EL BURGO DE OSMA Y SU ZONA MONUMENTAL

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Mi amigo Aldea, entre que es muy del Burgo de Osma y que, además, está obnubilado por su condición de villa catedralicia, dice como Renán, aquel filósofo francés, que quien no se entusiasma ante una catedral es que carece de fantasía. Pudiera ser; ¿quién soy yo para llevar la contraria a Renán y al capitán Aldea? A lo mejor es que no las veo con indiferencia, sino que lo hago sin entusiasmo. A lo mejor es que me pasa con las catedrales como con la política y las garrapatas que viven de ella, que no me las acabo de creer del todo.
Lo mismo que con las catedrales me pasa con los palacios y los castillos, que me parecen un trampantojo para capturar voluntades de vagabundos ilusos que pasean su solaz, las manos tras la espalda y la boca abierta, como un tragabolos de sandalias y calcetines negros; de pantalón pirata y gorra de baseball. A mí me gustan más las pequeñas iglesias románicas. Esas iglesias chaparras, más anchas que altas; hechas para el misticismo, para el rezo y el ascetismo. Me gustan las pequeñas iglesias porque son la esencia misma de Castilla. Y me gustan sí, como me gustan las casas en las que viven los hombres y sus familias y la arquitectura característica de cada país, de cada región o de cada pueblo.

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Hoy he vuelto al Burgo de Osma y, frente a la catedral, me han vuelto los dengues a la hora de entrar. ¿Para qué tengo yo que entrar en este mausoleo titánico y gigantesco de patricios electos de Roma? Vengo de la pequeña aldea de Rejas, donde he echado más de una hora en ver, piedra a piedra, san Martín y san Ginés, ambas dos del siglo XII; ambas dos porticadas y preciosas ambas dos. Dos iglesias de mampostería –salvo en la galería y en los esquinales- absolutamente proporcionadas en su diminuta pequeñez. Nada que altere y empequeñezca el pueblo, al medio, a la Naturaleza. Nada que ver con el monstruoso edificio de la catedral burgense que a todo y a todos empequeñece.

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El pueblo de Rejas conserva sus viejas casas de construcción típica de la Ribera, con sus adobes y su angosta estrechez para evitar el frío. Conservan, sobre sus tejas árabes, las típicas chimeneas cónicas de tipo pinariego encestadas y coronadas por su contera y su chipitel que facilitaba la iluminación cenital en la cocina, donde se hacía toda la vida. Conserva también la loca anarquía de una traza irregular y sin ningún tipo de fundamento en su caserío.

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Me gusta el Burgo de Osma, es cierto. Pero me gusta la calle Mayor, pueblerina y casi en blanco y negro; un pueblo donde, cuando menos lo esperas, te puede salir un cura viejo, un cura de teja y sotana desgastada y verdecida hasta los tobillos. Me gustan sus calles estrechas y defendidas del sol y del hielo por las porticadas casas de fachadas entramadas. No me gusta el palacio Episcopal, ni me gustan las murallas, ni nada que supere la medida del ser humano. Me gusta su plaza Mayor, su recoleta plaza mayor, como la de cada capital provinciana. Me gustan los edificios que, a babor y estribor, flanquean el ayuntamiento. Es una plaza para ser vivida, disfrutada. Una plaza accesible a la que los burgenses –por aquellos arcanos ineluctables de siglos y siglos- no acceden ocupando los veladores de bares y cafeterías, sino que se conforman con sentarse en los bancos públicos bajo los plátanos de sombra. Me gusta ver, también, en su calle Mayor a los dos o tres viejos agricultores que, cada día, instalan su tenderete para vender cuatro míseros puerros, un par de pimientos tempranos o unas alubias blancas del año anterior. Unas alubias cuyo pellejo es fomento de tronadas tormentas nocturnas. Me gusta el Burgo de Osma que no le gusta a nadie. ¡Qué se le va a hacer, amigo Aldea!

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