LA EJEMPLAR Y AHORRATIVA VIDA DE DON ESPECIOSO GUISADO

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Don Especioso Guisado Moreno, natural de Lechago, en la comarca turolense del río Pancrudo, junto a Calamocha, casó en segundas nupcias con la Tenebrina Terrón, moza –o casi moza- que sufrió la pérdida de su novio en las colinas del Riff en una mala noche de pasión y desenfreno entre trincheras. Al parecer, uno de los furrieles de Abd-el-Krin le enseñó el camino, siempre añorante, de aquella Cuenca colgante y aromatizada de ajos y otros zarajos. La Tenebrina, superado el trance y los dos años del luto, abrió las ventanas del corazón (¡jo, qué frase!) y se entregó al don Especioso; primero en cuerpo y luego en alma.
Oiga, don Dimas, no me diga usted que alguien se puede llamar Especioso. Eso se lo inventó usted.
De eso nada. Lea usted el Martirologio Romano y comprobará que san Especioso, monje, se celebra el día 16 de marzo, junto a san Hilario y otros de entre sus cuates.
¡Ah!, usted perdone. Olvidé que es usted un pozo de sabiduría y ciencia eclesiástica…
Menos coba y más callar.
Siga, siga.
Pues iba a decir que el don Especioso había heredado unos buenos duros de su viuda, la Crispina Soto, y se retiró del trabajo para siempre.
Es que nunca tuve yo afición por el trabajo, decía. Tampoco por la taberna o los naipes.
¿Nunca iba a la taberna?
Ir sí que iba, pero no pagaba.
Yo vicios no he tenido más que los normales. Si tenía que tomar un vaso, lo tomaba. Ahora que pagar nunca pagué. Hay gente que disfruta pagando, que se pegan literalmente por pagar y no seré yo quien los traumatice, decía.
El don Especioso Guisado Moreno, cuando la crisis y el agostamiento de la bolsa y la cartilla de su anterior esposa, la Crispina Soto, mandó a la Tenebrina a Alemania a la emigración. La Tenebrina, que era una mujer como Dios manda, le enviaba el dinero a él, para que lo administrara y ahorrara lo que pudiera.
Las mujeres, decía el don Especioso, tienen los mismos derechos que los hombres. Y tienen, como no puede ser menos, el mismo derecho a trabajar que los hombres. ¿No le parece a usted?
Dice usted muy bien, don Especioso. Así me gustan a mí los hombres; feministas ¿Hace otro tinto?
Si usted se empeña. Pues como le decía, las mujeres tienen su derecho al trabajo. ¿Quién soy yo para quitarle sus derechos a la Tenebrina?
Dice usted muy bien, don Especioso. ¿Hacen unos berberechos?
Si usted se empeña…
Oiga, don Especioso, ¿usted no paga nunca?
Pues no; es que no tengo afición, ¿sabe usted?
¡Ah, claro! Si es así, ya se entiende.
Pasados unos años el don Especioso conoció a la Anisia Hornos, vaquera y porquera, quien también tenía el riñón bien forrado. El don Especioso, que sufría de una tórrida elevación de la libido y un afán sexual desmedido y duradero (con perdón), se amontonó con la Anisia y esta, agradecida, también le dio a guardar el dinero para su ahorro y administración.
Tras una serie de años el don Especioso consiguió una buena fortuna que, durito a durito, fue guardando en casa hasta obtener un capital.
¿Y no lo guardaba en el banco?
No señor. El don Especioso era muy práctico y, en absoluto, dado a aventuras ¿Y si se le quiebra una pata al banco?, decía. El don Especioso se encontró un día, de manos a bruces, en la puerta de su casa con la Tenebrina quien, harta de fregar casas por el norte de Alemania y con más sabañones en las manos que una empanada de berberechos, volvió al pueblo para disfrutar, junto a su Especioso de los ahorros que con su sudor y el ahorro de Arieles y Colones había amasado.
Cuando la Tenebrina se encontró en la casa del don Especioso a la Anisia se montó la de Dios es Cristo, o por decirlo a lo francés, la de Christian Dior. El don Especioso, que siempre fue muy sensato y muy diplomático, presentó a las dos mujeres como inversoras en la Caja de Ahorros Especioso et al. Las mujeres, al encontrarse, no como esposas cornalonas, sino como socias bancarias, respiraron aliviadas. Es muy sencillo, chicas –las dijo- Deberíamos encontrar más socias que nos entreguen sus ahorros para administrarlos. Los gastos, aquí en casa, compartidos entre todos, son menores y, por lo tanto, el monto subirá de forma disparada.
Visto así, dijo la Anisia yo creo que tu marido tiene razón.
El don Especioso, en menos de tres años, reunió a más de quince mujeres viviendo bajo su protección y trabando para lo que él llamaba el procomún del rijo. Con el tiempo algunas universidades han estudiado esta figura. Para diferenciarla de la idea de don Especioso lo llamaron “Banca”. Se quedan tu dinero, te ponen a trabajar para engordar su cuenta y, además, te joden en solitario o en comandita. Lo dicho; toda una idea…

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