UN OLVIDO, SIN QUERER…

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Nunca he sentido tanto cariño por un español, o por una española, como lo he sentido por aquella persona que es, a la vez y de forma injusta, dos veces extranjera: extranjera en su país de origen y extranjera en el de adopción. La emigración, esa lacra fomentada desde la carcunda de aquel tiempo que, digan lo que digan los nostálgicos de las filas prietas, nunca será mejor; convirtió a los mejores de nuestros hombres y mujeres, a los más sanos, a los más jóvenes, a los más preparados, en mano de obra barata; en chinos de Fuenlabrada; en senegaleses de Salou; en marroquíes de El Ejido. Españoles y españolas dispersados, desubicados y sufriendo el sentimiento de culpa propia por el abandono de la familia, del pueblo, de los amigos… El régimen publicaba un folleto, -ya lo conté en otro post anterior- que entregaba en el propio andén pidiendo el envío del dinero ganado fuera de casa para, de esa manera, eliminar parados y obtener divisas para el mantenimiento de ese mismo régimen. Pidiendo que no gastaran el dinero en origen sino que lo mandaran a casa para engrandecer la Patria. Esa misma Patria que les empujaba fuera de casa a ganarse la vida.
Soy bisnieto de emigrante. Nunca conocí a la familia que se fue y que ya nunca regresó a su tierra. Mi bisabuelo marchó a Cuba dejando una parte de su familia en España. Su hijo mayor, mi abuelo, nunca volvió a ver a su padre. Mi abuelo nunca se quejó de ese abandono, pero siempre lo llevó dentro de sí, como una lacra. Una tarde recibió un correo de un notario cubano que le comunicaba la muerte de su padre y le hacía llegar un dinero que le correspondía por su herencia. Mi abuelo se gastó ese dinero en traer a su padre y enterrar sus restos en el cementerio de Navalcarnero, el pueblo donde nació y el pueblo desde donde su padre marchó para no volver jamás. Así, mi abuelo, pudo dar tierra y sepultura a un recuerdo, a un dolor, a un olvido. Así, pudo dar tierra a un mal recuerdo.
Escribimos en Internet y, cuando recibimos respuesta, creemos que hemos obtenido un premio, que la respuesta recibida es una lisonja, una gentileza que, unas veces te atribuyen cualidades como la tolerancia, otras la piedad y el cariño, otras la comprensión e, incluso, la nobleza de carácter y, algunas, también, ¡vaya por Dios!, le tachan a uno de intolerante y hasta de majadero. Pero lo que no acertamos nunca a imaginar es hasta qué punto le hace bien, a una persona que está como migrante en el extranjero, un comentario, un “me gusta”, un cariñoso recuerdo de quienes les tenemos en nuestro corazón.
He conocido muchos emigrantes. Unos, los gallegos, que solo lo llegan a ser físicos –pues su morriñento carácter les hace estar, en alma, en su Galicia. Otros, asturianos y cántabros, con su objetivo puesto en ahorrar hasta el último peso para volver a su país y construir una casona, con una palmera a cada lado y, si es posible, una escuela para que el pueblo le recuerde por los siglos de los siglos, amén. También he conocido, mucho más, naturalmente, emigrantes vascos. Los vascos, aman, como los gallegos, su país; quisieran volver y comprar un casherio, una casa-torre, como los asturianos y los montañeses pero, sobre todo, el vasco se agrupa allá donde vaya creando Sociedades del País, Círculos del País, restoranes y txokos donde tocar la tamborrada por San Sebastián, donde rezar a su Virgen Blanca o a la de Begoña. Donde hacer, de cada semana fuera de su tierra, una Semana Grande. He visto vascos llorando cada vez que dejaba atrás un pueblo en el trenillo de vía estrecha que le llevaba a El Abra; he visto vascos que, en el barco que le llevaba a Venezuela, a Idaho, a Argentina, añoraban ya el verde maizal, los verdes frutos del nogal, todos y cada uno de los paisajes infantiles, de los montes coronados de nubes…
Hoy he recibido un mensaje privado en mi muro de una muy querida amiga. Una amiga a la que no conozco personalmente pero que me ha presentado a sus nietos, me ha relatado cómo cuida sus flores, cómo añora su Vizcaya querida, cómo ama sus valles y castillos alemanes y que ha añorado –¡fíjense!- unas pequeñas semillas de esa guindilla vasca que llaman piparra o langostino de Ibarra. En ese mensaje mi buena amiga me dice que cree que, por algún motivo que no acierta a comprender, la he dejado de lado. Y creo que tiene razón. No lo he hecho, naturalmente, a sabiendas sino que, la jubilación, el verano y los traslados, y las ocupaciones en las que estoy recientes, casi me ha impedido relacionarme con todos y cada uno de mis amigos. Sí que los he hecho con otros y eso, seguramente, le ha entristecido.
No ha sido así, mi querida Lola. Ni mucho menos; ya te lo conté en la contestación a tu mensaje. Pero, si me lo permites -y seguro que lo haces- déjame que, con este pequeño post, trate, en lo posible, de recibir tu perdón por ese olvido no buscado. Muchas gracias y mis mejores deseos para ti y para toda tu familia.
Ángel

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2 Respuestas a “UN OLVIDO, SIN QUERER…

  1. La verdad es que es una gozada leerte. Siempre aprendo haciéndolo y a pesar de mi edad, me gusta seguir aprendiendo, sobre todo de las personas como tú, que siempre tienen tantas vivencias que contar, y que con tu forma de escribir tienen la fuerza de transportarme a los lugares o hacerme recordar y revivir las mías propias.
    Creo que tu amiga Lola, estará encantada con este post y sabrá interpretar tu ausencia como bien le has explicado en el mismo, y que por las circunstancias ajenas a todo y durante unos largos días, también yo he echado de menos… Pero no por ello, dejaré de “sentirte” como mi amigo que ha deseado “desconectar” de este medio para tomarse unas vacaciones… y aquí estamos, caminando por la vida, de nuevo
    Un beso

  2. Gracias, muchas gracias, Ángel.No tengo palabras, para decirte lo qué he sentido al léer tu post.Desde el primer momento, qué leí en tu muro y aprendí a entenderte, supe qué eres una gran persona, por eso te aprecio muchísimo, digamos, qué te quiero como a un hermano.Contigo aprendo de nuevo, todo aquello, qué en los 45 años qué vivo en Alemania, olvidé de mi idioma materno. Tus ocurrencias en esos diálogos entre don Matias y don Dimas, empaquetadas de forma sutil y humorística, pero siempre, contando la verdad, me hacen reir , algo qué en este mundo, no tiene precio.Es un honor, poder ser tu amiga.