ATILANA ORTEGA PALOMINO, LA BULLA. CANTAORA POR MALAGUEÑAS

Trajes-de-Flamenca-2014---2015

La Atilana Ortega Palomino, en el mundo del cante jondo conocida como La Bulla, era una gitana del barrio de Santiago, en Jerez de la Frontera. La Atilana La Bulla cantaba la malagueña como nadie. La malagueña, para algunos fue una creación de Juan Breva y, para otros, de Juan Reyes, El Canario.
Le digo a usted, don Dimas, decía La Bulla, que el Juan Breva, ¿me entiende usted?, cantaba otra cosa. Cantaba algo asín como un fandago “abandolao”. Como la malagueña de Alora, na de. Ni chicha, ni limoná. Lo que yo le diga…
¿Y qué me dice usted de La Trini, o del Niño Tomares o del maestro Ojana?
Lo que yo le diga a usted, don Matías. Déjese usted de Niños ni de maestros… El Canario; ese sí que cantaba por malagueñas. Después Enrique el Mellizo, y Fosforito Viejo o Chacón y después de ellos, naide.
La Atilana Ortega, La Bulla, desde que se retiró de los escenarios vivía arrimada al don Antenor Castiñeiras Carballada, natural de la parroquia de Seoane de Oleiros, en Ginzo de Limia, provincia de Orense, Spain. El don Antenor cuidaba de  la Atilana y la tenía como una reina. Si a la Atilana se le antojaba, -un suponer-, un par de patas de pulpo asadas, para desayunar, pues el don Antenor mandaba a la Camerina, una gitana muda que acompañó a La Bulla peinándola y planchándole el pelo antes de cada actuación por todo el mundo, y se lo servía en la cama. Calentito, con su chorrito de aceitillo de la variedad Lichín, que el don Antenor se hacía traer de una cooperativa jaenera de las Navas de San Juan y su pimentón de La Vera.
¿No sería de la cooperativa Virgen de la Estrella?
La misma. ¿La conoce usted?
Claro. ¡No he de conocerla…! ¡Eso es desayunarse, sí señor!
Es que La Bulla, sabe usted, hacía más a Galicia que a Andalucía. Entre la manteca colorá y el pulpo prefería el octópodo.
¡Qué tía!
El don Antenor tenía una industria bastante saneada. El don Antenor era el propietario de una red de funerarias por todo el territorio nacional y las antiguas colonias. El don Antenor innovó con aquello del reciclaje y, ya se sabe, en esto del arte fúnebre no hay muchas innovaciones pero mira…
La Atilana Ortega Palomino, en el escenario La Bulla, tenía humos de marquesona. Cuando la Atilana Ortega daba una coz para arreglarse la cola de la bata, mientras cantaba, los espectadores de la primera fila mugían. Los de la segunda y hasta la décima, rebuznaban y los del gallinero, como no se veía ni se oía muy bien, eructaban. La gente pensaba que la Camerina, la muda, era hermana de la Atilana, pero no. La Camerina era vecina de la Bulla y, desde chica, se había ocupado del pelo de la cantaora. A la Camerina, como no aparecía por el escenario, ni la rebuznaban, ni la mugían, ni la eructaban. Eso que ganaba, claro.
Cuando la Atilana se cansó de patear esos escenarios de Dios se retiró y se amontonó con el don Antenor pasando a mejor vida. No es que muriese, claro, sino que se retiró y pasó de parecer una marquesona a serlo. Al don Antenor no le apetecía tener a la muda Camerina en casa y la puso una peluquería en los bajos de la casa para que no subiera más que a peinar a la Atilana por las mañanas, mientras él salía a visitar los tanatorios de la provincia.
El don Antenor, como quien no quiere la cosa, inventó un féretro de plexiglás, que utilizaba para enterrar a los difuntos que iban a ser incinerados. Cuando metían el féretro con el cuerpo en el horno y cerraban la cortinilla sus empleados sacaban al difunto y guardaban el féretro para darle otro uso. Con el precio que cobraban por cada féretro el don Antenor se ahorraba una pasta, llegando a hacer un fortunón.
¿Y luego metía otro difunto en la misma petaca?
Pues sí señor. Naturaca
¿Y no le daba repelús?
¡Hombre, no sea usted mal pensado! Los empleados, antes de meter al otro muerto, le daban una pasadita con la vaporeta y le rascaban con un cepillito de esos de lavar los vasos en el lavaplatos. Ya sabe… esos que se pone Fairy en el depósito. Pues eso, que así se ahorraba unos duros y tacita a tacita…
¿Pero eso es legal?
¡Coño, no va a ser legal! Eso es reciclar. ¿Usted sabe cuántos pinos hay que talar para hacer todos los féretros de la multinacional del don Antenor?
Sí, eso también es verdad.
¿Y a usted, señorita Camerina no le dio por el baile?

Hasta la leña del bosque
tiene su separación:
una sirve para santo
y otra para carbón.

¡Coño!, pero usted no era muda
Pues no señor. Es que a mí, ¿sabe usted?, el don Antenor no me dejaba hablar porque decía que era muy burra y le espantaba la prensa a la señorita Atilana. Pero aquí, en la peluquería, si quiero estoy todo el día hablando. ¿No le parece a usted bien?
Pues sí, tiene usted toda la razón.
Una tarde, mientras la Atilana, la Bulla, estaba desayunando una pata de pulpo con allí-oli una pata que tenía una ventosa con muy mala leche se le quedó pegada en la pared de la garganta y murió, como quien no quiere la cosa sin cantar ni una taranta. El don Antenor al ir a hacerle la maniobra de Heimilch apretó tan fuerte que la Atilana se le escurrió cayéndose al suelo y él, con el impulso, cayó por la ventana sobre el mismo rellano de la entrada de la peluquería.
La Camerina, alertada por el golpe, se asomó a la puerta.
Pero don Antenor cuánto bueno por aquí. Porque se ha molestado usted en bajar. Ya hubiera subido yo…
Cuando la Camerina se dio cuenta que estaba como para entrar en el plexiglás lloró un poquito; no mucho. En realidad, y por lo bajinis, se iba descojonando.
Ahora dime que no hable, mamón… ¡Habla, mudo!
Cuando la Camerina supo que también había muerto la niña Atilana sí que lloró con mucha afectación y duelo. Lloró, al menos, hasta semana santa y eso que el óbito, que decían los periódicos, fue en junio. Después dejó de hacerlo porque se lo pidió el ayuntamiento para que no hubiera inundaciones.
Al abrir el testamento del don Antero y de la niña Atilana se enteró de que el funerario, había declarado heredera universal a la niña Atilana y esta a la Camerina, por los muchos y buenos y leales servicios que siempre me dio… Así pues la Camerina, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un pastón que ya, ya…
Al verse rica y potentada la Camerina volvió a llorar un par de meses más.
Pasado el luto la Camerina vendió todas las funerarias y con el dinero que hizo cogió el petate y se volvió a Jerez de la Frontera, donde compró unas bodegas que estaban en venta y fundó una escuela que el ayuntamiento, siempre tan cursi, llamó Espacio de Arte Atilana Ortega, La Bulla. Allí se enseñó a los niños del pueblo la malagueña y otros palos del flamenco. La Camerina y sus alumnos fueron muy felices y a nosotros nos dieron con el plato en las narices.

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