EL MISTERIO DE LAS MOLLEJAS… SEGUNDA PARTE

Doña Inés

En la primera parte don Dimas, don Matías y Soria, el del blog, entran en un restaurante del Barrio de las Letras. Allí Soria y don Dimas desaparecen misteriosamente mientras a don Matías se lo lleva un policía de Salud del Ayuntamiento de Carmena.

II

Oiga, ¿podría decirme dónde me encuentro?
Un momento, caballero. Ahora vendrá el doctor que le atiende y le contará todo. Respondió el enfermero mientras abandonaba el cuarto donde reposaba don Matías.
Efectivamente, tras él, entró un médico joven de pelo lacio y bigote. Su lengua tenía un cierto deje a foráneo. La Seguridad Social, pensó don Matías, está llena de médicos de fuera y los nuestros, mientras, en hospitales por toda Europa. El médico se sentó en el borde de la cama y con una sola mano levantó los párpados de don Dimas y miró en el fondo de ellos con una pequeña linterna.
Tranquilícese usted, le dijo. Está usted aquí porque en el restaurante donde comió le han servido unas mollejas de ternera que, en realidad, eran de un animal traído ilegalmente, un ñu de cola blanca, y que no estaba en condiciones alimentarias. Podría sufrir usted una contaminación por la ingesta de esa carne que provoca la llamada Teatrología de Fallot, o lo que antes se llamaba el mal azul.
Pero si yo el falo lo tengo perfectamente, dijo don Matías. Para mi edad, claro…
No, perdone usted. En inglés se pronuncia, Falot pero se escribe Fallot. Es una cardiopatía que mezcla la sangre arterial con la venosa y produce efectos cianotizantes… vamos que tinta de azul algunas partes del cuerpo.
Don Matías miró bajo la sábana buscando sus zonas cianotizadas sin ningún éxito.
No, no se preocupe. De producirse se manifestarán a partir de la segunda semana de la ingesta.
Entonces, dijo don Matías, ¿cuánto tiempo tengo que permanecer aquí?
Pues cuarenta días; claro. Tiene que sufrir una cuarentena para evitar su contaminación al resto de la población.
¿Y mis amigos? ¿Qué se sabe de mis amigos?
Esa es otra, don Matías. La ingesta de esta carne produce una alucinación pasajera por la que usted imaginará cosas y pasajes que cree haber vivido sin que, en realidad, se haya producido. De ser cierto que usted iba con más personas tendríamos que traerlos aquí, al igual que a usted para aislarlos del resto de la población.
¡Ah!, dijo don Matías. Claro, claro. Pensó, para sus adentros, que si insistía en lo de don Dimas y Soria, el del blog, haría que los buscaran y los ingresaran también.
Verá usted. Va a permanecer en esta sala, aislado, y saldrá al patio una vez que el resto de enfermos se haya retirado. Así, al paso que está usted aislado también lo estará del contagio de otras enfermos. Mire, esta monja, que es enfermera, le asistirá a usted diariamente. Si tiene algún problema, o quiere llamarme, dígaselo y yo vendré muy gustoso.
Muchas gracias, dijo don Matías.
Ahora descanse, le dijo la monja. Y si necesita algo yo estaré en el cuarto contiguo al suyo.
Gracias, hermana…
Inés. Mi nombre es Inés de Ulloa.
¡Anda!, como la de la canción.
¿La canción? ¿Qué canción?, preguntó la monja
Una canción de Luis Eduardo Aute que dice:

Adiós, Inés de Ulloa,
me voy para Lisboa,
me apunto de soldao
en la revoluçao.

Qué gracioso, es usted, don Matías. Me parece que vamos a hacer buenas migas. Pero ahora descanse, que yo tengo que ir a mis oraciones y luego vuelvo, para ayudarle a dar una vueltecita por el patio.
Gracias, hermana.
Don Matías quedó pensativo pero, seguramente por la pastilla que le dio el médico, se durmió plácidamente hasta bien entrada la mañana. Don Matías soñó con huevos fritos con chistorra, con alitas de pollo fritas y con vinos de la Ribera del Duero en casa Pepe. Don Matías, cuando tiene hambre o sed, baja de su casa y tiene varios abrevaderos al punto en los alrededores. Don Matías debería, ya se lo dice don Dimas cada día, cuidarse un poco más; dejar de almorzar varias veces  al día y caminar mucho más. Pero don Matías es algo perezoso para el ejercicio.
La monja volvió y despertó a don Matías.
Vamos, vamos… que estaba usted soñando en voz alta. ¿Quién son esos don Dimas y el tal Soria de los que hablaba?
Unos amigos, hermana. Son unos amigos con quienes comía ayer, cuando me trajeron aquí.
Pero si lleva usted ya una semana con nosotros, don Matías. ¿Pierde usted la noción del tiempo?
¿Cómo que una semana? Si yo vine ayer.
No, don Matías. Hasta ayer ha estado usted durmiendo. Pero lleva ya una semana con nosotros.
¿Está usted segura, hermana?
Segurísima.
Y dígame, por cambiar de conversación, cómo se apellida usted, don Matías.
Pues  me llamo Matías de las Navas, de primero, y San Juan, de segundo.
Anda, mira, como el pueblo ese de Jaén que tiene tantos olivos.
Así es. ¿Y usted, hermana? Se apellida Ulloa ¿verdad?
Pues sí, así es. Mi padre era comendador de la Orden de Calatrava y, desde bien chica, me dejó en este convento, para mi formación. Ya sabe… antes, para las niñas, las cosas eran de esta manera. Ahora, según me cuentan los enfermos que nos visitan, parece que las cosas van cambiando para nosotras.
No me irá a decir ahora, claro, que este es el Convento de la Virgen, que está junto a la Hostería del Laurel, y que tiene usted una dueña llamada Brígida.
Pues sí, así es… ¿Es que ya estuvo usted aquí antes?
Pues no. Lo que ocurre es que yo… Mejor déjelo, hermana. Es que estoy cansado, dijo don Matías.
La monja le acompañó hasta el cuarto y le ayudó a meterse en la cama. Descanse usted, don Matías.
Una vez en la cama don Matías no daba crédito a lo que le contó la monja. Esta tía está loca, se decía, pero no dice que es la monja del Tenorio. Será posible… Yo tengo que salir de aquí como sea. No, se dijo. Mejor se lo diré al médico para que la aparte de mí. A ver si, además de la cardiopatía esa me va a pegar lo de la cabeza.
Don Matías se levantó y llamó a un enfermero que pasaba por el pasillo. Lo hizo en voz queda, para que la monja no le escuchase.
Por favor. ¿Usted sabe cómo se llama el médico que me atiende a mí? Le dijo, es un hombre que habla raro, que tiene bigote y el pelo negro, lacio y peinado a raya.
Sí, le dijo el enfermero. Es el doctor Zhivago.
Don Matías se desmayó y, de no ser por el enfermero, hubiera caído al suelo.
¡Hermana!, gritó. ¡Doña Inés!
Diga, ¿Quién llama?
Aquí, dijo el enfermero. Ayúdeme usted con su enfermo, que ha sufrido un vahído…

Continuará…

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