EL MISTERIO DE LAS MOLLEJAS DE LA SANABRESA

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El Barrio de las Letras de Madrid tiene las aceras muy estrechas. La calzada es, generalmente, estrecha y flanqueada por unos marmolillos de hierro que ahora llaman bolardos. Las aceras son, aún más estrechas y, cuando algún cliente sale de los negocios que ocupan la planta baja de los edificios, suele chocarse con los peatones que circulan por las aceras.
En la calle del Amor de Dios, entre un colmado y una tienda de fotocopias, hay un restaurante que se llama La Sanabresa. El restaurante fue, en otro tiempo, casa de comidas de las que tantas y tantas había en Madrid. Ahora, con esto de la gastronomía, a los restaurantes se les llama gastroespacios y a las tabernas lounge urban snack o algo aún peor que está por determinar. En el restaurante La Sanabresa, afortunadamente, no se sirven espumas, ni se deconstruyen los callos a la madrileña. Los sifones no se utilizan más que para rebajar el vermú y, si alguien pide algo child, le traen una guindilla que le deja el bullarengue como el de un babuino.
¿El de Fabiola?
No, don Dimas. El de Fabiola era Balduino
¡Ah, perdón!, siga usted, siga…
En el restaurante La Sanabresa es conveniente comer pronto pues, de lo contrario, corres serio peligro de no encontrar reserva más tarde. Aquel mediodía tres hombres mayores, cada uno de ellos con una camiseta con la foto de un animal en el pecho, entraron decididamente a comer. El uno, el que era más calvo, llevaba un búfalo marrón, pastando sobre una verde pradera de Dakota del Norte. El segundo, que tenía menos pelo que el tercero, llevaba un elefante barritando mientras, un hontanar, brotaba de su trompa erecta. El tercero, una peluca larga, descolorida, de un gris desvariado, y una camiseta de color verde fidelcastro, tenía en el pecho un pequeño grillo negro. El camarero –estos camareros de Madrid, tan perspicaces- dejó una cuarta silla en la mesa.
Es por si viene Rodríguez de la Fuente, dijo, señalándoles a los tres la camiseta.
Traiga usted vino y calle, fámulo. Le dijo el del elefante mosqueado por las confianzas.
Y la carta. No se le olvide la carta.
El camarero reapareció con una botella de vino de Valdepeñas y tres ejemplares de una carta menú amplia y generosa. Los precios eran más que razonables, casi de otra época. Los platos, también: había gran profusión de productos de casquería que tanto gustaban a los del pelo más corto. También había cantidad de platos rotundos -casi de otra generación- como las alubias a la riojana, la carne a la jardinera y la ensalada campera.
Los tres amigos pidieron su comanda. Los dos más anchos pidieron para compartir: mollejas de cordero, riñones al jerez y, para los tres, una ración de berenjena con una tempura tipo Orly. El del pelo cano pidió unas gambas al ajillo que rebullían, entre láminas de ajo y trozos de guindilla, en el fondo de la cazuela de barro. De segundo plato pidieron, los tres, cordero asado.
La comida fue muy amena, apetitosa y bien regada y, como además, la conversación surge alegre y sin freno de ningún tipo, si hacemos excepción de la prohibición que el más delgado de los tres tiene avisado sobre cierto prostíbulo que todos visitaban, diariamente y en los últimos treinta años, en las inmediaciones de la Plaza del Cuzco de Madrid. El camarero, muy solícito y ágil al llamamiento de cualquiera de los tres comensales, atendía presto, la petición de más vino y, finalmente, la de los cafés –nunca toman postres- y las copas de aguardiente de orujo bien frío.
Cuando ya llevaban dos copas ingeridas uno de los comensales, don Matías, el del búfalo en la camiseta, se levantó con intención de ir al baño.
Ten cuidado, le dijeron los dos. No vayas a perderte.
Don Matías se volvió, burlón, y les hizo un amago de corte de mangas.
Los otros dos comensales pidieron unas copas más. Mientras se las traían hablaron del tercer amigo; el que había ido al baño.
¿Qué te parece?, preguntó el más mayor de los dos al del pelo cano. Yo creo que ha comido muy bien
Sí, y eso que antes de venir hemos tomado el bacalao y los calamares.
Y algo que, por su cuenta, él haya comido en su barrio.
Don Matías salió del baño y, tras lavarse las manos con profusión, se dirigió al comedor donde, se extrañó, ya no estaban sus amigos.
Oiga, llamó al camarero. ¿Dónde están mis amigos? ¿Han pagado ya?
¿Qué amigos?, le contestó el camarero. El caballero ha venido solo. Ahí tiene usted aún su plato y la copa de aguardiente que me ha pedido.
Pero yo había venido con dos amigos. Si usted mismo nos ha atendido toda la comida.
Usted perdone, caballero, pero usted ha venido solo.
Estos cabrones, dijo don Matías. Ya entiendo. Que han pagado y me están gastando una broma ¿verdad?
No le entiendo, señor. Mire, si es tan amable, podría usted pagar y permitir que vayamos recogiendo la mesa. Hay mucha gente esperando…
Bueno, ya está bien de cachondeo, ¿no?
Señor. Por favor. Baje usted la voz. Mire, ahora voy a llamar al encargado y usted aclara con él lo que le parezca.
Oiga, le dijo don Matías al encargado, que era, precisamente el camarero al que uno de los tres amigos le había despedido con malos modos. ¿No es cierto que he venido con dos amigos y que usted nos ha colocado en esta mesa?
Perdón, señor. Pero usted vino solo. Yo mismo le senté en esta mesa y esta es su comanda, le dijo enseñándole la nota donde el camarero había hecho su comanda. Una ración de mollejas de cordero, una de riñones al jerez, una de berenjenas fritas y una de cordero asado, lo mismo que habían pedido pero solo una sola ración.
Si es tan amable, dijo el camarero, pague usted su cuenta y permítanos que atendamos al resto de la sala.
Ya, ya… dijo don Matías. Estos cabrones están ahí fuera descojonándose, dijo. Tenga, cóbrese. Y ahora, cuando salga, se pueden ustedes cachondear de mi todo lo que quieran.
El camarero devolvió a don Matías los cambios y, sin mediar palabra, dio media vuelta y se perdió en el fondo sin fin de la cocina. Don Matías salió y girando el cuello a izquierdas y derechas miraba a lo largo de la calle en busca de alguien que, evidentemente, no estaba allí.
¿Don Matías de las Navas San Juan?, le dijo un guardia municipal
Sí señor. ¿Dónde están mis amigos?
Puede usted acompañarme, dijo el guardia mientras le mostraba una placa donde podía leerse “Policía Sanitaria”. Ayuntamiento de Madrid.
¿Yo? ¿Por qué? Además… ¿cómo sé yo que es usted un madero?
El hombre se miró el uniforme, la pistola, la porra que ahora llaman defensa y el walky-talky y, quitándose la gorra, le enseñó el escudo que coronaba la gorra.
¿Ve? Aquí lo dice. Policía Municipal. Dirección General de la Policía Sanitaria. Y si aún no me cree, no se preocupe, que en la puerta del patrulla también lo pone.

(Continuará…)

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Una respuesta a “EL MISTERIO DE LAS MOLLEJAS DE LA SANABRESA

  1. La Aguela

    ¿Y que podría decir?, que como sigas así, me va a dar algo, pero serio ¿eh?, avisado quedas.
    P.D. Así que ¿cómo sé yo que es usted un madero? ¿eh?