraclio ya que tanto él, como su padre y su abuelo se llamaron así.
No, papá. Heraclio es un nombre tabernario. Suena a baraja sobada y a calendario vintage de albañiles y ferroviarios.
Don Heraclio, que no sabía qué era eso de vintage, juró en arameo y se preguntó qué habría hecho él para tener dos camándulas como aquellos pero, según le dijo doña Remigia, habría que ofrecer un padrenuestro por tres avemarías. Nunca entendió, don Heraclio qué tenía que ver tanta letanía con la idiotez de sus vástagos.
Menos mal que nos queda la Marcelinitaa que no se anda con las tontadas de sus hermanos.
Eso, Heraclio. Confiemos en que ella sea más sensata.
Las dos bodas de los mayores las pagó don Heraclio con una ampliación de la hipoteca. También (nobleza obliga) pagó la entrada del chalet de ambos y, cuando ya no le quedaban más ingresos que su salario y las pocas rentas que le daban sus inversiones en bolsa se dio de manos a bruces con madame jubilación.
Eso es la gloguia, le dijo Monsieur Puturruá, mon ami Hegaclio. Ahoga puede jugag a la bolsa pego no como vous juega sino aguiesgando paga sacag les plus beneficios a l’Etat.
¡Qué me dice mesié Puturrá! ¿Usted tendría a bien asesorarme?
Natugalmente, paga esos somos familia ¿no le paguece?
Güi, mesié, dijo don Heraclio frotándose las manos. Sus ojillos brillaron con la codicia, esa llamita que prende en el corazón del jubilado, ora ante el cartón del bingo, ora ante el IBEX35.
Don Heráclito hizo caso a Monsieur Puturruá y vendió todos sus activos y los reinvirtió en un fondo buitre americano que invertía en constructoras españolas. España entera estaba en obras y las constructoras eran un valor serio y seguro ya que, según decía su consuegro dentro del PIB español la construcción soportaba un peso del 17,9% nada más y nada menos.
Don Heraclio, doña Remigia y la niña Marcelinita, una vez celebradas las bodas y tras su primer mes de jubilación, salieron de viaje a Roma donde querían dar gracias al Santo Padre por la bendición apostólica que les envió para la misa de ambas bodas. En la plaza de San Pedro Marcelinita se ligó con un alemán muy guapo que estaba haciendo un Erasmus en Roma. Mientras sus padres visitaban al Papa ellos jugaban a papás y mamás y, como resultado de la experiencia, les dejó un recado en el hotel, avisando a sus padres que se iba a vivir con Gunter, que así se llamaba el adonis germánico y que no se preocupara ya que, al primer fruto del matrimonio le llamarían Herr Heraclio.
A doña Remigia hubo que darle a oler sales y a don Heraclio hubo que atarlo a la pata de la cama pues quería iniciar la tercera guerra mundial. ¡Su Marcelinita!, decía. La última esperanza blanca para retomar el sentido común de su casa se desvanecía como un terrón de azúcar en el café con leche.
¿Qué le vamos a decir ahora a nuestras familias?, le preguntó Heraclito, que se había erigido en portavoz de la honra familiar. ¿Tú crees, padre, que vamos a poder decir a mi familia, que es título, que nuestra hermana se ha marchado con el primer alemán que pasaba por Roma?
Los padres, vía teléfono, amonestaron a la Marcelinita y la dijeron aquello de hasta aquí hemos llegado, o vuelves a casa y te olvidas del alemán o quedas excluida de la herencia. La Marcelinita que no estaba para amenazas les dijo que sí, que vale y que hasta luego que tenía que hacer la compra y colgó el teléfono.
Mientras estaban en Roma y dado que aquello de que Dios aprieta pero no ahoga, es solo un refrán de los tres que se encuentran en esta crónica, en los Estados Unidos se enteraron de que las subprimes, no eran primos segundos o primos monguis, como don Heraclio pensó, sino unas hipotecas de alto riesgo que, en un momento dado, hizo que los bancos se acongojaran y dejaran con el bullarengue al aire al sistema financiero americano y, por ende, al español. La burbuja inmobiliaria hizo ¡cataplás!, y don Heraclio, y el resto de Heraclios de este país que aún se llama España se fueron al garete, que es una forma fina de no decir al carajo. Don Heraclio se quedó en pelota y no pudo pagar, por primera vez en su vida, la letra de la hipoteca. Tampoco la segunda, ni la tercera, ni las siguientes. El banco le llamó a consultas y le dio de plazo setenta y dos horas para formalizar la deuda o, sintiéndolo mucho, pero que mucho, mucho, le ponía de patitas en la calle, sin piso y con la deuda por pagar.
Don Heraclio reclamó ayuda a sus dos hijos y el mayor, como era de esperar le dijo que nones. Que se apuntara a las mareas verdes que hacían piquete frente a Bankia y pidieran la dación en pago. El Segundín disimuló un poco y alego falta de espacio para recogerlos y que, si el mayor, que para eso era mayor no le alojaba no lo iba a hacer él.
Abrevie usted, don Dimas, que se acaba el folio.
Voy, no empuje
Don Heraclio y doña Remigia acabaron, como era de esperar, alojados en casa de la Marcelinita y del alemán. El Heraclito, perdió el trabajo con cincuenta y ocho años. La del título le puso la maleta en la puerta y al Segundín le abandonó la francesa cuando a sus padres les trasladaron a la Guayana. Ahora viven de la renta de inserción y de unos euros que la francesa, manda, desde ultramar, para que no reclame a los hijos.
¿Cría cuervos y te sacarán los ojos?
No; quien a hierro mata, a hierro muere.
¡Qué tío, don Dimas! Mire que es usted vengativo.
Pues sí señor. Qué le vamos a hacer.

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Una respuesta a “TRES REFRANES

  1. La Aguela

    Ves, esto es otra cosa, más de todo, como debe ser y además, me alegro que D. Dimas sea tan vengativo, debo de tomar nota.