LA CENCERRADA

cencerrada

Don Jovito Tocino de la Cerda (no es cachondeo) hijo de Lesmes Tocino, molinero, y de Tiburcia de la Cerda, sus labores, era natural de Campisábalos, en el extremo noroccidental de la provincia de Guadalajara, aunque vivía en la vecina Cantalojas, de cuyas hijas dicen las malas lenguas de la envidia, que la que no es puta, es coja. Cantalojas es pueblo fértil que está bañado por los arroyos -que dicen ríos- Lillas y Zarzas que, tras ser encañonados a la salida del pueblo, pasan a denominarse río de La Hoz, afluentes ambos, que son, del río Sorbe…
¿Va a seguir usted con la hidrografía de la sierra de Ayllón o sigue con el relato?
Usted perdone. ¡Pues sí señor!… Vaya humos. Sigo.
Siga.
Pues como le iba diciendo, el clima de Cantalojas es mediterráneo, con clara continentalidad lo que produce bastante frío en invierto y un suave calor en los meses de estío (¿ha visto usted qué frase?). Pues como le decía, en Cantalojas en verano no se suelen superar los 30 grados mientras que en el invierno se llegan a alcanzar temperaturas de hasta -20 grados, que ya es frío hasta para un cantalojeño.
Sí señor; así es.
Pero no importa, en Cantalojas, sobre todo en casa de don Jovito, están muy orgullosos de que su pueblo se encuentre dentro del parque natural de la Sierra Norte de Guadalajara y en el hayedo de Tejera Negra. Hayedo que, junto al de Montejo, en la provincia de Madrid, es uno de los más meridionales de Europa.
¡Fíjate!
Y tanto…
Don Jovito Tocino de la Cerda casó en segundas nupcias con la Ruperta Sangrador de la Vena, tampoco es cachondeo, a quien llamaban La Pandereta, porque todo el mundo la había tocado en algún momento de su vida. La Pandereta era natural de Condemios de Arriba, también en Guadalajara y en el valle del río Condemios, que rinde sus aguas al río Bornoba. Río que nace en la Sierra de Alto Rey y que tiene, como principales afluentes el río Manaderos y el Pelagallinas en su curso alto y el río Cristóbal, en su curso medio.
¿Otra vez con la hidrografía?
Usted dispense. Sigo
Siga
Pues Condemios de Arriba, que tiene su reflejo, como es fácil suponer, en Condemios de Abajo, disfruta de un clima Csb, esto es, templado con veranos secos y templados, según la clasificación climática de Köppen.
¿Eh?
Ya sabe, Csb o mediterránea subtropical
¡Ah, claro!
En Condemios de Arriba los escasos habitantes que quedan se desplazan a otras localidades vecinas. A esto, en rebaños tales como cabras, ovejas y chivas de distintos pelajes se le denomina trashumancia. Cuando se hace con rebaños humanos se le llama emigración temporal. Pues bien, los condemienses aprovechan para casarse, juntarse o amontonarse según el gusto, el uso o la costumbre, con sus vecinos de otras localidades. El don Jovito, por no romper la costumbre, pasados los dos años de luto, se casó con La Pandereta y recibió, como no podía ser menos, una cencerrada de la que aún se tiene memoria.
¡Qué barbaros son en estos pueblos aislados del WiFi y de e-comerce!, ¿verdad, don Dimas?
Y tanto, don Matías. Pero siga, siga…
El caso es que, cuando el don Jovito comenzó a matrimoniar, los vecinos, armados de cencerros, pucheros que golpeaban con un cucharón y otros artefactos sonoros, le cantaban bajo la ventana:

“Viudos que vais a casar
no vayáis al camposanto
no se levanten los muertos
y tengáis algún espanto”.

La Ruperta, La Pandereta, más experta en chuflas que su esposo, le animaba a seguir con el matrimoneo, con escaso éxito, como puede suponerse.
Déjalos, churri, ya se cansarán.
Si, Ruper –el don Jovito siempre llamaba Ruper, como si fuera el peluquero a su señora- pero eso díselo a esta, decía señalándose su hombría, que no me responde.

“Dos viejos muy setentones
se casaron anteayer
y luego dirán que el juicio
se adquiere con la vejez”.

¿Tú escuchas, Ruper?
No te quejes, Jovito –la Ruper, como pensaba que Jovito era diminutivo no le decía Jovi- en mi pueblo, además, nos hubieran hecho lo que allí llamamos el palio.
¿Y en qué consiste?
Pues en que los mozos acompañan a la pareja enganchando dos bueyes viejos o dos burros de peor aspecto todavía a un carro en el que se coloca un palio hecho de sacos rotos y mantas viejas y remendadas y llevan –a grado o a la fuerza- a los contrayentes a paso lento por todas las calles del pueblo. Los mozos, como es natural y de ahí su nombre, van haciendo sonar los cencerros y burlándose de los contrayentes.
¿Y los novios se prestan a ello?
¡Qué remedio! Eso, o ponerse de acuerdo con el cura y casarse a media noche.
¡Por el amor de Dios! A ver si ahora, con la entrada de España en la Unión Europea, se van perdiendo estas costumbre silvestres, pedestres y finiseculares.
¿Usted cree, don Dimas que aquí pega eso de finiseculares?
Pues no lo sé, pero hace muy académico. ¿No le parece?
No sé, no sé…
¿Y qué podemos hacer, Ruper?
Pues pagarles la ronda.
¿Qué es eso?
¡Ay, hijo!, qué sieso. ¿No me digas que no sabes qué es pagar la ronda?
Pues no; en Campisábalos, mi pueblo natal, no se hacen estas barbaries.
Pues hay que salir y pagar a los mozos un par de cántaras de vino y una bacalada para que se lo merienden a nuestra salud.
Pero eso, Ruper, sería como llamar vesania a nuestro enlace.
Y a ti qué más te da…
Ni pensar. Ya verás como arreglo yo esto. El Don Jovito, antes de ver enflaquecer su honra con motivo de la cencerrada, cargo de postas la escopeta lobera y salió a la calle a escarmentar a esa chusma. Cuando estaba frente a ellos ordenó callar en tan bárbara manifestación. Uno de los vecinos, el Cándido, que era el más bestia de todos, se puso farruco y el don Jovito, perdidas las tres potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad) apretó el gatillo tres o cuatro veces seguidas hasta cargarse a la mitad de la rondalla.
El Lesmes Tocino, el molinero padre del Jovito y suegro, por ende, de La Pandereta, murió de tristeza tras la locura transitoria de su hijo. La vida, decía, es como un molino. Que el viento sopla como Dios manda… pues el molino se mueve, la molienda marcha y el trigo se muele. El molinero come y todos los vecinos, hasta los más desgraciados, comen el pan que es vida. Que el viento trae vendavales y vientos grises y aún negros, como aquella desgraciada noche, pues las aspas no se mueven y la desgracia, y el horror consume al pueblo.
¡Qué profundidad la del molinero, don Dimas!
Ya lo creo, don Matías. Ya lo creo…

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2 Respuestas a “LA CENCERRADA

  1. La Aguela

    La verdad es que lo de “finiseculares”, ha quedado muy académico, D. Matías.

  2. Gracias, mi querida coetánea…