¡VIVA EL MAQUINISMO!

Vosges-panoramica

Esta tarde, mientras dormitaba mi siesta frente al televisor, he visto a una señora que, durante los años 50, mecanografiaba un texto en un papel al que, previamente, había añadido tres hojas de papel de calco. Me han venido recuerdos ya casi borrados de aquellas oficinas que conocimos y en las que trabajábamos en nuestra juventud. Mi hijo tiene treinta y un años y, yo creo que nunca habrá visto un papel de calco; ni tan siquiera –estoy seguro- sabrá para qué servía o cómo se utilizaba. ¿Qué decir del Tipp-Ex o de aquellos lápices de borrador para corregir errores mecanográficos? Las propias máquinas de escribir. El telefax, con el correo electrónico, es ya casi una antigualla. El télex con aquella cinta perforada –tac, tac, tac- que se rompía y había que unir con pegamento o, directamente, repetir con sumo cuidado. Las máquinas fotocopiadoras, las calculadoras, con aquella palanca que –trac- sumaba los datos que se le suministraba a mano. Las cintas perforadas que luego había que llevar a IBM para que las pasaran por las lectoras…
Cientos de miles, incluso millones de personas trabajaban para crear, para utilizar, para reparar esas máquinas. Trabajos que se han perdido con los ordenadores y otros artefactos que no tienen ni mantenimiento. Se estropean y se tiran; resuelto el problema. Tengo una impresora que cuesta menos toda ella que la tinta de su depósito. Una impresora que no merece la pena rellenar y que, cuando se acaba la tinta, se sustituye por otro mamotreto igual. Eso sí, se tira todo ello en un contenedor específico porque, como somos muy ecológicos y recicladores, no tenemos la mala conciencia del gasto excesivo, del derroche, del despilfarro más absoluto ¿Qué pasó con las personas que fabricaban el papel calco, el papel cebolla, aquellas cintas de la máquina de escribir, los mecánicos que venían a la empresa para arreglar ese tilín de la campanilla cuando iba a llegar al final del párrafo.

Plaza-de-los-Vosgos
En la plaza de los Vosgos, en París, las fachadas de las casas están igual que cuando se erigieron, en 1605. En sus jardines centrales, de estilo gótico y que permanecen intactos el tiempo parece haberse detenido. En sus arcadas, en las columnas que las sujetan, en sus fachadas, nunca apareció una pintada, un papel pegado, un manifiesto. ¡Nunca! Los bancos en los que reposan los parisinos o en los que pasan la tarde los vecinos y turistas no han sido sustituidos nunca. Siguen los mismos. En España no; en España hay una suerte de hijoputas que viven, como los trileros que son, de cambiar a una velocidad que no puede descubrirse, los bancos, las farolas, los buzones, y hasta los trenes. ¿Verdad Ramón Ángel? Un tren al que RENFE no le parecía suficiente con el Talgo de patente nacional y por ello te colocan –miles de millones de euros mediante- un AVE que acorta el viaje de 400 kilómetros en diez minutos. ¡Oiga usted, diez minutos! Ahora va usted y divide, en aquella calculadora manual de la que antes hablábamos, lo que ha costado y el tiempo acortado y verá cómo se paga el minuto de tren en España.
Esos puestos de trabajo a los que antes aludía, se me dirá, se han reconvertido y, ahora, esas personas fabrican ordenadores y robots. ¡Y una mierda! Los ordenadores los hacen los robots, y a los robots los hacen otros robots. Hasta a los chinos que pueblan Usera y presiden el Atlético de Madrid los hace un robot. El robot que hace chinos en Madrid se beneficia a una robota oriunda de Chongqing, que se parece a la novia de Mazinger Z y, tras un embarazo de diez minutos, pare una miríada de chinos todos igualitos y sin hambre ni necesidades. Sin seguridad social y sin derechos civiles. Sin enfermedades y sin vacaciones de verano. Un ejército de chinos empadronados ya y todo y que compran nuestras tiendas, con nosotros dentro, y que se convierten así en nuestros nuevos empleadores.
Los españoles de pasado mañana no sabrán qué era un tampón y un fechador, ¡qué coño van a saber!, pero tampoco lo necesitarán para nada. Al español de pasado mañana sólo le importará si su teléfono móvil coge cobertura y puede ir en el metro, el cuello gacho sobre la pantallita, jugando al candy crush. Y nacerán las siguientes generaciones con joroba, como los bueyes brahmán por ir mirando la pantalla con la cabeza gacha, y tendrán dos dedos prensiles –los dos dedos gordos- con los que marcar las teclas del teléfono y el resto los perderán. Tendrán, también, una sordera congénita, porque nacerán con un sonotone de serie dentro de cada una de las orejas para ahorrar a la casa Fujitsu el pack de regalo del teléfono. ¡Qué gusto!
En fin, que he escrito este post en el blog y le he pedido a Mutriku que me traiga la máquina de escribir. Ahora viene mi hijo y voy a enseñarle cómo se escribía un informe en la oficina cuando yo tenía su edad. Y lo voy a hacer sin cobrarle la entrada que le cobrarían en el Museo Smitsonian de New York. ¡Viva el maquinismol!

brahman

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Una respuesta a “¡VIVA EL MAQUINISMO!

  1. Como me gusta leerte, es que me llevas al pasado de mi historia de tu mano, con una elegancia en la forma de describirlo, envidiable… Todo eso que cuentas, lo he vivido, he trabajado con papel carbón, haciendo 3 o 4 copias en una máquina de escribir a pedales, he mandado por telex escritos, he utizado el tampon de sellos para las firmas y utilizado portafolios para la cantidad de cartas que el Dire tenia que firmar, previamente dictadas y cogidas a taquigrafía para después pasarlas a limpio… viviencias de un pasado, que para algunas cosas, a mi me parece mucho mejor que este…
    Gracias por tanto