UNA NAVIDAD VIEJUNA

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Anoche, posiblemente porque el programa de centrifugado del bandujo no podía terminar su ciclo, tuve una pesadilla. No una pesadilla de esas en las que caes desde la Torre Eiffel, de París; no. Una pesadilla gastroilógica. Me vi cenando de nuevo; pero el menú, era un menú de aquellos en que los Reyes Magos eran todavía becarios de Herodes. Un menú viejuno más sesentero que Trini López.
Entraba yo en una casa a cenar –no sé, a ciencia cierta qué casa era- y, según entré por la puerta, ya en el hall, descubrí una bandeja llena de dulces navideños. Esos dulces que, antes de comer, te sirven las abuelitas y que, al ser una bomba calórica, te destrozan la cena antes de empezarla. Mazapán, frutas escarchadas, turrón del duro y del blando, algunos trozos de turrón de nata y fresa y de chocolate y nata… Peladillas, alfanjores, roscos de vino, marquesas. La abuelita que nos convidó a cenar nos trajo, para acompañar el aperitivo, una copia de sidra El Gaitero, ese jarabe antidiabético asturiano tan tradicional. Uno, para aquellos momentos, ya estaba bien servido. Además, y por si no era suficiente, nos trajo unos calapiés. Cuadraditos de pan Toast untados de fuagrás, algunos incluso, con una almendra en todo lo alto; otros untados de queso azul y los últimos de sucedáneo de caviar. ¿Por qué no usan Petazeta, de ese que explota, en lugar del sucedáneo? Un misterio, tan misterioso como el del Belén.
Al sentarnos en la mesa algo me dio mala espina. No había plato sopero con lo que, mi esperanza de tomar un consomé o algo más liviano se vino abajo. Los anfitriones sacaron bandejas y bandejas de espárragos de lata, de langostinos de dudosa consistencia metidos en una copa, con su lechuguita picada con su salsa rosa, una ensalada de palitos de cangrejo y otra de palillos atiborrados de pepinillo, aceituna, pimiento rojo y langostillos. En otros el langostillo había sido sustituido por mejillón o por berberechos. Dos cuencos grandes ocupaban cada una de las cabeceras de la mesa. En uno una mahonesa recia, consistente y en el otro de salsa rosa. Seguramente pletórica de kétchup, semidulce y bastante pringosa.
Terminados los entrantes la abuelita vino con una bandeja donde un pollo hermoso; casi un avestruz, bailaba al son de sus pasos. El pollo estaba relleno, naturalmente. De carne picada de cerdo y ternera; con sus orejones, sus ciruelas pasas y sus piñones. Rodeándolo un mar de huevo hilado y, a los lados, un par de pequeños depósitos transparentes en los que se había vertido la salsa. Salsa en la que destacaba en su superficie, un par de dedos de grasa. Pero no una grasa ligera; no. Una grasa consistente, negra, que habría servido, perfectamente, para engrasar cualquier motor de tres tiempos. No; no hay manera de excusarse. Hay que tomar el pollo pues, de lo contrario, la abuelita se pone triste y te amenaza con freírte un par de huevos. Así pues, lo mejor es tomar un poco de pollo y tratar de que no te hagan repetir.
Por fin se ha terminado la cena. Ya solo nos quedan los postres. Uno, en su habitual tontuna, hubiera rogado a Dios que pasara este capítulo. Pero no…. No es posible. La abuela trae una piña troceada y medio marrón por encima. ¡Piña preparada!, dice. La piña viene cortada, artísticamente, en cuñas. Una sobresale a la derecha y la siguiente a la izquierda, formando una especie de sierra. Cuando te lo sirven en el plato y sin tiempo para negarte, rocían la piña con un generoso chorro de Cointreau. Un buen chorrito, dice, para quitarle el amargor. Y el marrón del azúcar de caña y la canela se convierte en un barrillo sobre la fruta. Como eres un chico educado, pese al empanzamiento, te comes todo sin rechistar. Al final crees que un buen café te hará bajar el bombazo. ¡Sí, sí…!
Con el café viene el turno de las bandejas. Toda la familia, uno por uno, trae en cada mano una bandeja. Lo ponen frente a ti y ahí se te ha caído el alma. Empanadillas de cabello de ángel, pestiños bien mojados de miel chorreante por sus cuatro costados, una bandeja de frutas de Aragón con su incógnita sobre qué fruto tiene este o aquel color y una última con el cascajo. ¿Que qué es el cascajo? El cascajo es una suerte de revoltillo de nueces, avellanas, almendra, piñones, pistachos, etc. con toda su profusión de dura cáscara. No hay problema; uno de los cuñados trae un martillo. El muy animal se lía a martillazos mientras se carga la mesa, deja tuertos al resto de comensales con las cáscaras voladoras al tiempo que aplasta la carne del fruto seco.
Ya no puedes comer más; estás a punto de un coma gástrico, que no sé ni si existe pero que, de existir, te está rondando. Entonces la abuelita, -¡qué rica ella!- saca la última bandeja de dulces. Una bandeja llena de bolitas de coco, de chocolate y de otros tipos de dulce. Todos ellos descansando en su cestita de blonda.
No gracias, dices. Pero no hay manera.
Eso es porque te falta líquido para empujar, dice el cuñado del martillo. Ahora lo arreglo. Y vuelve triunfante con dos botellas de cava en las manos
¡El champán! Rondel oro y Rondel verde. Dice exultante… Vamos, hombre, que no se diga. Una copita de cada uno y así lo degustas…
¿Degustar? ¿El Rondel?
Sí, ¿lo ves? Este es semiseco y este seco. A mí me saben igual, pero tú, como estás acostumbrado a estas mariconadas, seguro que los distingues ¿eh?
Claro, claro… añades tú
Y ya, como punto y final, traen los licores. Licor 43, Anís Marie Brizar, una botella de Torres 5 años… Esta es por si quieres hacerte un sol y sombra, te dice el experto en champagnes y pacharán Zoco.
¡Pacharánnnnn más de mil años, muchos mássss!, canta el simpático cuñado.
No, gracias. Que tengo que conducir.
Venga, no seas triste. Si ahora no hay controles. No ves que es Nochebuena.
A punto de tomarme un sol y sombra me despierto angustiado y compruebo, felizmente, que se trata de una pesadilla. ¡Qué horror! Cambio el ficticio sol y sombra por un vaso burbujeante de Sal de Frutas Heno
¿Heno o vacío? Me parece escuchar que me vuelve a preguntar el cuñado.
Arrrrrrg. Me vuelvo a la cama prometiéndome a mí mismo no volver a cenar una nochebuena nunca jamás.

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