HISTORIAS DE MÚSICOS Y MINEROS

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Por el otoño, cuando las cepas pintas sus hojas de color granate y las que aún quedaban verdes cambian su color por el ocre, se pisan las hojas áureas y secas que crujen bajo el calzado. Alguna que otra hoja -las que aún quedan por los suelos- se las lleva el viento, como las promesas de los cínicos. Entonces y solo entonces, el Teodomiro Leombruno Montanaro, natural de Minas de Horcajo, pedanía perteneciente a Almodovar del Campo, muy próxima a Puertollano en Ciudad Real, se ajusta la dentadura postiza y sale a la calle para asustar al corzo; para espantar al alucón que se bebe el aceite bendito de la ermita y para correr los galgos antes de que se enzainen.
Minas de Horcajo es un villorrio fronterizo con Córdoba, la califal. En Minas de Horcajo bailan a san Juan Bautista, por junio y, en invierno se calientan con las leñas de los rebollos, los quejigos y los castaños que dan sombra a la Sierra Madrona. El Teodomiro Leombruno Montanaro trabajó en la Sociedad Minero-Metalúrgica Peñarroya antes de perderse para el mundo del trabajo.
¿Y no sería una lechuza, don Dimas?
¿El qué?
Lo que perseguía el Teodomiro.
Pues no señor. El objetivo del Teodomiro era algo mayor; de color pardo rojizo y con manchas blancas.
¿Tenía las remeras y las timoneras rayadas de gris y rojo?
Efectivamente.
Entonces, sí; don Dimas. Entonces era un autillo.
Lo que yo le dije, don Matías: el alucón
El Teodomiro Leombruno Montanaro ya lleva gastadas tres dentaduras postizas y, cuando tiene que comer algo duro: garbanzos torraos, cortezas de torrezno, almendras… se quita la dentadura para no romperla. El Teodomiro Leombruno Montanaro, al que dicen Mandíbulas, corta la carne, como los tiburones ancianos, con las encías y, si algo se le resiste, hace como los cocodrilos, se lo mete en la boca con agua y le da vueltas hasta que lo ablanda.
¡Qué tío!
El Teodomiro Leombruno Montanaro fue campeón de La Mancha jugando al chito. El chito, como bien se sabe, es juego que precisa de mano firme, pulso tenso y respiración dominada.
Y buena vista, claro…
Hombre, claro. No querrá usted que le arree con el tejo al respetable ¿Verdad?
Claro que no. Digo que, esto del chito, don Dimas, será como la petanca pero en vernáculo ¿no?
Pues no. No tiene nada que ver. El chito es un juego de apuesta que consiste en arrojar tejos contra un cilindro de madera, o de hierro, que en unos sitios dicen tango, en otros tantos tanga o tanguilla y en los más de los sitios le dicen tángana, que no tangana, como dicen los locutores del football. Sobre el cilindro se colocan las monedas apostadas y se lleva la panoja quien lo derriba. Hay un premio de consolación para quien se arrima a las monedas más alejadas.
El Teodomiro Leombruno Montanaro se casó, hace ya muchos años, casi tantos como hace que se le escapó la Epaminondas Zarco, la del Tío Gasoil. La Epaminondas, la pobre, nunca tuvo muy claro quién era su marido por lo que compartía la cama con todos.
¡Animalico!
El Teodomiro Leombruno Montanaro gasta úlcera de estómago y, cuando llega el otoño o la primavera se retuerce de dolor. La úlcera del Teodomiro tiene el tamaño de una moneda de 200 pesetas de esas de plata que sacó el Banco de España.
Déjela usted que roa, le dice el Domiciano, el del Canal.
A usted tenía que roerle, pero la calavera, ¡tío cabestro! El Teodomiro Leombruno Montanaro, al tiempo de llamarle cabestro se agachó y le tiró un canto de lo menos dos kilos de peso que le dio en lo alto de espina dorsal; donde se separan las paletillas. A poco lo desgracia para siempre.
Animal, le grita al Teodomiro pero, cuando ve que este vuelve a agacharse echa a correr como alma que lleva el diablo.
¿Usted cree que se acojonó?
Para mí que sí, don Dimas. Para mí que se acojonó.
El Tío Gasoil, el suegro frustrado del don Teodomiro Leombruno Montanaro no tenía gasolineras, ni era taxista ni nada por el estilo. Al Tío Gasoil le decían así porque andaba mucho y gastaba poco.
¿Usted nunca paga una ronda, Tío Gasoil?
Pues no señor. Es que yo no tengo costumbre ¿sabe usted?
Ya se nota, ya.
¿Y por qué no lo intenta una vez, para ver qué se siente?
Quite, quite… Esto de los bares deja mucho vicio. Igual voy y pago y me da por gastar lo que no tengo invitando al personal.
Eso sí. Ahí tiene usted razón.
El Acacio, el del Relojero, es medio tonto. Aquí no se exagera nada, aunque bien podría haberse escrito que es tonto del todo. El Acacio toca la armónica de forma desaforada. Mueve la cabeza sin soltar el instrumento de los belfos y hace hueco con la mano para hacer sonidos y redobles al instrumento. El Acacio, el del Relojero, mientras toca lleva el ritmo con el pie. El Acacio, el del Relojero toca todo tipo de música menos pasodobles.
¿No te sabes Francisco Alegre y Olé, Acacio?
Sí que me lo sé
Pues tócala hombre.
No me sale de los cojones.
El Acacio, quien sobre ser tonto no se la sacude contra la taza del güater, no toca pasodobles para no tener que estar, noche sí y noche también, soplando la armónica en el baile del casino a prestación personal. El Acacio, cuando le escucha alguien toca músicas de mucha enjundia y dificultad y nunca, pero nunca, nunca, música popular. El Acacio, el del Relojero, toca con fruición la ópera El holandés errante. Pero no una versión corta o un potpurrí, no; la versión original de 1843 sin intermedios ni nada.
¡Vaya fuelle!
Ya lo creo.
Dicen los que saben que, en 1939 Wagner iba de gira en un velero desde Königsberg a Londres cuando fue sorprendido por una violenta tempestad. El Richard, que tenía un oído de tísico, sacó mismamente como los truenos, los rugidos de la mar y los relámpagos, que en la France dicen eclaire y lo llevó a la partitura. Pues bien, el Acacio, el del Relojero, lo calca con la armónica. Es ponerse a chiflar el Acacio y al público, en el pueblo, nos acojona la tremenda impresión del espectro del marino condenado en plena tormenta. ¡Vamos que si acojona!
¿Me dejas intentarlo a mí?, le dice el Teodomiro Leombruno Montanaro.
No que me babeas la armónica.
Si me la dejas te doy un puñao de bellotas que he cogido en el encinar.
Vale, pero no la babees.
El Teodomiro Leombruno Montanaro hace chocar la armónica contra el pantalón de pana para soltar las babas. Al Teodomiro Leombruno Montanaro, Dios Nuestro Señor, no le llamó por el camino de la música.
Cagüen sos… Esto no suena.
Es que no sabes, le dice el Acacio.
Es que le has quitao las pilas, ¡cabrón! Y le tira la armónica a la acequia.
El Acacio, que ya se dijo, es un si es que no es, algo tonto, se echa la azada a la espalda y le arrea un azadonazo en toda la cabeza.
Díos… Si no llega a ser por la mierda que tenía la boina que la convertía, prácticamente, en una boina antibalas, lo mata allí mismo.

(Continuará…)

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