DON AGURIO PIEDRAFRITA. GASTADOR Y SEXAVIUDO

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Don Agurio Piedrafrita, falangista de primera hora, caído por Dios y por España, sección mano izquierda, y sexaviudo reincidente, trabajaba de ujier en el economato Abastos Personal Eléctricas en la calle de Sainz de Baranda, casi esquina al arroyo de la Media Legua. Don Agurio Piedrafrita, alias Rifeño, no era, pese al apodo, torero de reses bravas o de toros-novillo; no. Don Agurio Piedrafrita era –ya se dijo- ujier de economato y sexaviudo reincidente.
Y eso, don Dimas, si puede saberse, claro. ¿Qué es? Lo de sexaviudo, digo…
Pues eso, don Matías, como bien dice el nombre, significa que don Agurio Piedrafrita, alias Rifeño, era seis veces viudo.
¡Coño!
Pues sí. Verá usted. Don Agurio Piedrafrita, sobre ser viudo era, además, domador de suegras. Vamos que don Agurio Piedrafrita coleccionaba las suegras, o mamás políticas, adquiridas, como si fueran un bien parafernal, en sus distintos himeneos o, como decía él, las mamás de sus finadas.
Entonces…
Entonces le decían El Rifeño como sobrehúsa.
¿Sobre qué…?
Apodo; ya me entiende. Se corrió el rumor de que el don Agurio Piedrafrita acumuló en su casa, como si fuera un harén de la tercera edad, una cabila de hasta seis suegras que le regalaban sus escasas rentas y sus pensiones de viudedad para uso del procomún, que era como denominaba el don Agurio a su propio bolsillo. Las mamás de la Silicita, la Marcianita, la Anacletita, la Canutita, la Sindulfita y la Herculanita vivían, pues, en la casa del don Agurio llevando, como podían, sus lutos con decoro y silencio. Los domingos, antes del vermouth, el don Agurio Piedrafrita las llevaba a misa de doce como si se tratara de una reata de obedecedoras mulas de carga. Todas vestidas de negro, bien enjaezadas; con su permanente de color ciclámen y su velo de gasa, también negro, por supuesto, tapando sus compungidos rostros.
El don Agurio Piedrafrita, si la misa era a mediodía se tomaba un vermouth con seltz y una tapa de aceitunas rellenas de tripa de anchoa; nunca de pimiento, pues le repetía. Si la misa era a media tarde del sábado, el don Agurio se iba a la cafetería Yago, de la calle de Serrano, donde se recetaba media ración de picatostes y un café con leche, corto de café, para poder dormir a la noche a pierna suelta.
¿Y a las viudas no las convidaba a tomar café?.
Jamás. No señor. A las viudas las daba a beber, en casa, claro, una tisana de pamporcino, esa planta herbácea vivaz, de la familia de las primuláceas que es espontánea en toda Europa y cuyo rizoma, buscan y comen los cerdos (de ahí su nombre). El pamporcino se emplea como purgante, generalmente en pomadas, ya que es peligroso su uso interno.
Las viudas, decía el don Agurio, lo más decente es que vayan ligeras del vientre. Así se evitan pensar en otras cosas que a nada bueno conducen.
Si, Agurio, decían todas a coro, con arrobo y subordinado sometimiento.
Una tarde, después de la misa y ya con todas las viudas a buen recaudo, el don Agurio Piedrafrita se cambió de americana y se enfundó el tapamuñones de ganchillo gris sobre su minusvalía y salió a dar un bureo por el barrio. Ya era de noche y la Socorrito, la mujer del sereno, se estaba lavando y arreglando. Ya se sabe que las esposas de los serenos, como salen sólo de noche, se atusan el pelo y se arreglan después de cenar. Son las servidumbres del cargo. Pues bien, el don Agurio requebró a la Socorrito y ésta, ¡en buena hora!, le siguió la gracia. A la mañana siguiente, mientras el sereno descansaba la recogió de su casa y la llevó en su moto Sanglas, montada a la española, a una venta de la Cuesta de las Perdices donde cayó rendida a los pies del ujier.
A lo mejor era por el olor al Floid
Pues igual, sí; ¡vaya usted a saber!
Las vecinas, siempre tan comprensivas y edificantes, criticaban a sus espaldas a la Socorrito y al don Agurio.
Para mí, doña Cleta, que el don Agurio, mucho falangista y mucho dengue y yo creo que se vale del muñón cuando le menguan las fuerzas en su hombría. ¡Ya podrá, el muy Landrú!
¡Huy, por Dios!, doña Adolfa. Ni en las 50 sombras del Gay ese, se lee nada tan verde.
¿A usted no le parece falta de educación hacerle tres hijos de un solo envite a la Socorrito?
Ya lo creo. ¡Menudo triple! Ni que fuera el Gasoil, ese del baloncesto.
El sereno, que tenía la mosca sobre la oreja, todas las noches, cuando pasaba junto a la puerta del don Agurio, golpeaba repetidamente el chuzo contra el suelo. El don Agurio, como tenía agarraderas con lo del régimen y con los litros que pasaba de estraperlo en el aceite del economato, no temía por sus costillas pero eso, siempre se decía, no es óbice para que un día, en un ataque de cuernos, no se venga arriba. Por si acaso, y por impresionar se ponía, al chocar el chuzo, la americana blanca de Falange y la camisa azul con el correaje y se apoyaba, chulángano, sobre el quicio de la puerta…
El don Agurio, -¡nobleza obliga!-, arregló los papeles para que a la Socorrito la dieran una dote de tres mil pesetas (mil por lechón) en la Secretaría General del Movimiento, como premio de natalidad. La Socorrito puso el dinero del taxi y las dos cincuenta de la póliza y, del dinero restante, le entregó mil quinientas al don Agurio como comisión por su ayuda.
El don Agurio salió aquella tarde al bingo y ligó con una taxista -¡Dios mío, a donde vamos a llegar con las mujeres tan sueltas y conduciendo un taxi!- y se gastó en ella las mil quinientas de la Socorrito, la mitad de las pensiones de las viudas y diez mil duros que le pidió prestado a su compañero Pedro Hilario.
¿Y el Pedro Hilario cobró la deuda?
Pues no; claro. Parece ser que se puso como un búfalo, pero no consiguió cobrar.
Hay gentes, no crea usted, don Dimas, que con una sola mano, son capaces de fundir más pasta que la diosa Kali con sus cuatro brazos.
Ya lo creo, don Matías. Ya lo creo…

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Una respuesta a “DON AGURIO PIEDRAFRITA. GASTADOR Y SEXAVIUDO

  1. La Aguela

    Pobriño, D. Hilario, tan majo, tan andaluz, tan olivarero, tan bueniño y tan GILIPOLLAS.
    Dígale a D. Matías que nos siga contando sus, muy celebradas por estos lares, chascarrillos(perdón por el “chas”) y cuitas de juventud.