DON DIMAS, EN ARENAS DE SAN PEDRO

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Para los antiguos griegos, que eran muy suyos a la hora de poner nombres a las cosas y, especialmente a las que tenían que ver con la carne –no con la de guisar, sino con la mortal- el paráclito era una denominación del Espíritu Santo, que significa (¡glub!) consolador. Vaya tela… El paráclito goza de absoluta inarrancia; esa cualidad que, al parecer, adorna a las infantas de España y que, para quienes no lo sepan, es la cualidad de estar exento de error. Por eso, cuando se aparece el Espíritu Santo, sea en la forma tradicional de paloma buchona o de joven pichón gorgeador, los palos del sombrajo que cubren al visitado comienzan a rilar de forma evidente e imparable. A don Dimas se le apareció una tarde mientras se atornillaba una bota de vino en el sotobosque del río Pelayo, en Arenas de San Pedro, junto a la que llaman Charca Verde. Nunca se sabrá, puesto que las palomas, por santas que sean, no hablan, sino que zurean, o cantalean, que de ambas dos formas se llama la voz de la paloma. ¿Qué fue lo que le dijo? No se sabe, pero desde entonces, su carácter raro y taciturno se transformó, convirtiéndose en un ser mucho más previsible y alegre.
¿Y dice usted, don Matías, que don Dimas ahora es más alegre y permisible?
Mucho más. ¡Donde va a parar! Tenía usted que haberle conocido con aquella capa española, como Ramontxu el día de Nochevieja y la boina guevareña por los descampados de la plaza de Cuzco.
Quite, quite…
Don Dimas estaba merendando junto a la Charca Verde cuando se le apareció el Espíritu. En un restaño de la poza una joven nutria devoraba una trucha. Una polla de agua, -tranquila doña Trini que se trata de un pato y no de lo que usted piensa- parpaba su canción y, sobre la nata del agua, una libélula patrullaba en busca de no se sabe bien qué cosa. En una encina un cuervo graznaba y, sobre un espino, un gorrión trinaba. En la pradera el grillo grilla y en la otra orilla una culebra de agua silba. Aquí cada cosa tiene su nombre, no como en los restaurantes chinos en que todo es velula
La merienda de don Dimas, ahora que ha abandonado el régimen de mortadela, se ha hecho más variada: torreznos, torraos y algunos chicharrones renegridos. Ha cambiando, también, lo cual tiene mucho mérito, la cerveza por el vino. El vino, cuando es bueno, es mejor incluso que el agua. Don Dimas ya no fuma. Al parecer le dijo el médico que si quería seguir andando sin usar el tacatá tendría que dejar el humo y, aunque parezca mentira, le hizo caso.
¿Ve usted, Soria, como es verdad que don Dimas es más permisible?
Y tanto, don Matías. Y hasta más alegre ¿verdad usted que sí?
Ya lo creo. Mucho más.
Don Dimas no es de comer tomate crudo. A don Dimas el tomate crudo le parece que es irreverente y hasta nocivo para la salud de las personas físicas. Quien se come un tomate crudo, suele decir, es capaz de beberse la sangre de un tiñoso. Yo no creo que sea para tanto, pero es que don Dimas es muy resolutivo y sentenciador en todo lo que dice y, aunque parezca mentira, tiene hasta su parte de razón. A don Dimas lo que sí que le gusta son las nécoras. Esos bichos que en Asturias dicen andaricas y de los que él siempre lleva media docena en la bolsita que se cuelga del hombro, y que come mientras pasea, como si fuesen pipas de girasol.
¿Lleva en la bolsa media docena de nécoras?
Sí señor. Con su limón para echarles zumo y todo ¡No sabe usted lo que guarda esa bolsa! Es impensable. Una tarde, le vi sacar de ella no solo las nécoras, sino un atornillador, dos palomillas de esas de atornillar tendederos de ropa en los balcones y una diadema con un farol para alumbrarse por las noches.
¿Qué me dice…?
Sí, sí. Aunque usted no lo crea. Don Dimas suele tener mucha precaución mientras anda. ¿No sabe usted que es nieto de atropellado? Es lo que tiene la herencia genética. Si a tu abuelo lo ha atropellado un coche, tienes, genéticamente, un montón de probabilidades de ser atropellado. Yo, por no ir más lejos, tuve un abuelo que casi le fusilan en dos ocasiones cuando el follón del 36. Una vez por los azules y la otra por los encarnados. Por eso, yo estoy tranquilo, aunque me intentasen fusilar, genéticamente, me libraría.
No sé, no sé… Me parece a mí que esto no está muy demostrado. En cualquier caso mejor será que no tenga usted la posibilidad de demostrarlo.
Eso sí, claro. Pues bien, don Dimas, como le decía, estaba merendando, tranquilamente en aquella poza que llaman la Charca Verde cuando se le apareció el paráclito. La Charca Verde del río Pelayo tiene un puente muy alto. Es un puente desde el que, de siempre, los chicos y las chicas de Arenas se han tirado de cabeza. Hay que ser muy valiente y algo intrépido para hacerlo. Yo nunca lo pude hacer y, don Dimas, por mucho que él lo afirme, tampoco. Don Dimas estaba merendando con doña Adelaida, la viuda del Tío Pendejo, un tabernero de Guisando que, al dejar a la doña Adelaida libre como un pajarillo tras su óbito, voló hasta la residencia arénense por ver de darse algún homenaje de vez en cuando. En mitad de la merienda doña Adelaida se atragantó con un torrao. Los torraos de garbanzo, como están desecados, suelen ser duros como el pedernal y, a unas malas, se atraviesan en el gañote y, cuando te hacen la maniobra de Heimlich, salen despedidos como si fuera una pistola.
Pues bien, don Dimas, en lugar de la maniobra citada lo que hizo fue aplicarle el boca a boca. Doña Adelaida, que tuvo la suerte de tragarse el torrao, se encontró de manos a bruces, con don Dimas a horcajadas sobre sus piernas y atornillado a su boca. La doña Adelaida sufrió entonces un perrengue del que se volvió a reponer. Ella, en su delirio, solicitó de don Dimas un masaje perineal. Yo creo que no sabía muy bien a lo que se refería pero don Dimas, que es todo un caballero procedió a ello. Mientras doña Adelaida gemía y don Dimas se afanaba en el masaje, la guardia civil, que para esto es muy suya, hizo acto de presencia interrumpiendo el acto, que no se sabe muy bien si era de presencia o de ausencia, ya que doña Adelaida decía “¡ay, Dimas, que me voy” y cosas por el estilo que no tenían mucha explicación.
La Guardia Civil, como es su obligación, esposó al réprobo y le condujo ante el señor juez, que en Arenas de San Pedro, al ser cabeza de partido, es titular y todo. El señor juez le amonestó y le mando conducir al calabozo. Los guardiaciviles confundieron el masaje perineal con un tacto anal e informaron al señor juez que la señora estaba de “cubíto supino” y que el anciano estaba intentando meterle “un trasto anal”. La fiscal, que defendió la Doctrina Mahoma, por la que tanto es el que da como el que toma, dijo que aquello de que “tanto el que da como el que toma” no es sino un lema publicitario y que, lo importante era que los jubilados estuvieran en los asilos, entregando la pensión al Estado y por tanto se desestimó la petición de la acusación popular y se le soltó sin cargos. Los partidos políticos –PP, PSOE, Ciudadanos y Podremos declararon satisfechos que “la justicia es igual para todos” y se felicitaron porque, nuevamente, la Democracia había vuelto a triunfar en el país de las castas. Don Dimas salió de Arenas de San Pedro en silencio y de noche fue a pedir asilo a un monasterio premonstratense donde, todavía, sigue viviendo, según explican algunas fuentes.

Continuará

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Una respuesta a “DON DIMAS, EN ARENAS DE SAN PEDRO

  1. La Aguela

    Si al final, va a ser verdad que a Don Dimas se le han ido las cabezas……. todas. ¡¡ QUE BUENO, HERMANO, QUE BUENO ¡¡¡