LA PLANCHA

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Hoy he visto a mi mujer planchar unas sábanas y me ha traído el recuerdo, especialmente vivido de cuando, de niño, veía a mi madre planchar las sábanas. Aquellas sábanas blancas, relucientes, de un algodón que hoy ya solo existe en Egipto y, con la muerte de Omar Shariff, aquel médico ruso que perdió a Lara, la del tema, ahora que lo pienso, decía, igual ni eso.
Las sábanas, como se colgaban a la calle y no había apenas coches quedaban esponjosas y sin mácula de contaminación. La plancha la hacía mi madre en la cocina, junto a la chapa de la cocina económica, o bilbaína, que también se llamaba. Mi madre tenía, puesta al fuego, varias planchas de hierro que manejaba alternativamente para evitar que se enfriaran. Cuando cogía una nueva se ayudaba de una especie da bayeta o muletón que impedía que se quemara la mano.
Me llamaba mucho la atención cómo comprobaba la temperatura. Ponía la plancha en alto y, tras mojarse el dedo en saliva, lo pasaba, rápidamente por la base. Luego, cuando ya estaba preparada y caliente la plancha la deslizaba sobre el algodón. El calor estiraba los pliegues o arrugas y, tras la base de la plancha aparecía una especie de autovía blanca, inmaculada y perfectamente asfaltada. Las sábanas, como eran más grandes que el burro de la plancha, se doblaban en pequeños cuadrados. Ahí era donde yo ayudaba a mi madre. Yo, o cualquier hermano que estuviera cerca, claro. El doblado de la sábana, como todo, tiene su arte. Hay que procurar que el doblez quede debajo y los dobleces se hagan en dos a lo largo y en otros dos, o tres, a lo ancho. Así el planchado puede hacerse más rápido.
Ahora, ya, con esto de las planchas eléctricas, nada es igual. Ahora, cuando se cesa en el planchado y se coloca la plancha sobre su base, justo donde el cable comienza, la plancha rebufa, echando el vapor por los belfos agujereados de la base, igual que si fuera el caballo de Ben-Hur después de darle un agua a Mesala en el circo. Ahora, como lleva vapor la plancha, ya no es preciso mojar los dedos en un tazón de agua y espolvorearlos por la sábana con aquel arte de quien rasgaba la guitarra en seco.
Es curioso cómo hay recuerdos infantiles que están grapados en la memoria y que, pasen los años que pasen están allí, estabulados y a la espera de que un pequeño empujón, una imagen que pasa como un flash, un aroma o un color, lo colocan, nuevamente, en la parrilla de salida.
Eso, don Dimas, se llama añoranza
No crea usted, don Matías. La añoranza es un estado de predisposición, la sublimación en la indeterminación de un anhelo del alma o el sentimiento de temporalidad de las cosas y las personas.
¿Usted ha bebido, don Dimas?
Pues sí; un roiboos con leche
Pues yo que usted volvía al Valdepeñas, que le hace menos daño
¿Por qué lo dice usted?
Porque con esas infusiones va usted a acabar cazando moscas. Si ya habla como Kant
¿Qué can, el de la canción?
No; can no, Kant. Inmanuel Kant, el filósofo.
¡Ah!, creí que decía usted la Suzi Quatro, aquella de Can the can, de cuando éramos mozos ¿Es que le molesta a usted la filosofía?
Pues no es que me moleste, pero cuando los políticos la quitan de la educación será por algo. ¿No le parece?
¡Hombre!, tampoco ponen la colombofilia y no pasa nada
¿Cómo?
La colombofilia, ya sabe… el arte de adiestrar palomas mensajeras
¿Que exagero?
No, mensajeras, no que me exageras. ¡Qué tío, si está más sordo que una tapia! Ahí se queda usted, hombre…
Joe… y luego dice que me hace daño a mí la manzanilla.

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Una respuesta a “LA PLANCHA

  1. La Aguela

    Si, D. Dimas si, vuelva al Valdepeñas, que la COLOMBICULTURA, que no colombofilia, la pondrán dentro de ná, pues menudos son estos..