DON DIMAS CONQUISTA SEVILLA

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Don Dimas llegó a Santa Justa, es cierto, y también lo es que allí, entre vías de alta velocidad y el gentío que se agolpaba en los andenes esperando el AVE que traía a Paquirrín no había quien parase. Un nota de estos que en Sevilla son legión cantaba con mucho sentío:

En Sevilla hase una caló espesiaaaaa.
En Sevilla la caló es muy fuerte
te cae un shorro sudor
ende la nuez hasta er tete

Don Dimas, la edad es la edad, no está ya para estos trotes y se resguarda del calor al amparo del ambigú de la estación. Allí, entre manzanilla y vinos finos va recuperando el resuello. Don Dimas es más de cerveza, eso sí que es verdad, pero mire usted, cuando las ganas aprietan ya se sabe usted el refrán ¿verdad?
Pues no, ahora que lo dice no me lo sé
Pues vaya usted a Salamanca. Que luego me dice Soria, el del blog, que cada día hablo peor y con menos cuidado.
De detrás de un pequeño mostrador sale una joven rubia. Parece danesa, como las galletas de mantequilla, y tiene un pequeño lunar junto a la boca, como en la canción de Cielito lindo. Don Dimas no duda en requebrarla convenientemente. Le canta la canción y, la pobre, que no entendía más que el danés de las Islas Feroes, no le comprende. Ella, en un español de andar por casa, le cuenta a don Dimas que es hija de un importante conservero que sala bacalaos que luego envía a España y Portugal. Le ahorra el resto de las ocupaciones de su padre que más tarde y ya con más confianza le contará.
Don Dimas agudiza el olfato, por si la escandinava echaba tufo a bacalada. No lo parecía, o al menos él no lo notó. Laisa, que así se llamaba la señorita le contó que su nombre, en danés, significa “amable con todo el mundo”. Da gusto, pensó don Dimas, ser europeo. No como aquí, que las mujeres se llaman Dolores, Soledad o Angustias, que da hasta cosa llamarse Angustias o Fe, Esperanza y Caridad, como las tres virtudes teologales. ¿No le parece a usted, don Matías?
A mí no me diga. Yo ya le dije que visitara usted el Alcázar y la Torre del Oro y no me ha hecho caso y anda de Tenorio, por la estación del tren, como el Mocito Feliz.
El caso es que Laisa le convidó a tomar una manzanilla. Don Dimas, pensando que era una infusión e hizo de tripas corazón y –todo sea por la causa del amor- se entregó al bebedizo. Cuando el camarero le trajo el vino manzanilla, en lugar de la infusión, se le arregló el cuerpo.
Tenga, le dijo don Dimas, entregándole en agradecimiento, una cajita de cerillas. Para que fume usted.
Muchas gracias, caballero, le dijo el camarero mirándole con desprecio. Ajolá te ze zeque el ziezo, malahe.
La tarde se iba arreglando, pensó don Dimas. Ahora, cuando caiga la tarde le diré que me acompañe al centro. Iremos en un coche de caballos hasta Triana y allí, en alguna hermandad, le contaré todo lo de la Semana Santa. La pasión, ya se sabe… Para las extranjeras todo lo que suene a pasión se confunde con la pasión de la carne.
La danesa Laisa era luchadora de catch en su país. La danesa Laisa era, además de hija de bacaladero, hija de pastor protestante luterano que, como buen luterano, compagina el business con la fe. Bueno tampoco algunos miembros de la iglesia vaticana se apartan del bisnes. La danesa Laisa, después de descuajaringar los miembros superiores o inferiores (aquí no se hacen distingos) a alguna rival se iba a misa y ofrecía su triunfo a Lutero. No a Lutero King, el negro, sino a Lutero el reformista. La danesa Laisa, en el asunto este del ring, se llamaba, o se hacía llamar, La esquimal y salía del vestuario acompañada de una foca y con un traje hecho con pieles. Esto, claro, daba mucho calor y un tufo a foca que espantaba y mareaba a las rivales quien de esa manera, ya estaban tocadas para toda la pelea.
Don Dimas, ignorante del oficio y las aficiones de su conquista llevó a la muchacha a cenarse una urta a la roteña en la taberna Marinera de la calle Betis. En la calle Betis, frente a la Maestranza y con la Torre del Oro, a la derecha iluminada, Sevilla parece en feria todo el año. Al acabar la cena don Dimas, que se sintió rumboso, la llevó a tomar un café al hotel. Cuando en Sevilla se habla del hotel, así, en singular, se refiere uno, naturalmente, al hotel Alfonso XIII, en pleno barrio de Santa Cruz. Allí, en su patio acristalado, don Dimas se sintió torero y desplegó su mejor faena. Poco a poco fue arrimándose con gallardía al burel. En un momento dado pasó el brazo por encima del respaldo del sillón de la danesa con torería y esta, acostumbrada a los ataques del ring, se puso en postura. Cuando una luchadora de catch se pone en postura no es, como en la caza; no. Es todo lo contrario. Don Dimas aguzó sus cinco sentidos y, mientras el camarero servía otro chupito de aguardiente para ella y una Alhambra de tercio para él, le puso la mano izquierda entre los muslos. Laisa abrió un poco las piernas facilitando el paso al Tenorio. Cuando iba a llegar al borde de lo decente la danesa cerró las piernas y le dejó la mano inerte, casi sin vida. ¡Dios…! Qué manera de apretar. Don Dimas, en lugar de gritar intentó sacar la mano de la trampa. Por momentos sentía que la sangre ya no corría con libertad y que el miembro –la mano, claro- ya no le respondía. Del otro miembro no se tienen noticias. Cuando ya don Dimas pensó que moría “apatarrao” por la danesa soltó la presa y dejó caer el brazo, recitando el comienzo del Quijote.
En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…
¡Qué bello!, qué rima y que ritmo más ágil de verbo. Siga, siga, le dijo Laisa sin comprender que la cita cervantina era por la mancadura del brazo más que por lo romántica de la situación.
No podría, Laisa mi amor, seguir así, en esta situación. Yo podría recitarte hasta el capítulo 32 del Quijote, Peribañez y el comendador de Ocaña, La vida del buscón, etc. si tú cedieses a mis deseos nobles. Deseos físicos, es cierto, pero nobles de enamorado español. La literatura en España, la buena literatura de  caballería –que no de jumentos, sino de caballeros- siempre ha cantado al amor, pero debe de hacerse en un escenario ad-hoc, en una cama, y no en el hall de un hotel por muchas estrellas que este tenga.
Claro, claro, dijo Larisa plegándose a sus deseos. Yo te acompaño a tu hotel, don Giovanni. Aquí mezcló, naturalmente a los italianos clásicos –Casanova sobre todo- y don Dimas, muy puesto en el tema de los clásicos le explicó por qué la Histoire da ma vie no está escrita en italiano. J’ao écrit en français et non pas en italien parce que la langue française est plus répandue que la mienne, escribió don Giacomo en el prefacio de sus memorias, dijo.
¿En el prepucio?, preguntó Laisa.
No, aclaró don Dimas. Eso es otra cosa. Luego te lo explico.
Lo que aconteció después sólo don Dimas podría explicarlo. El sueño, esa situación dulce y placentera posterior al sexo, venció a los amantes que se entregaron a él con la misma profusión que antes lo hicieron con el sexo. Don Dimas soñó con Laisa en toda su plenitud. Recordaba el sabor de sus senos. Sus senos sabían a crema de orujo. A esa crema que vende Rua Vieja. Un sabor dulce a leche condensada y al aguardiente tostado. También soñó, con la presión del muslo de la luchadora contra su mano, y el sufrimiento y la asfixia que sentía en todo el brazo. ¡Qué tía!, pensó; menos mal que sólo lo hizo con la mano y no con el resto. Cuando don Dimas despertó Laisa se había marchado. Sobre la almohada había dejado, dibujado con carmín, sus labios en un beso dulce y unos pétalos de rosa que, es cierto, olían un poquito a foca. Don Dimas se sintió feliz. Sevilla tenía un color especial y, sobre el río, unos barquitos a vela dejaban de lado el Alcázar y la Plaza de España, el Parque de María Luisa y el campo del Betis… La vida, cuando sonríe, es hermosa. Sí señor.

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Una respuesta a “DON DIMAS CONQUISTA SEVILLA

  1. La Aguela

    Debo de aclararle que Don Dímas no se libró tan facil de Laísa, que aparte de lo que Ud. expone, tuvo que llegar hasta, “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches y duelos y quebrantos los sábados”, porque no había forma de liberarse de aquel dulce garrote. No sé como sabe Ud. lo de la almohada y el carmín, pero a alguien se le va a caer el pelo por chivato/a.
    Que bien que vallamos recuperando al sucesor de Cela ¿verdad?.