VIDA Y OBRA DE DON PERSEVERANTE IJICOS BONACHERO, ALIAS PALOMETA.

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Don Perseverante Ijicos Bonachero, natural de La Ginebrosa, en el partido judicial de Alcañiz, provincia de Teruel, junto a la melocotonera, milagrera y ruidosa Calanda, patria de cineastas y académicos jurisprudentes, pasaba los días estudiando y escribiendo un Tratado, que como bien se sabe constituye un género literario perteneciente a la didáctica y que consiste en una exposición integral, objetiva y ordenada de conocimientos sobre una cuestión o tema concreto. El don Perseverante, que es un amante del clasicismo, adopta en su Tratado una estructura en progresivas subdivisiones denominadas apartados. El Tratado que estaba escribiendo el don Perseverante Ijicos Bonachero se titulaba “Tratado acerca del Brama brama y otros perciformes de la familia bramidae y sus subgéneros: monografía, opúsculo, diccionario temático y el correspondiente epítome”. El don Perseverante, conociendo como conocía la secular ignorancia del turolense medio, subtitulo el Tratado como “La japuta y sus salsas dentro de la dieta mediterránea” que era, ¡dónde va a parar! mucho más descriptiva y comprensible que el título, que no deja de ser un brindis al sol bruñido y esplendoroso de la Academia.
¡Qué tío el don Perseverante!
Ya lo creo, don Dimas. Se nota que de niño acabó la doctrina.
El don Perseverante, no crean ustedes, se gastó una pasta en el estudio y desarrollo de su Tratado y, para llevarlo a cabo, contó con el apoyo –que agradeció al principio del libro- del Tío Besuguito, el pescatero de Alcañiz, que le surtía de japutas, palometas, castañolas, castañetas, zapateros, alfonsinos, chanchitos, golondrinas, pámpanos, tanquinquis, correplayas, chovas, reyes, virreyes o papardos que de todas estas formas se le llama a la palometa. El don Perseverante pasó treinta años de su vida comiendo y cenando palometas guisadas en miles de formas y con millares de salsas y, todo ello, lo llevó a su Tratado que se convirtió –a la fuerza ahorcan- en el mayor compendio mundial sobre la japuta y su mundo.
¿Oiga, don Dimas, y este don Perseverante no tenía mote en su pueblo?
Pues sí, le decían el Tío Palometa.
¡Qué bárbaro, qué original! ¿Verdad?
Ya lo creo. En los pueblos la gente es así; te sorprende con cosas que nunca esperas.
El Tío Palometa, o sea, el don Perseverante, estaba casado con la señora Malaquías Toribio Negro, quien, de puro mala que era, recibía el nombre de Japuta. El don Perseverante, en su infantil ignorancia, pensaba que la llamaban Japuta por ser la esposa del Tío Palometa. Los hay simples e inocentes…
El Bernardino Flores, alias Tosigo, emponzoñador de voluntades ajenas, siempre fue muy crítico con el don Perseverante y su ciencia palometaril.
Esto del Tío Palometa me parece una ordinariez que debería estar prohibida por la autoridad competente, siempre –naturalmente- que fuera competente esa autoridad; ¡que está por ver! ¿A quién se le importa una higa lo que comen o cenan los demás? Esto de hablar de las palometas y los zapateros es como hacerlo de la genealogía de los demás. ¿A quién le importa de donde provienen los marqueses, las damas de alta alcurnia o las japutas del Tío Besuguito?
Pues también es verdad, don Bernardino.
¡No ha de serlo…!
A las personas decentes, como a las palometas y otros perciformes, que son como Dios Nuestro Señor manda, no les gusta que otros anden rascando en el pretérito de sus personas en busca de dengues y manías para sacar a relucir los trapos sucios y llevarlos a un Tratado o a un árbol genealógico. Estas son ciencias chismosas y actividades de viejas sinvergüenzas y desocupadas.
¿Y Santo Tomás de Aquino y sus estagiritas? ¿Y Aristóteles y sus lógicas filosóficas? ¿Y Platón con sus mayeúticos diálogos?
Unos piernas, don Matías. Y unas cotillas. Lo que yo le diga.
La señora Malaquías Toribio Negro, alias Japuta, cuando se ajuma de anís de Rute canta fandangos de Huelva y baila el Garrotín en el patio de la casa. También canta jotas aragonesas de gruesas y salobres letras como aquella que dice: ¡Quien estuviera, moza, como los pies del Señor. El uno encima del otro y un clavito entre los dos! La señora Malaquías Toribio Negro, alias Japuta, cuando se cuece lanza gritos que, si bien no son patrióticos, sí que son confundidores, aturdientes y aturulladores.
¡Viva la japuta con tomate! ¡Viva los hombres en calzoncillos de media pierna y calcetines con liguero! ¡Viva su Santidad el Papa Inocencio VIII!, y ¡Viva la Real Sociedad de San Sebastián! Al llegar a este punto canta, de forma circunspecta y en un muy buen euskera, el himno de la Real Sociedad o txuri urdin que empieza así:

Txuri urdin, txuri urdin maiteaaaaa!

La  señora  del  don  Perseverante Ijicos Bonachero, alias Palometa, cuya gracia –si es que alguna vez tuvo alguna- es Malaquías Toribio Negro, alias Japuta se cansó, una noche, de rebozar tajadas de palometa y de freír tomate con su pizquita de azúcar por aquello de la acidez y le tiró el plato a la cabeza a su santo y cultural esposo quien, ¡vaya por Dios!, no pudo esquivar el envío que su señora, en plan discóbolo, como una nueva y peculiar Mirón de Eleúteras, le tiró, y sufrió un corte a la altura de la sien izquierda que, bien mirado, le hacía hasta guapo. La señora Malaquías, recién macerada en anís de Ojén y de Cazalla de la Sierra y hasta de Rute (nunca de la alcoholera de Chinchón), se marchó de casa y, más por fastidiar, que por otra cosa, se amontonó con el Bernardino Flores, alias Tosigo, emponzoñador de voluntades ajenas y crítico con la monumental obra del don Perseverante.
Eso, decía el Bernardino, le ha pasado, al Tío Palometa, por prestar más atención a las palometas y su línea genealógica que a su mujer. ¿Qué es lo que le reclamaba la pobre, un vasito de anís y un poco de sexo un sábado sí y otro no? Pues el nada… ¡hale, hale, qué ansias!, todo el día comiendo y cenando palometa. Eso para que se vaya enterando de lo que vale un peine…
Oiga, don Dimas, le voy a hacer una pregunta.
Diga, diga, don Matías
¿El tío Palometa nunca sufrió del bicho ese que llaman anisakis?
No, la que sufrió el anisakis fue la Tía Japuta, su esposa que murió, finalmente, de una sobredosis de Ojén y fue incinerada (¡qué llamarada dio al arrimar el mixto!, debía de ser del alcohol que tenía acumulado. Parecía un ninot valenciano por san José) en la plaza del pueblo un 26 de febrero, festividad de la beata Paula Montal, fundadora de las reverendas hijas de María Escolapias y san Agrícola quien, en Bolonia de la Emilia y junto a san Vidal, que era su siervo, sufrieron tormentos y martirios de los impíos hasta fenecer, que diría don Jorge, el de los ríos que van a dar a la mar. San Agrícola, al ver cómo murió su siervo, san Vidal sin rechistar, le imitó en el martirio por aquello de que no iba a ser menos él, siendo el señorito, que el criado.
Hay gentes, verdad, don Matías, que son ejemplo para venideras generaciones.
¡Ya lo creo, don Dimas! ¡Ya lo creo…!

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