DON ROSENDO CARUDEL, DE PROFESIÓN SUS LIGUES

Seat600E-4

Don Rosendo Carudel tuvo amores, en el pasado, con una telefonista que gastaba medias de la color de la primavera. Esto del color primavera no me lo inventé yo, don Matías, por mucho que don Dimas, por aquellos entonces aún en Nuñez de Balboa, diga que esto es así. De eso nada, don Rosendo Carudel, que gastaba pintas de burrero por el arco de sus piernas, tenía, además de la labia precisa para ligarse telefonistas, capacidad de enchufar familiares en la empresa donde trabajaba.
Rodríguez, un secretario pequeñito y bastante chulesco, tocaba la bandurria en la orquesta de la Casa de Aragón y daban conciertos en otras casas regionales. Cuando Rodríguez y sus compañeros de orquesta se barruntaban tomatazos y abucheos finalizaban su interpretación tocando una pieza cuya letra decía así:

Por treinta cochinos reales
ninguna banda puede hacer más.
Paraban panchún paraban pam pam…

Otro de los secretarios –tampoco viene a cuenta aquí decir su nombre, porque don Matías se mosquea- se aliviaba los picores del bajo vientre con la vibradora de los paquetes de los folios. ¿Qué le parece?
¿Y le daba gusto?
Pues así parece, porque siempre volvía la burra al trigo.
Una tarde, la telefonista de las medias color primavera debió de sufrir, como el innombrable, picores en lo suyo y le pasó a Tony, el del magué manual, un papel de recado.
Ni se te ocurra abrir el papel ¿eh?
El botones, como no podía ser de otra forma, abrió el papel y decía así

Ay, Tony, garañón… si se te acaba las pilas
te queda siempre el muñón…

El Tony, que siempre fue muy retrechero y cumplidor se repatingó en la silla y, satisfecho, le dijo al botones:
¡Chico! Acércate hasta la cafetería y te traes un largo con leche bien caliente y una ración de picatostes.
El botones se quedó esperando a que Tony le diese el dinero. Tony siempre llevaba el dinero en fajos de billetes y, para contarlo, ponía encima el muñón mientras, con la mano que le quedaba, rascaba billete tras billete hasta pagar la cuenta.
¿Y don Rosendo Carudel no se puso celoso?
Yo creo que nunca se llegó a enterar. Don Rosendo estaba siempre muy ocupado.
Sí, eso sí, claro.
Rodríguez se echaba en la mesa de la oficina la siesta cada día. Lo que más le cabreaba a Rodríguez era que su jefe le molestase a la hora de la siesta.
¡Rodríguez…! le llamaba
¡Joder!, ya está el tío este a la hora de la siesta, como siempre. Parece que lo hace aposta el tío…
¿Y el jefe le permitía hacer la siesta en la empresa?
¡Hombre, claro! Faltaría más. ¿A qué cree usted que iban algunos de los empleados a aquella oficina si no?
Pues no lo puedo creer.
Pues no lo crea usted, pero ¿es que ya no se acuerda cuando a don Matías le sancionaron con aquellos tres días de empleo y sueldo?
Pues no, no lo recuerdo. ¿Y los cumplió?
Claro que los cumplió. Aunque se pasó los tres días pescando peces en el retiro. Daba gusto de ver las carpas que cogía. ¡Qué tío! Yo creo que equivocó su carrera. Don Matías merecía haber sido pescador de caña. Si por aquellos entonces hubiera sido la pesca deporte olímpico ya le digo yo que se habría traído, al menos, tres medallas de oro.
Rodríguez, tras más de una docena de años, vendió su Seat 600 que llevaba adornado con manguitos en los mandos y un relojillo, comprado en los decomisos de la calle de Arenal. Al despedirse de él le besó en el capó y vio cómo se lo llevaba derramando cada lagrimón.
Es que la gente, por aquellos entonces, era muy sentida.
Bueno don Dimas, que yo le dejo que voy a cenar. Hasta mañana…

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2 Respuestas a “DON ROSENDO CARUDEL, DE PROFESIÓN SUS LIGUES

  1. La Aguela

    Quiero suponer y supongo que, el cuñado de Rodriguez, a saber Cotón de apellido, estaría rondando por esos lares no?.
    Rodriguez y Cotón, vaya 2 seiscientos, eso sin contar con el 850 del Tony, envidia oficinista talmente.
    Bueno aunque corto.

  2. Es que en face hay ropa tendida