PENSIÓN LA SANABRESA. HABITACIONES CÓMODAS Y ASEADAS (I)

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La Melchora Mazariego Panero salió de Ribadelago un día antes de aquel fatídico 9 de enero del año 59 del siglo pasado cuando la presa de Vega de Tera se rompió y la aguada se llevó por delante a casi centenar y medio de vecinos. La Melchora Mazariego libró de milagro porque se quedó dos días más, hasta cambiar la Mariquita Pérez que su tío, el Magín Mazariego, sereno en ejercicio y cobrador de la Marconi por el tercio de pluriempleo, había pedido a los reyes para su sobrina y ahijada.
La Melchora, que perdió a toda su familia fue adoptada por el Magín y su mujer, la Mamesa Jaramillo, una alcarriana mala y retorcida como un dolor de muelas, que le hizo la vida imposible mientras el tío Magín apatrullaba el barrio o cobraba efectos impagados. La Melchora, una tarde, se largó con viento fresco y, con lo que recibió como indemnización de la Electra de Moncabril, abrió una fonda en la calle de Moratín, casi esquina a la de Atocha.
La Melchora, que era más limpia que Mr. Propper, se pasaba el día tirada en el suelo fregando con asperón la tarima y puliendo y abrillantando las manivelas de la puerta con Sidol. La Melchora (no sé si se dijo antes) se conoce que debido a la desgracia de la presa y al maltrato de la Mamesa, se hizo pétrea y vigorosa como ella sola.
La Melchora traía a raya a todos sus pupilos. En la fonda de la Melchora, que se llamó mientras estuvo abierta, Pensión La Sanabresa. Habitaciones cómodas y aseadas, había continuamente un puchero al fuego. En casa de la Melchora suciedad no habría, pero hambre, lo que se dice hambre, tampoco. La fonda tenía seis habitaciones. En una de ellas, la principal, tenía su cuarto la Melchora. La habitación de la Melchora daba a la calle de Moratín y, por las mañanas, ni se podía abrir el balcón del ruido y del trasiego de los camiones de reparto. En la habitación de al lado, vivían la señorita Francisca Conejo y su mamá, doña Áurea Martínez, viuda de Conejo, y daba a un patio de luces. Algunos días, del patio de luces, subía un sustancioso y vigorizante aroma a gallinejas y zarajos, a oreja de cerdo a la plancha y a riñones al jeréz. La señorita Francisca era vedette en El Molino Rojo, sito en la calle de Tribulete y se quejaba de que no podía airear sus ropitas para echar de ellas el olor a tabaco del cabaret. En el Molino, la señorita Conejo se anunciaba como Lady Rabbit y bailaba la danza del vientre con muy sensual y placentero desplazamiento del arqueo bruto de sus lorzas y tocinos. A la habitación de la mamá y la artista los demás inquilinos la decían la conejera. ¡Hay que ser malos!
El cuarto pequeño, junto a la cocina lo ocupaba el señorito Alberto, un gallego del concello de Petín de Valdeorras, Orense, Spain y era médico protésico y opositor a la Seguridad Social. El señorito Alberto nunca salía y estaba, por ello, cogiendo olor a la lejía La Tuna que era la que utilizaba la Melchora ya que le parecía una falta de respeto a la mamá y a la artista usar la lejía Conejo. La habitación del señorito Alberto ni tenía ventana, ni se necesitaba. ¿Para qué? si siempre estaba leyendo aquellos mamotretos de aparatos de hierro con botas y correas que se utilizaban para los enfermos de la polio, y otras prótesis menores.
Enfrente del señorito Alberto dormían los hermanos Odón, cerrajeros. Los hermanos Odón, como trabajaban los avisos del sereno salían siempre a deshoras. Tenían en su cuarto una mesita con un tornillo de aprieto, (un gato, vaya), donde apretaban la llave y, con unas limas de distintos tamaños, hacían copias de encargo, aperturas de candados, cajas fuertes y otras pequeñas reparaciones que la Melchora les consentía hacer en la casa. Los hermanos Odón también tenían una pequeña tronera que hacía de ventana interior y daba al pasillo. La ventana, sobre todo los días en que se cocía coliflor y repollo, había que cerrarla para impedir la entrada de los flatulentos aromas.
Al lado de los hermanos Odón vivía don Servando Tomé, sepulturero. El don Servando comía sólo, pues el resto de inquilinos, según pasaba, tocaban madera y hacían cuernos a su paso. Algunos, -¡ya ve usted!-, le acusaban de gafe y hasta de Frankenstein.
La Melchora estaba deseando que dejara de pagar alguna semana o que faltara alguna noche para ponerle la maleta en la puerta.
Estaría bueno. ¡Hombre!. Mire usted, que no dijo, hasta pagar la primera semana, que era enterrador. Si no, ¡vamos!, le iba yo a acoger en mi pensión. Aquí, ¿me oye usted?, somos todos muy limpios y no olemos a cadaverina ni a bofes y otros vacíos. ¿Me entiende? ¡A ver si nos va a pegar lo que no tenemos!
Sí, doña Melchora, decía él. Claro que la entiendo. Lo que no hago es comprenderla a usted. Ya ve.
Pues yo sé lo que me digo.
Una tarde el don Servando se puso reivindicativo con la doña Melchora.
Oiga usted, patrona. Si usted consiente a los hermanos Odón que hagan sus trabajos en casa, ¿por qué no puedo yo traerme, también, trabajo a casa?
¿Será por qué es usted enterrador? ¿Qué quiere usted, tío Landrú? Llenarme la casa de cadáveres y calaveras, como si el salón de la pensión fuera el osario de la Iglesia de Santa María de Wamba.
No se puede discriminar a nadie por motivo laboral, señora. Lo dice la Constitución.
Pues vaya usted a Posada, que para eso se apellida así, y que le aloje a usted en las Cortes, entre los leones; o en el salón de los Pasos Perdidos, si es que le parece poco. ¡No te amuelas, aquí, el funerario!
El don Servando se calló por no tenerla hasta altas horas de la madrugada, pero no era democrático que unos pudieran trabajar en casa y otros no. ¡A saber qué hacen esos dos rasca hierros con la lima! Igual están tramando el robo del Banco de España, o algo por el estilo.
La última habitación de la casa, que también tenía salida a la calle, aunque se asomaba a un esquinazo donde orinaban todos los pobres mendicantes que iban y venían a Jesús de Medinaceli, estaba ocupada por madame Gastona de Foix-Candale Tremoille Saint Omer de Passavant, alias La Madame. Madame Gastona se llamó, de soltera, Tiburcia Salcedilla Juez y era natural de Minglanilla, en la comarca de la Manchuela conquense. La Tiburcia se casó en la France con el Pierre Laverie, un agricultor de Dax, en las Landas. El Pierre Laverie cultivaba espárragos y judías verdes y, en su época, también le daba al pimiento de cuatro morros (verde o morrón) y al tomate. Cuando el Pierre Laverie entregó la cuchara, la Tiburcia le dio sepultura –no cristiana sepultura pues ya se sabe que los franceses son descreídos como micos- y se volvió a España tomando los apellidos de la baronesa de Foix-Candele e impostando el habla de la región. La Tiburcia, ya en Gastona, hablaba con “ege” y decía muchos olalás y güis.
La Gastona, la Madame, había puesto una coiffure pour dames en el pasaje de Doré pero, con el olor de las pescadillas y las sardinas del mercado de Santa Isabel no había manera de fijar la clientela.
Me voy, madame, decían las vecinas. Una viene aquí, para peinarse y quitarse el olor a lombarda y a lentejas quemadas y sale de la peluquería perseguida por todos los gatos de Madrid.
Mademoiselle, rogaba la madama, se il vous plaît, je suis très désolée. Ne vont pas, pour l’amour de Dieu.
Pues anda, ni que fuera la barbería del Fígaro, decían las vecinas, mientras se atusaban sus sucias guedejas. Si vas ande la señá Pepa y te hace la permanente, con sus tornasoleados reflejos de color ciclamen. La señá Pepa te deja los tufos como a la Claudette Colbert, en aquella película, A la sombra de los muelles. ¿La vio usté, señá Trini?
¡Huy! no, hija. Dice mi Quintín que el cine es para la golfas y los pendones desorejaos que están todo el día mano sobre mano. Las mujeres decentes, como dice mi Quintín, con escuchar a Ama Rosa y doña Elena Francis, vamos que chutamos.
Y tanto, señá Trini. Yo tampoco he ido. A una… lo que le han contao en la plaza el otro día. Dijo reculando.
Aquella mañana el don Servando el enterrador pasó con su vasito de aluminio con el peine de carey, su cepillito de los dientes y el de las uñas. También llevaba una pastillita, muy gastada ya, de jabón Heno de Pravia y un bote de polvos higiénicos de talco Calber, para los sobacos. El don Servando tendría un oficio poco recomendable y que propendía a la tufarada a muerto pero había que reconocer que era higiénico y pulcro como ninguno.
¿Qué, enterrador, a quitarse el tufo de encima?, le dijo Lady Rabbit.
Sí, Salomé, dijo con cierto cachondeo, mientras contoneaba las caderas como hiciera la Rita Hayworth en la película homónima. Si quiere usted le puedo pasar el jabón para que se quite usted el olor a conejera.
¡Huy lo que le ha dicho a la nena ese degenerao!, dijo la mamá de Lady Rabbit, antes de caer al suelo desmayada.
Dadle a oler amoníaco, dijo el señorito Alberto, que como era médico, aunque aún no ejercía, sabía de lo que hablaba. La mamá de Lady Rabbit volvió en sí y se tomó una caña de vino de Valdepeñas para recobrar la color. A la mamá de Lady Rabbit tuvieron que acostarla en la cama con una moña considerable pero, eso sí, completamente recuperada del vahído.
Bueno, dijo la Melchora disolviendo a los pupilos. Vamos señores, vamos… Ahora de lo que se trata es de comer que la Petrita nos ha preparado un cocido como Dios manda.
Ya se puede, dijo uno de los Odón. Con los sacramentos que le ha echado hoy la Petrita ¡menuda sustancia tiene que haber cogido!
Hala pues. Todos a comer. Bueno, usted, don Servando no. Usted comerá luego, una vez que hayamos recogido la mesa.
Muy bien, como usted diga, señora Melchora.
La Petrita trajo servida la sopa en una sopera de porcelana de Limoges que le había comprado en el desembalaje de sus archiperres a La Madama. Cuando levantó la tapa una vaharada de nutricia humareda envolvió la mesa.
¿Es de arroz la sopa, doña Melchora?, preguntó el menor de los Odón
Es de fideo cabellini, señor Odón. Ya sabe usted que la sopa de arroz, en esta casa, se sirve siempre de noche. El arroz, de día, no quita el apetito y es mejor tomarlo por las noches.
No importa, dijo la Madama. Il est très bon. ¡Y qué sustanciosa!
Ya podrá, ya… dijo la Petrita, menudos huesarrones eran hoy. Debían de ser de jirafa.
¿Cómo?, preguntó la Melchora.
Que digo, ¿sabe usted? Que le he echado al caldo los huesos que trajo usted. Esos que estaban en la cocina, al lado de la despensa. Menudos huesos trajo, si parecían de jirafa.
¡Pero si yo no he traído huesos para el cocido, loca!
Huy que no… Entonces ¿cómo estaban ahí?
A ver, boba. Trae el segundo vuelco y veremos qué huesos son esos.
La Petrita entró con la legumbrera donde reposaban los garbanzos, con su patatita, su tuétano y su zanahoria y una fuente con la berza rehogada. Lo dejó sobre la mesa y volvió a entrar con una fuente donde reposaban dos huesos largos mondos y mondos. Dos huesos exagerados hasta para un buey.
Pero eso, dijo el señorito Alberto, no son huesos de ningún animal. Esos huesos, Petrita, son dos tibias y una rodilla de ser humano. ¿De dónde cogiste esos huesos, burra?
¡Será cabrón!, bramó la Melchora. Eso lo ha dejado ahí el enterrador, el muy cerdo, para que nos lo comamos. Como no le dejamos traerse el trabajo a casa lo habrá ido trayendo en secreto y nos hemos comido la sopa hecha con las tabas de un difunto.
Fue decir eso y empezar, todos a una, a vomitar como los Borrachos de Velázquez.
La Melchora, que fue la primera que se recuperó, llamó a los guardias que se presentaron con un forense que tras echas a las tabas unos polvitos de carbono-14 certificó lo que había dicho el protésico. Los huesos eran de un varón, caucasiano, de 1,75 metros de altura y que, por el tipo de heridas que presentaba en la cara posterior de la rodilla, se llamaba Mohamed, de padres desconocidos y que tenía una tercera esposa llamada Jofaifa. Era morena y le gustaba escuchar las canciones de Emilio el Moro. ¡Qué tío el forense!, dijo el señorito Alberto.
Lady Rabbit y su mamá volvieron a vomitar.
¡Encima eran los huesos de un moro!, dijo la mamá Rabbit con evidente asco.
La Gastona de Foix-Candale Tremoille Saint Omer de Passavant, alias La Madame, enarcó una ceja como sólo saben hacer quienes piensan que están por encima de los demás humanos. Fue un gesto de asco y de sorpresa que, a la mamá de Lady Rabbit, le removió las tripas.
Y usted ¿qué? tía franchuta. Se cree usted mejor que el resto del mundo. Cualquiera diría… La peluquera esta de la mierda.
Ogdinaguia, contestó la francesa con desdén.
Vamos, señoras, tranquilidad. Mandó el sargento. Así que, ustedes dicen que estos huesos son fruto de un hurto de uno de los inquilinos que se trae el trabajo a casa ¿verdad?
Sí señor, dijo la Melchora que ya estaba sacando a patadas la maleta del enterrador hasta la escalera.
¿Ustedes son testigos de que el enterrador pidió permiso a la señora Melchora para traerse el trabajo a casa?, preguntó al pupilaje.
Sí señor, contestaron todos.
Sí, mi sargento. Corrigió el policía.
Usted perdone, mi sargento. Dijeron los cerrajeros.
La policía se llevó, esposado, al don Servando Tomé. Los cargos, se los leyó el sargento de la policía que, al parecer, debía estar opositando a letrado policial. Se le acusa de incumplimiento del Código Penal, artículo 526 que indica que comete un delito de esta naturaleza «el que, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, violare los sepulcros o sepulturas, profanare un cadáver o sus cenizas o, con ánimo de ultraje, destruyere, alterare o dañare las urnas funerarias, panteones, lápidas o nichos, será castigado con la pena de prisión de tres a cinco meses o multa de seis a diez meses».
¿Y no le pilla algún agravante por echarlo al cocido y hacérnoslo comer?
Pues no, señora. De eso no dice nada el Código Penal. Para eso deberían poner una denuncia; para que estos hechos figuren, en un futuro, en el Código Penal y estos cocineros de pacotilla no puedan envenenar más a las personas decentes.
Si usted lo dice…
Trascurrido un mes desde el arresto ya nadie se acuerda del don Servando, el enterrador. Nadie murió ya que, aquello que no mata engorda y, algunas, como a Lady Rabbit, las engorda hasta un vaso de agua que beba, mire usted…
Pasado ese mes, decía, la Petrita llegó hasta el cuarto de la doña Melchora. La Petrita estaba llorando como una Magdalena.
¿Pero qué te pasa a ti? Ya te preñó el recadero de los ultramarinos ¿verdad? ¡La muy golfa…!
Que no, doña Melchora. Que no es eso. ¡Ay, que horror..!
Pero muchacha, se puede saber qué ocurre. Habla de una vez, puñetera.
Verá usted, doña Melchora. ¿Se acuerda usted del don Servando, el enterrador?
¡No me voy a acordar!
Pues no era él…
No era él ¿el qué?
El que trajo los huesos.
¿Pero qué dices…?
Que no doña Melchora. Que los huesos eran del señorito Alberto. Que tiene medio esqueleto colgado dentro del armario. Me ha dado un susto cuando he ido a colgar lo de las polillas y me he encontrado ahí al medio cadáver colgado de una percha, como si fuera un hueso de jamón para el cocido.
No puede ser…
Venga y verá.
Cuando abrieron las puertas del armario allí estaba el esqueleto. Todo menos las dos tibias y la rodilla que echaron al cocido. Junto a la calavera, dos pequeños paquetes del Polil, con su etiqueta con el abrigo verde carcomido bailaban de forma tétrica con el bamboleo de las puertas.
Pero este insensato. ¿Por qué no lo dijo?
Yo, doña Melchora… dijo el señorito Alberto tras de ellas. Yo, doña Melchora es que no dije nada porque, como todos dieron por supuesto que había sido el enterrador, me avergoncé y no supe declarar que eran míos.
Pero usted es un canalla. Ese pobre memo encarcelado y usted por ahí, de pisaverde. Usted es un criminal.

(Continuará…)

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2 Respuestas a “PENSIÓN LA SANABRESA. HABITACIONES CÓMODAS Y ASEADAS (I)

  1. La Aguela

    Ves, al final no se llevó el trabajo a casa. Una pregunta, los de Odon ¿eran de Villaviciosa?, es por si los conocía.
    Y como casi siempre, una de corrección “gastos de Madrid” gatos de Madrid.
    Suyo afectisimo.

  2. Cachis la pús…