EL PAPIRO DEL TEÓFILO, EL COSMONAUTA

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El Teófilo Ortiz Santos, alias Cosmonauta trabajó, hasta los treinta y seis años, en la construcción como albañil. Una vez que cumplió esta edad se retiró del oficio y se dedicó a defender su persona del ataque de naves espaciales que, tripuladas por el hombre, cruzan en espacio infinito.
¡Joder que frase!
Gracias, don Dimas. Favor que usted me hace.
El Teófilo, el Cosmonauta, siempre temió que un mal día, sin comerlo ni beberlo, le cayera encima el Soyuz soviético o un Discovery norteamericano y, por eso, siempre caminaba bajo los aleros de los tejados; nunca por el exterior y, menos aún, por medio de la calle.
Quite, quite… Igual va un día usted a cruzar el semáforo y se le viene encima una nave espacial que le deja despanzurrado igual que un gato en una autopista.
El Teófilo Ortiz Santos, alias Cosmonauta, también recibió, en su momento, el mote de Espíritu Santo. Al Teófilo Ortiz Santos le decían Espíritu Santo porque se alimentaba, exclusivamente, de pichones y palomas que cazaba con la boina en el sobrado de su casa.
Su hermana, la Aniceta, siempre se lo decía: un día te van a salir alas y te van a confundir con el Espíritu Santo. La gente, que suele estar siempre al quite y con la oreja puesta, se quedó con el remoquete y el Custodio, el conserje del casino, que era un cotillo, se lo contó a todos los clientes.
¿Y nunca le llamaron Astronauta?
No, porque el Teófilo Ortiz Santos siempre fue muy prosoviético.
¿No me diga?
Como lo oye. Cuando dejó las palomas y los pichones solo comía ensaladilla rusa, filetes rusos y polvorones de La Estepa.
¡Pero si Estepa está en Sevilla, no en Rusia!.
¡Anda, pues es verdad!, pero usted chitón, que no se entere. No sea que se lleve una desilusión y no vuelva a probarlos. Además, que para eso lo compra en mi tienda, no vaya usted a joderme un cliente.
Quite, quite… Ni se me ocurre.
Una tarde, estando derribando un tapial del corral donde vivían la señora Dámasa, la del tío Vencejo, con su esposo el Cirilo, el Arriero y se encontraron, dentro de uno de los ladrillos, un papiro que, en principio, todo el mundo pensó que era egipcio.
¿Egipcio?
¿Qué pasa? ¿Es que no son egipcios los papiros? Pues para que lo sepa el papiro (del latín papyrus, y este del griego πάπυρος) es el nombre que recibe el soporte de escritura elaborado a partir de una planta acuática, muy común en el río Nilo, en Egipto. ¿Qué, era o no era egipcio el papiro?
Bueno, bueno… Cualquiera le lleva la contraria. Siga usted, por favor.
Pues como le decía, la gente pensaba que era un papiro egipcio y llamaron a los responsables de Patrimonio de la Junta de Castilla y León. Los funcionarios vinieron con unos medios técnicos que dejó a todo el mundo boquiabierto. Trajeron una furgoneta de esas del frío, como la de los yogures, para depositar el papiro y que no se estropeara. Todos llevaban guantes y mascarillas para evitar la contaminación del documento. No sé… pensarían que en la tapia donde estaba era zona libre de bacilos, microbios, gérmenes y otras miasmas. Pero el caso es que, al sacarlo, todos nos echamos para atrás, con cierto temor. Era un pequeño trozo de papel enrollado y liado con un trozo de guita, ya sabe… un cordelejo cualquiera, como de esparto.
Esto va a ser algún subproducto del albardín, dijo un técnico.
¿Usted cree, González?, le preguntó el responsable del equipo.
Yo creo que sí, don Lucas. Mire usted esta manufactura, por el tipo de hebra casi seguro se podría decir que proviene de una hierba palustre del valle del Tigris o el Eúfrates. Casi podría asegurarle que proviene de la tumba de Hemaka; chaty que fue, aunque también le decían primer magistrado, del faraón Den.
No me joda, González. ¡Que venga el experto en lectura jeroglífica! A ver, comandante de puesto, gritó el don Lucas a los números de la guardia civil que estaban conteniendo a los curiosos.
A sus órdenes, dijo un cabo joven, que llevaba, bajo la camisa verde del benemérito instituto, una camiseta de la Joven Guardia Roja con una hoz, un martillo y una caricatura del Che Guevara.
El responsable del patrimonio se lo quedó mirando de arriba abajo mientras musitaba:
¡Si levanta la cabeza el Duque de Ahumada vuelve a morirse de golpe! Márqueme usted un perímetro de doscientos pies alrededor del tapial e impida que se acerquen los curiosos, ordenó el don Lucas, al que se le notaban maneras para esto del ordeno y mando.
Yo, verá usted… Si no me lo ordenan desde la capital no puedo llevar a cabo una acción de esta responsabilidad.
A ver, el alcalde… Que pase por aquí.
Dígame. Yo soy el alcalde.
Aquí tiene usted mis credenciales. Estoy facultado por la Diputación Provincial, por mandato de la Junta de Castilla y León, para llevar a cabo un estudio del terreno y extraer, de esa tapia, el papiro del faraón. Esto es lo más importante que ha ocurrido en nuestra comunidad desde lo de la Beltraneja. Le exijo colaboración municipal y que usted, a su vez, haga lo mismo con la fuerza pública, que para eso es usted alcalde presidente y responsable de la custodia y policía del pueblo.
Sí señor, dijo el alcalde, encogiéndosele el ombligo por el acojone.
A ver, cabo, haga usted lo que ordena este señor mientras llamo a su comandante, al presidente de la diputación y a la Junta.
A sus órdenes, señor alcalde.
Con un pequeño robot que bajaron de un remolque del camión frigorífico, procedieron a la extracción del papiro que estaba dentro del ladrillo. El don Lucas, ayudado por otros técnicos disfrazados de astronautas y, mediante unas pinzas, extrajeron y desenrollaron el papel.
¿Qué es esto?, preguntó el don Lucas a González. ¿Qué cojones pone ahí?
Yo… verá…
Dígalo, coño. Diga de una puta vez qué es lo que pone
Pues dice: “por mis cojones que no vuelvo a trabajar más el día de Nochebuena y firma Teófilo Ortiz Santos”.
La carcajada aún resuena por el pueblo. La gente, que es mala por naturaleza y goza y disfruta con el ridículo ajeno, se partía las tripas mirando la cara que tenía el don Lucas y el señor González. El resto de funcionarios, bien es cierto que con mucho disimulo, también se reían lo suyo.
¿Quién es este Teófilo Ortiz Santos?, le preguntó el don Lucas al alcalde.
El Cosmonauta. Es un albañil que ahora no ejerce.
¿Un astronauta?, dijo el don Lucas. A ver si ahora resulta que es un extraterrestre que ha transportado el papiro desde el pasado al futuro.
No creo, dijo el alcalde, yo…
¿Usted qué? Usted a callar. ¡Hombre!. Aquí hasta los gatos quieren zapatos. Lo que me faltaba por escuchar ya, hasta la opinión del alcalde.
Que venga inmediatamente el tal Ortiz Santos.
El alcalde hizo llamar al Espíritu Santo, o sea al Cosmonauta que estaba en el casino. Fue a buscarle el Benito, el de la Tía Biroja, la de Manolo el Patas, que hacía los recados al alcalde, echaba el pregón y capaba los cerdos en su momento.
Cuando el Teófilo Ortiz Santos se presentó y vio aquel camión y a los funcionarios con aquel traje de Encuentros en la tercera fase se temió lo peor.
¡Ya está, ya lo dije…! ¿A que ha caído la nave encima de alguno?
No, hombre. Estate tranquilo… Estos señores, que dicen que han encontrado no sé qué mensaje dentro de un ladrillo y dicen que viene tu nombre escrito en él.
¿Un mensaje mío en una nave espacial que ha caído desde el espacio infinito?
Calle, calle… ¿O es que está bebido?, le dijo el don Lucas
Pues sí señor; como todos los días. Pero yo no conduzco ¿eh? A mí no me puede usted quitar los puntos.
Calle, insensato. ¿Qué es esto que pone aquí?
Pues ya lo ve usted, dijo el Teodoro. Que ya no voy a trabajar más en día de Nochebuena. Pero lo diga usted, el alcalde o el sursum corda.
Y cómo se le ocurrió poner esto aquí.
Pues el día que estaba levantando esta tapia. Resulta que era día de Nochebuena, ¿sabe usted? Y yo tenía que ir a casa para asar el pavo que me lo había pedido la Diega, mi señora. Entonces, como el que no quiere la cosa, me di tal martillazo en el dedo gordo que a poco no se me cae la uña. Cogí tal mala leche que, para que no hubiera dudas, puse en un papel, escrito a lápiz, lo de la Nochebuena. ¡Oiga usted!, ha sido mano de santo. ¡No he vuelto a trabajar más un solo día de Nochebuena!
¡Pero este tío es un demente!, dijo el don Lucas
O sea, dijo el Teófilo, ¿Viene usted al pueblo como si fuera un cazafantasmas, se visten todos de mamarrachos y me dice a mí si soy demente? Usted lo que es, es un cachondo mental. ¡No te jode, aquí el Luke Skaywalker!

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