FIN DE AÑO CON SORIA EN LA MEMORIA

images (1)Soria es un paisaje continuo. Un sinfín de melodías de agua, de cielos límpidos, de pequeños caminos que cruzan campos solitarios. Campos hechos a la medida del hombre, campos que guardan su esencia y la pureza de esta tierra desde hace milenios. El paisaje soriano es una rutina de palomas volando entre viejas piedras románicas, de corzos ramoneando el claro de un bosque poblado de añejas sabinas, de retorcidos robles, de chopos de ribera, de campos y campos de vid, de extensiones inmensas de cereal…

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La naturaleza en Soria es también una rutina que se extiende a ambas orillas del Duero. Ese Duero que al decir de don Antonio marcha entre plomizos cerros y manchas de raídos encinares. Ese Duero que se enseñorea entre san Polo y san Saturio, bajo los arcos de San Juan. Ese Duero que es espina dorsal de la meseta y que fue y sigue siendo linde y defensa de aquella Castilla histórica.

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Sobre el cerro de la Muela Numancia se enfrenta, bajo las órdenes de Caro de Segeda, a un ejército de treinta mil hombres experimentados para la lucha. Treinta mil hombres que no han conocido la derrota y que avanzan dominando el mundo. Numancia, tras veinte años, resiste… Soria, tras veinte siglos, también resiste a los treinta mil políticos que la han sitiado; que la han condenado al cerco injusto del aislamiento. Soria es un país hecho a la medida del hombre pero que está perdiendo a sus hombres. Soria es un país para ser habitado, para ser trabajado, para ser disfrutado. Están convirtiendo a Soria en una reserva; en una cobija de viejos pelendones, de antiguos arévacos, de añejos castellanos. Soria es un pueblo que siembra pasión, que siembra trabajo pero que cosecha olvido. Soria nunca ha tenido suerte con los sorianos que envió al parlamento. Se conoce que salieron a labrarse un futuro y se preocuparon de eso precisamente: de su propio futuro y no del futuro de su tierra, del futuro de quienes apoyaron, con sus votos y su confianza, ese futuro.

images (2)Lo cruel de este olvido es que, precisamente por ello, Soria mantiene en su ser su paisaje, sus campos, su fauna y su flora, sus aguas, sus montes y sus piedras intactas. Lo cruel, decía, es que entre tanta belleza, entre tanta naturaleza, entre tanta tierra para labrar, no queden hombres para hacerlo y Soria termine resultando un páramo deshabitado, un solar olvidado y un cementerio de esperanzas.

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Escribo esto hoy, víspera de fin de año, desde la añoranza, desde la murriñenta pena de quien –todavía- no puede trasladarse a vivir a Soria. Ya queda menos, es cierto, pero hay momentos en los que se añoran esos vientos fríos en el rostro, ese atardecer anaranjado que guarda el sol bajo el horizonte de Burgos, ese clamor de ruiseñores en la chopera y esos corderos rumiando (romero, tomillo, salvia, espliego…) el alimento que aromatizará sus menguadas carnes. Cae la tarde y las campanas de la iglesia de Langa tocan su monótona cantinela… de las casas salen aromas de encina, de enebro… ¡de vida!

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