EL CALZONAZOS

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Don Epafrodito Olmedilla Ribota recibió, un mal día de primavera, mientras el toro enamorao se quedó ciego al confundir la luna con el sol, la visita de un coche patrulla de la Policía Armada. La policía, ahora, también va armada, pero se llama nacional. Debe de ser para que no la confundan con la de Portugal. Del coche patrulla, de color gris plomo, se bajo un guardia con un gabán tan grande que podía haber arropado a toda la comisaría a la vez. Se conoce que estaba crecedero. Se bajó del coche, decía, mientras que, de la parte trasera se bajaron dos guardias más, de paisano, con pelliza de cuero negra, como la de los aviadores y sombrero jipijapa negro flexible.
Los policías de paisano tocaron en la puerta y, a la pregunta de ¿quién?, que hizo don Epafrodito, estos contestaron que Policía Nacional. La policía otra cosa no será, es cierto, pero concisa sí que lo es. La Policía Nacional… ¡Ahí es nada!, como para que haya dudas.
Don Epafrodito, que nunca tuvo contacto alguno con la policía –ni la nacional, ni la de aduanas- quedó un poco descolocado, diciéndose ¡qué raro!, se habrán equivocado. Sí, sí. Ya va.
Abra inmediatamente o echamos la puerta abajo, dijo el segundo policía que ya llevaba un pistolón en una mano y los grilletes en la otra.
¿Es usted don Hermafrodito Olmedilla Ribota?
No, dijo don Epafrodito. Bueno, sí… balbuceó
¿En qué quedamos?, dijo el policía que no portaba arma.
Yo es que, verán ustedes…
Las explicaciones las dará usted donde las tenga que dar, dijo misterioso, el policía del arma. Está usted detenido, dijo mientras colocaba los grillos en las muñecas de don Epafrodito.
¿Por qué me detienen?, preguntaba.
Eso se lo comunicará a usted, quien se lo tiene que comunicar.
Esta frase, de hondo contenido policial, se sigue estudiando en los cursos de criminología y en las oposiciones de la Policía Nacional en Ávila. Aquí no es como en Los Ángeles o en San Francisco, que se gasta jerga; no. Aquí todo tiene su medida y su explicación, como ocurre en Infantería.
Don Epafrodito pasó toda la noche en el calabozo. En el calabozo no se estaba mal, es cierto, pero lo peor no era la comida, o la compañía de unos trileros que se pasaron la noche cantando por Falete; no. Lo peor fue la angustia de haber salido de casa sin decirle nada a doña Camerina, su esposa. Pobre Camerina, pensó, habrá pensado que me han secuestrado. Estará visitando hospitales y sanatorios temiendo un accidente. Pues no, doña Camerina, pensando que había salido con sus amigotes el don Dimas y el don Matías se fue al bingo con su prima Frontonia, que tenía un lío con un taxista polaco que había conocido cuando le traía subía las bombonas de gas.
El comisario, cuando clareaba el día, mandó subir al hall de su despacho a los detenidos. Después de interrogar a los trileros le tocó el turno a don Epafrodito.
Diga usted su nombre e identifíquese.
Me llamo Epafrodito Olmedilla Ribota, y esta es mi documentación, dijo acercándosela a la mesa del despacho. ¿De qué se me acusa?, si es que puede saberse…
¿Qué de qué se le acusa? ¿Qué le parece, Rodríguez?, dijo el comisario. ¿Qué le parece el cuajo que tiene? ¡Si todavía va a pedir un habeas corpus!
Rodríguez levantó las cejas, como si llevara dúplex y no añadió nada.
Se le acusa de usurpación de identidad, estafa y falsificación de tarjetas. ¿Qué? ¿Qué le parece?
¿A mí, dijo don Epafrodito sintiendo que le rilaban las pencas?
¡Hombre!, no va a ser a mí, que soy el comisario. ¿Eh?, Rodríguez
Rodríguez volvió a hacer el mismo visaje y continuó martilleando la Lexicón con los dos dedos índice.
Entonces, preguntó el comisario con ese cierto retintín de quien está en el secreto del arcano, ¿puede saberse qué es lo que pone aquí?, finalizó el comisario alargándole una tarjeta de visita.
Yo…, tembló la voz de don Epafrodito, verá usted, señor comisario. Yo…
¿Qué? ¿Usted qué?
Es que, verá… Esa tarjeta de visita es mía. Es cierto. Ayer mismo la dejé en el banco al señor director para que me llamara para informarme sobre un crédito que solicité. Una hipoteca para un piso que quiere comprar mi hijo…
Eso ya lo sé, dijo el comisario. ¿Qué pretendía usted? ¿Estafar al banco con un nombre supuesto?
No, señor comisario. Verá. Es fácil de explicar. Es que yo me hice 500 tarjetas en una imprenta y, por un error en los tipos en lugar de Epafrodito se pusieron Hermafrodito. Pero sí; todo lo demás se ajusta a la verdad. Ve usted. Aquí mi dirección, y mi teléfono, y mi código postal.
Entonces, le dijo el comisario. ¿Por qué no reclamó en la imprenta?
Pues verá usted, a mi señora, la Camerina, le parecía mucho más gracioso el nombre que el mío. Decía que Hermafrodito me cuadraba mejor que Epafrodito y yo, pues ya sabe… por no darle un disgusto.
Usted lo que es, es un calzonazos. Y un mierda. Bramó el comisario.
Sí señor. En eso tiene usted mucha razón. Y además un mierda de los mayores. Pero uno no tiene carácter. ¡Que no daría yo por tener el carácter suyo, señor comisario! Yo soy un calzonazos pero no un estafador, ni un timador y mucho menos un usurpador. Yo no tengo valor ni voluntad para hacer esos delitos. ¡Qué más quisiera yo!
Ya veo, ya… En fin, aquí no ha pasado nada. Usted a lo suyo y exija, coño. ¡Exíjale a la imprenta que le cambien el nombre o le devuelvan la pasta! Y a la Camerina que la den por el culo y se cambie el nombre ella. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Joder con el voto femenino ni la liberación de la mujer…
Si señor comisario. Y perdone usted por las molestias que yo les haya podido ocasionar.
Nada, hombre. Nada. Y márchese de aquí antes de que le encarcele por calzonazos.

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Una respuesta a “EL CALZONAZOS

  1. La Aguela

    Vaya hombre, por fin a vuelto el “señor” a escribir como Dios Nuestro Señor manda, ya era hora y bienvenido sea.