Y ES EL AROMA DE MI HOGAAAAAR

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La otra noche, noche de Reyes Magos, recogí, como cada día, los zapatos para llevarlos a su sitio en el balcón. Hace muchos años ya, en una noche como esta, me producía un especial escalofrío tomar los zapatos, justo por la popa y en una sola mano, y ponerlos delicadamente junto a la butaca, en el salón. De forma instintiva, al depositarlos en el suelo, echaba una mirada de refilón por el balcón. Creí ver caballos alados, jorobados dromedarios transportando cajas y cajas envueltas en papeles de colores, con grandes lazos de rafia azulones y rosados. Un bazar ambulante y mágico ascendiendo hacia mi balcón.
Una mañana de Reyes descubrimos -¡vaya por Dios!- que nuestros zapatos, esos zapatos que nos miraban desde la butaca como un perrillo a medio dormir, nos traicionaron; y que los Reyes, no eran en realidad los Reyes. Nuestros zapatos eran unos zapatos Gorila comprados, como Dios manda, un jueves de frío polar en Segarra, en la plaza del Callao aprovechando una paga navideña. Nos regalaron un par de globos amarillos y una pelota verde que saltaba como un diablo. Eran unos zapatos recios, negros, con una pequeña fila de agujeritos sobre la puntera. Con una suela gorda, de goma negra que nos aislaba del frío de las aceras. Nuestros zapatos tenían unos cordoncitos negros también, redondos y muy fuertes que, la paciencia paterna, nos enseñó a atar con sus dos lazadas.
Nuestros zapatos estaban siempre limpios y relucientes y daba gusto de verlos. Los limpiaba nuestra madre, claro; por aquellos entonces no se compartían las tareas. Pese a lo reluciente de su cuerpo nuestros zapatos tenían ese aire de tristeza o vergüenza que sienten los desleales. Se podría decir que nuestros zapatos guardaban, en la tripa de la conciencia y desde la puntera al talón, un gusano remordedor que roía su conciencia. Nuestra mirada, tras conocer su engaño, fue, quizás, cruel y a destiempo y ellos se mostraban humildes, como franciscanos, recogidos igual que mendigos a la espera de una limosna y tumbados, como un cachorro de basset hound, ajenos al frío del suelo. Aquella mañana gris, festiva en principio y muy esperada se borró de nuestra mente y se llevó, quizás para siempre, todo un mundo misterioso, maravilloso, afable y acogedor.
Desde aquella noche, y quizás para siempre, sacamos al frío inclemente del balcón los zapatos con la disculpa de orearlos. Con la seguridad inconfesada de castigarlos por su traición, por la tomadura de pelo y por la deslealtad de habernos engañado y de haber vaciado un mundo de ilusión, convirtiéndolo en otro mundo mucho más vacío; un mundo lleno de cautelosas sombras acechantes. Desapareció aquello que ignorábamos y que creímos a ciegas y sin la más mínima sombra de duda. El pequeño mundo de tierno infante pasó a ser un mundo ciego de adulto, más concreto; sí, pero sin la poesía y sin el sobresalto ilusorio de antaño.
Aquella mañana, que fue la última mañana de regalos desperdigados por el salón, mi padre que era -como un san José madrileño-, carpintero, nos había fabricado un fuerte del oeste. Era un fuerte hecho con pequeños palitroques redondos, como troncos de pino minúsculos. El fuerte tenía su pasarela donde estaban apostados los soldados del Séptimo de Caballería. En el centro del fuerte un mástil alto, como el de la plaza de Colón, sostenía una bandera norteamericana y, alrededor del fuerte una gran cantidad de indios con sus plumas, con sus hachas, con sus arcos y flechas estaban, cómicamente suspendidos, como si alguien hubiera dado, sin querer, a la tecla del “pause”.
Esta noche, víspera de Reyes, he vuelto a sacar los zapatos al balcón. Nuestros zapatos ya no son esos viejos zapatos Gorila, sino unos zapatos norteamericanos, carísimos y relucientes. Con una lengüeta desflecada como las testeras de las mulas bien enjaezadas. Tienen, también, unas par borlitas que, cuando paseamos, se mueven de forma airosa y acompasada. No tienen ya philips en los tacones, claro está, ni la puntera calada, ni los cordoncitos para atar; pero han heredado el castigo de sus viejos antepasados lo mismo que nosotros heredamos y arrastramos el vacío de una ilusión cortada de cercén.
Y hoy, por la mañana… Hoy por la mañana he vuelto a mirar junto al sofá. esperando algún regalo, como hago cada seis de enero y hoy, como todas las mañanas de Reyes, me asomo al balcón con cuidado, evitando ser descubierto por si acaso, -Dios lo quisiera- hubieran vuelto, de tapadillo, aquellos tres Reyes que, con la deslealtad de nuestros zapatos, se llevaron para siempre la ilusión de la niñez.

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2 Respuestas a “Y ES EL AROMA DE MI HOGAAAAAR

  1. mumtaz5024

    .. Me ha gustado tu relato, pero no esa desilusión que se percibe en la descripción de tu noche de Reyes…No.. los niños de antes como los de ahora son egoistas… solo esperan que les traigan todo, TODO… para jugar un día y aparcarlos después.. En aquella época si lo ves desde la perspectiva del tiempo pasado… gracias que podian comprarnos unos zapatos Gorila en Segarra, al lado de la Gran Vía… allí sin ser noche de Reyes, mi padre me llevaba al comenzar el curso escolar a comprar esos zapatos, en mi caso, botas con borreguito por dentro, para que no pasase frio en mis piecitos, al llegar el “entonces”, duro invierno y nieves… que ahora con duro por el frio nos va.. siempre lo recordaré con muchísimo cariño… y de Reyes, pues un muñeco en mi caso y unos indios y vaqueros en el de mi hermano… como siempre he sido “muy chicazo”, me gustaba jugar más a indios y vaqueros con mi hermano que con el muñeco que cada año le cambiaban el vestido para que fuese y me pareciese diferente… pero la ilusión la tenía, si no fuese porque supe que eras mis papis a través de una compañera del colegio, maliciosa como la que más la que me lo desvelo…y llorando llegue a casa a contarselo a mi Tata Isidra, quien me convenció para que durante dos años mantuviese en secreto esa ilusión que a mis padres les hacía pensar en mi inocencia de niña…

  2. ¡Ay, las tatas…! Esa es otra.