DON LEONCIANO OCEDILLAS, ESPIRITISTA

espiritismo

Don Leonciano Ocenilla, soriano de Suellacabras, es tuerto del ojo derecho y algo sordo del oído izquierdo. A don Leonciano Ocenilla le dicen El Augur porque sabe echar las cartas y es espiritista. De sus contactos con el más allá se ha hecho muy amigo de los espíritus a los que llama y se le aparecen. Don Leonciano es uña y carne con don Pelayo, el asturiano, y también de la princesa de Éboli, a la que le ha aconsejado, en algunas ocasiones, ciertos colirios para relajar y perder la picazón en el ojo vano. Con quien no se lleva muy bien es con El Cid. Al parecer, y según se dice, es un calzonazos que le come en la mano a doña Jimena.
El don Leonciano Ocenilla, soriano de Suellacabras, echa las cartas y llama a los espíritus en la fonda que dirige, con mano de acero, su esposa la Demetria de la Fuente. La Demetria, como ya se dijo, regenta la pensión La Relimpia, en el barrio de Lavapiés. En la pensión de la Demetria se alojan, ahora, algunos huéspedes magrebíes. Los magrebíes, que son muy ingenuos pero tercos como camellos, quieren que el don Leonciano Ocenilla les ponga una conferencia con sus padres en Tinduf.
¡Que no puede ser! Que yo solo contacto con espíritus del pasado. Con difuntos y no con personas que aún están vivas. Para eso está la Telefónica, que ahora se llama Movistar. ¡Vaya…! Vaya usted a la glorieta de Embajadores, que allí hay un locutorio.
Teléfono caro. Tú llama padre mío a Tinduf del Sahara…
¡Demetria!. Llévate al moro que me tiene hasta las turmas. Y no le vuelvas a dejar entrar. Y no me pases más que a españoles. Estos moros son suspicaces y recelosos como micos.
El don Leonciano Ocenilla no quiere tampoco clientela europea o de comunidades autónomas independentistas.
Es que, ¿sabe usted?, yo tengo que llamar a los espíritus y como no sé francés, ni inglés y mucho menos aún el catalán o el euskera, los espíritus extranjeros y los nacionalistas se me dan fatal.
Claro, claro, le decía el cerillero del Bar El Boquerón, el Anselmo Fonseca, alias Síseñor, todo junto, porque siempre daba la razón al cliente. En qué cabeza cabe que le va a usted a responder en sus citas don Napoleón, el militar corso, o don Louis Pasteur, el de las miasmas. Usted a quien tiene que llamar es a don Santiago Bernabéu y a La Chelito, por decir un par de personalidades nacionales de pro.
¿A usted le gustaría que yo hiciera aparecer en espíritu a La Chelito?
Bueno, yo… la verdad, es que si usted la llama, me gustaría más que la hiciera aparecer en cuerpo que en alma.
El don Anselmo Fonseca, alias Siseñor, todo junto, tenía una hija rubia, joven y bien parecida a la que daba gusto de ver y aún de escuchar. La hija del don Anselmo Fonseca, alias Siseñor, todo junto, se llama Marcelita Fonseca y es tiple de conjunto en el Teatro de la Zarzuela. La Marcelita Fonseca tuvo una crítica muy aceptable en el Teatro Payret de La Habana cuando estrenó María de la O, sainete lírico estructurado en un acto único, cuya música compuso el insigne Ernesto Lecuona, bajo libreto de Gustavo Sánchez Galarraga.
¿Y era la soprano?
¿Cómo?
¿Qué si interpretó a María de la O?
¡Ah!, no. Ella interpretó a Chancletera.
¡Ah, bueno!
¿Cómo que ¡ah, bueno!? ¿Es que le parece poco? Preguntó el don Anselmo Fonseca, mosqueado.
Pues hombre, ¿qué quiere usted que le diga? Tampoco es como para pedir que la hagan hija predilecta de la ciudad, como si fuera el Julio Iglesias.
Mira, aquí, el mago Merlín, dijo el cerillero, con intención de clavar un rejón de muerte al don Leonciano. ¿Y usted qué? que no es capaz de llamar más que al novio de la Moñiguitos, la asistenta de la pensión de su esposa.
¡Usted eso no me lo dice a mí en la calle, tío cerillero!
Aquella tarde, si no hubiera sido por la intervención decidida del encargado de la freiduría del bar y un sereno que estaba franco de servicio tomándose unos blancos con los amigos, el cerillero y el don Leonciano hubiera llegado a las manos.
Una semana después y a media tarde la policía se personó en el hall de la pensión La Relimpia con una orden de detención del don Leonciano Ocenilla. Le acusaban de la desaparición de la Marcelita Fonseca, la hija tiple del cerillero. El don Leonciano negó toda relación pero, le dijeron, la denuncia estaba apoyada en un supuesto enfrentamiento, del que había testigos, del don Sildunfo con el Anselmo Fonseca a cuenta de la tiple.
Tras dos años de prisión provisional al don Leonciano le salió el juicio y le cayeron 20 años del ala, como quien no quiere la cosa. Al principio al don Leonciano le dio por llorar y lamentarse pero, como no hay mal que cien años dure, se entretuvo en llamar a sus espíritus y, gracias a ello, hizo mucha amistad con don Miguel de Cervantes, quien estuvo, como él, preso un porrón de años. Don Miguel le dio las instrucciones precisas y un par de lecciones y el don Leonciano Ocenilla se hizo escritor. Como no quería que apareciera su nombre decidió tomar un seudónimo. Pensó en llamarse Clarín, pero ya estaba ocupado, por lo que se decidió por E.L. James, que significaba El Leonciano James. Lo de James era por James Dean, el actor. La novela se llamó 50 Días a la Sombra de un gay pero, según le dijeron, su compañero de celda le traicionó y le envió la novela a una escritora inglesa que se llamaba Erika Leonard y que aprovechó hasta el seudónimo del pobre don Leonciano por lo que se quedó sin novela y sin pasta.
No te preocupes, Leonciano, le dijo Cervantes, peor fue lo mío que perdí el brazo.
Ya, Miguel, pero a mí ¿para qué me sirve el brazo sin ya no voy a escribir más?
Eso también es verdad, le dijo Cervantes.
Quince años después, una tarde en que el don Leonciano fue a ver el cine en la cárcel salió en el NO-DO un reportaje sobre el centenario del nacimiento de don Ernesto Lecuona. La fecha coincidía con el cincuentenario del estreno de la zarzuela María de la O y, para celebrarlo, se habían reunido en el Teatro Payret de La Habana los cantantes que la estrenaron, todos ellos muy viejecitos y los nietos del autor y un par de hijos, que aún le vivían del libretista Sánchez Galarraga.
El don Leonciano no daba crédito. Allí estaba, más vieja, eso sí, pero igual de guapa la desaparecida Marcelita Fonseca, hija del cerillero y por cuya muerte estaba él penando ya casi veinte años en el trullo.
El don Leonciano Ocenilla, soriano de Suellacabras, denunció al director lo que había visto en la pantalla. El director, como es natural, mandó que le dieran dos lavativas y le encerraran en el psiquiátrico del penal durante un mes. El don Leonciano, a quien al principio creyeron, echó todo a perder cuando dijo que, si no le creían, llamaría a don Miguel de Cervantes para que les certificara cuanto dijo.
Lléveselo usted, Martínez, dijo el director al celador. Ingrésemelo y me lo receta tres lavativas de caballo. Estas locuras, con el vientre suelto son mucho más llevaderas.
¿Y qué fue de él, don Dimas?
Pues allí acabó, el hombre. Mientras, al cerillero Siseñor, todo junto, y en plan venganza se le aparecía don Quijote todas las noches y se las pasaba, enteritas, contándole lo de los molinos y los gigantes y, cuando ya creía que se había dormido, se le aparecía Matías Prats, padre, gritando: ¡gol!, ¡gol!, ¡gol de Marcelino!. O ¡gol de Zarra! España, amigosssss, ha eliminado a la Pérfida Albión… Y así una noche tras otra.
¡Qué putada!
Es lo que tiene la vida, don Matías. Hoy por usted, mañana por mí
Eso sí…

Anuncios

Una respuesta a “DON LEONCIANO OCEDILLAS, ESPIRITISTA

  1. La Aguela

    No te puedes fiar ni de las inglesas, ni de los cerilleros D. Matías.
    Cada vez vamos cogiendo más lustre, D. Camilo.