EL CLEOFÁS Y LA CASTORA…. HISTORIA DE UN DIVORCIO

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El joven Cleofás Mucientes Canseco es entomólogo y trabaja con moscas, moscardones, avispas, abejas, abejorros y todo tipo de bichos; la joven Castora Fresnedillas Argila es halterofílica y, pese a lo que pudiera parecer por su hobby, no padece de ninguna enfermedad en la sangre.
Los domingos, antes del vermouth el joven Cleofás y la señorita Castora coinciden en el casino. El joven Cleofás está acompañado de un hombre pequeño y enclenque que tiene el pelo del color de la zanahoria y que se llama Gil.
Hola, se presenta a la señorita Castora. Soy Gil ¿y tú?
Yo no. Yo soy normal, dice la señorita Castora mirándole de arriba a abajo.
Esto… yo… insiste el pelirrojo, quería decir que soy Gil de nombre.
¿Además, no?, insiste la Castora.
Es un amigo mío, dice el joven Cleofás saliendo al quite en favor del Gil. Esta joven es la señorita Castora Fresnedillas Argila, halterofílica, y campeona provincial de pulso. Aquí, donde usted la ve lleva al pulso a toda la provincia.
¿Quiere usted que echemos uno?, le pregunta la señorita Castora, por cumplir.
¿Un pulso?, pregunta el Gil
¡Hombre!, no va a ser un polvo.
¡Huy, por Dios!, que boca, dijo el Gil saliendo a escape y abandonando al joven Cleofás a la suerte esquiva y confundidora de su deslenguada novia.
La señorita Castora Fresnedillas Argila disfruta bailando el tango con el Cleofás pero, cuando tienen que hacer el corte o la quebrada, es la Castora la que le lleva y arrastra.
No está bien, Castorcita, que me dobles de esa manera.
Tú a callar.
Sí, amor.
Oye, Cleofás.
Dime, palomita.
¿Tú crees que los lecheros, después de ordeñar cientos de vacas, tocarán las tetas a sus señoras?
¡Hija!, qué manera de señalar.
¿Qué pasa?
Pues que no me parece bien. Además, ¿por qué quieres saber eso?
Porque si lo hacen sería como llevarse el trabajo a casa ¿No te parece?
Pues sí, sobre poco más o menos.
El Cleofás y la señorita Castora bailan tangos y pasodobles, de costadillo, que es más difícil. El Cleofás y la señorita Castora no bailan boleros y sambas, ni tampoco merengues y cumbias. Estos bailes son para los que van a escuelas municipales a aprender, a costa del contribuyente. Los danzantes de escuela no hablan mientras bailan…
¿Y usted, señorita, estudia o trabaja?
Uno, dos, tres, un, dos, tres, giro. Un, dos, tres…
Los bailarines de escuela municipal, mientras cuentan los pasos, ponen cara de estar haciéndose un selfie. Las señoras ponen morritos y los hombres, a la que giran, entornan los ojos como si fueran el Fred Astaire, pero con boina y botines color caramelo con cremallera en el tobillo.
¿Y a ti, Cleofás, te gusta la luz genital?
Cenital, Castorcita. Se dice cenital.
Mira que te gusta corregirme. Cualquier día te quiebro la muñeca en el pulso y te manco el brazo de por vida.
¡Por Dios, Castorcita, repórtate!, cualquiera que te oiga va a pensar que dices esas cosas en serio.
Una tarde la Castora se acercó a casa del Cleofás y se encontró el salón lleno de moscas, moscardones y otros bichos zumbadores. Sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo cogió el flit del DDT y se cargó la colección completa.
¿Qué has hecho, Castorcita?
¡Sucio, que eres un marrano! Conmigo no cuentes para meterme en mi casa esos bichos asquerosos.
Pero si es mi colección, pichoncito.
Ni colección ni leches. Haces colección de sellos, como todo el mundo. O de vitolas de los puros, que luego valen para pegar en los ceniceros.
Una tarde, sin previo aviso, la Castora cogió sus bártulos, los metió en un petate de la mili y, con él al hombro, se montó en La Rápida y se marchó del pueblo. La gente, como no sabía que se había ido, creyó que, finalmente, el Cleofás le había sentado las costuras.
Estos poca cosa, son muy suyos; no crea usted, don Matías. Estos que parecer débiles, cuando se les hincha la vena de la sien, se sacan el cinto y ponen los puntos sobre las ies a la más brava.
Una tarde de verano, hacía ya más de dos meses que no se había visto a la Castora por las calles o en el casino. Una tarde, decía, llegó al pueblo un cinematógrafo veraniego. Los vecinos, y algunos veraneantes salieron con sus bocadillos de tortilla española con pimientos verdes fritos y su silla de enea a ver la película. Antes de la misma pusieron el NO-DO. Tras la inauguración de la consabida presa eléctrica por parte del Caudillo –este Franco, murmuró por lo bajo un vecino algo rojo, es como las ranas; va de charco en charco- y del manido reportaje de la victoria del Real Madrid sobre el Racing de Santander, goles de Amancio (2) y uno de Veloso, apareció un reportaje sobre el entrenamiento de Urtain. Y allí, peleando guante contra guante, como sparring, el Cleofás reconoció a la Castora. Al principio nadie se dio cuenta pero, en un descuido, le arreó tal bofetón al Urtain que dio con el morrosko en el tapiz. Alarmada, la Castora se quitó el casco de entrenamiento y su rostro ocupó la totalidad de la pantalla como si fuera la Gilda.
El Cleofás tragó saliva y, poco a poco, como aquella luz genital…
Cenital, Castorcita, cenital.
Como aquella luz cenital se fue haciendo pequeño hasta casi desaparecer.
De buena se libró el Cleofas, ¿verdad, don Matías?
Ya lo creo, don Dimas. Ya lo creo.

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