EL ÓRGANO DE LA HUMILDAD

Concierto-de-organo

A la Humildad Tejerina Perrote, hermana de la Isidra Tejerina Perrote y, por tanto, cuñada del Liborio Bonillo Gaite, lo que de verdad le gusta es tocar el órgano barroco. A la Humildad, la pone usted, durante el telediario, frente al órgano de casa; con sus tubos, con su teclado y su taburete que se regula girándolo, y es la mujer más feliz del mundo.
Humildad. ¡A cenar! que ya están las concretas.
¡Ay, hija!, que ordinaria eres. Se dice cocretas y no concretas. ¿Cuándo aprenderás?
La Humildad, a pesar de que la Isidra toca retreta con mucha prédica, vehemencia e imperativa decisión, no se baja del taburete hasta que no acaba el concierto entero. La Humildad toca con mucho sentimiento y aplicación toda la música de Antonio de Cabezón, el insigne organista y arpista de Castrillo Matajudíos, Burgos, Spain, que quedó ciego de niño, como un verderol, y que aprendió a tocar el órgano, con perdón, en Palencia.
¿Ha dicho usted onanista?
No señor, he dicho organista.
¡Ah!, ya me parecía.
Pues eso.
¿Usted cree, don Matías, que para ser músico hay que ser ciego?
Pues no es obligatorio, aunque ayuda mucho. Sobre todo si se quiere ejercer de jazzman o de roncanrolero. También, claro, cuenta el ser negro. Si se es negro y ciego, pues ya está todo hecho. Pero este no era el caso porque la Humildad es blanca y bien blanca, y la vista, ¡vamos! como un alcotán.
Siga, por favor.
Con su permiso.
Usted lo tiene.
Pues, le decía, que la Humildad, en su alcoba interior de la calle de los Trigales, en el mismo centro de Palencia, vivía de forma ascética, como buena castellana. En su alcoba no había más enseres que el órgano, el taburete con su bacín encima y la yacija donde reposaba la organista entre concierto y concierto. Además de ello había un aguamanil de porcelana de Talavera cogido con una laña por el borde y un botijo de arcilla blanca. El botijo, aunque no viene a cuento, tiene en su parte posterior una tapita de ganchillo que le hizo, como regalo de cumpleaños, la Isidra y, en la parte anterior, una cuñita de madera con un cordelito para que las cucarachas y las chinches no pudieran meterse dentro. El agua del botijo de la Humildad siempre está caliente; como si fuera un sopicaldo, pero ella sólo bebe mientras sabe a anís. Cuando se le va el sabor al Machaquito sólo emplea el agua para ponerse fomentos en la frente si es que tiene vahídos por el hambre o por la emoción del concierto. El botijo, como supura por el exterior, reposa sobre un plato hondo con restos de sopa de cocido.
¡Qué cosa más sobria y misantrópica!
¿Para qué quiero más?, decía la Humildad, con mucha humildad (esta última minúscula). La música sacra en Castilla debe ser un modelo de circunspección y debe ofrecerse a Dios Nuestro Señor como purga de nuestros múltiples pecados. ¡Queden los lujos para los ateos y los valencianos, a quienes el arte no asiste con su acompañadora presencia más que en forma de banda pasadoblera y cohete fallero!
¡Qué tía, don Dimas! Vaya frase.
Es una adaptación libre de la frase que dijo Fabila, el del oso, mientras era engullido por el plantígrado. La recogió en una obra magnífica el insigne José María de Pereda, autor de Peñas Arriba y La Puchera.
¡Ah!, siendo así ya puede, ya…
La Humildad entorno los ojos y atacó con furia las Meditations sur la Sainté Trinité, de Messiaen.
¿El del Barça?
Calle, hombre. No sea asno.
Usted perdone. Siga, siga…
¿Para tocar esta música, le preguntó el Liborio a su cuñada, hay que cerrar los ojos con tanto sentimiento?
Pues no, Bonillo –la Humildad llamaba siempre al cuñado por el apellido- si entorno los ojos es por el olor que dejan las empanadillas. Se me mete el vinagre del relleno de escabeche hasta el último recoveco del alma.
¿No podrías tocar un vals, Humildad; o una polonesa de esas de Strauss?
Pues sí; o Paquito el Chocolatero. ¡No te jode!, aquí el jotero.
Huy, hija. Mucha música culta; mucha sacralización del ascetismo teresiano y luego hablas como un pellejero, le afeó la Isidra.
La Humildad ignoró a su hermana y siguió pisando fuelles y tocando teclas. Cualquier día, se decía, tengo que empezar a fumar. Una organista, con el cigarrillo en la comisura de los labios, siempre da otro aspecto.
Di que sí, Humildad. Se contestó a sí misma.
Una mañana, como quien no quiere la cosa, sonó el timbre de la puerta con atropellado furor. Alguien, pensó la Humildad, que viene a interrumpir el retablo medieval, las seis sonatas a trío de don Juan Sebastián…
¿Alegre?
Ese no, coño, que ese está operado. Deje ya de molestar.
Perdón. Siga, siga.
¿Será algún representante?, volvió a preguntarse ¿Será quizá la televisión o alguien del Ayuntamiento para pedirme que toque en algún acto público?
Pues no. Era el Sandalio, el vecino de abajo. El Sandalio trabajaba en la Renault a turno de noche y, ¡también son ganas!, le daba por dormir de día. ¡Hay gente p’ató, ya lo dijo el torero. El Sandalio se presentó despeinado, en camiseta de tirantes y con la bragueta del pantalón a medio cerrar. Parecía que estaba recién levantado.
¿Qué se le ofrece?, preguntó la Isidra mientras procuraba taparse con el boatiné la parte alta de su generosa y pecosa pechuga.
Es que servidor, ¿sabe usted?, trabaja de noche…
Pues dice mi Liborio que, pasadas las ocho de la tarde, no hay ningún trabajo honrado.
Pues igual tiene razón, ¿qué quiere usted que le diga? Pero verá usted. Es que servidor, decía, trabaja en el turno de noche y tiene que dormir de día, y claro, como se pasan ustedes todo el día con la pianola, pues resulta que no puedo dormir.
¡Ah!, no se preocupe usted y duerma, que no es una pianola. Que es un órgano.
Pues mire, eso me deja ya mucho más tranquilo.
Claro hombre; claro. Usted baje y descanse. Que si se pasa el día de palique con los vecinos ¿cómo va usted a rendir luego en el trabajo?
Claro, claro. Pero es que…
La Isidra cerró la puerta sin ningún tipo de consideración. ¿Pero qué se habrá pensado este tratante de blancas? Me ha dicho el portero que este mosquita muerta y su mujer; una tiarrona que da hasta miedo de verla cuando te cruzas con ella en el rellano, se dedican a traficar con chicas a las que colocan en casas de Francia y aún en Inglaterra.
¡Fíjate!, dijo la Humildad. Y además, el muy golfo, dirá que las coloca de Au Paire.
¿Lo habías escuchado tú también?
Pues sí, el portero se lo dice a todo el mundo.
No sé adónde vamos a parar con tanto libertinaje. Ahora que a tí, -dijo dirigiéndose al Liborio que estaba liando un pito-, como te pille algún día con esas que están al pairo, te crujo y te arranco los ojos con una cucharilla del café. ¿Me oyes? Te crujo y te arranco los ojos…
Sí, Isidra. Yo creo que el Liborio te ha oído. Pero es Au Paire y no al pairo.
Total… ¡habas!
Sí, dijo el Liborio. Tú tranquila Isidrita, que a mí me gustan las mujeres como tú, cumplidas de arrobas y listas como el rayo. Sobre todo muy listas, y no esas tísicas medio francesas que confunden las concretas con las cocretas.

Anuncios

3 Respuestas a “EL ÓRGANO DE LA HUMILDAD

  1. La Aguela

    Se agradece la atención que ha tenído vuecencia, con este su admirador. Debo corregir y corrijo, que aunque sea más fruto de los dedos nerviosos que de otra cosa. “recién leventado”, levantado Sr., levantado. ¡ahi esos dedos¡

  2. Bien atento, sí señor… Así me gustan a mi los lectores.

  3. mumtaz5024

    … pues una que lee deprisa, ni se había “coscao”, disculpe usté la incurtura… por lo demás… chipén, que me gustan a mi estas lecturas…