LA TRISTE HISTORIA DEL PEQUINÉS JAIBER PAJUNJUÁ

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El pequinés Jaiber Pajtunjuá es un pastún que vive –es un decir- en Mutriku, provincia de Guipúzcoa, Spain, explotando sus habilidades a salto de mata entre el frontón y la pesca de korkones en el muelle. Al pequinés Jaiber Pajtunjuá le dicen pequines porque es de Paquistán. Si usted no lo entiende es que, seguramente, no es mutrikuarra. Al pequinés Jaiber Pajtunjuá, nacido en un arrabal de Pensawar no le gusta mucho el pescado pero, como él dice en urdu, ایک عظیم بھوک کوئی مشکل روٹی, que en euskera de Guipúzcoa significa a buen hambre no hay pan duro. Al pequinés Jaiber Pajtunjuá lo que de verdad le gusta es el foie vuelta y vuelta y los huevos fritos estrellados, tal y como los hace Lucio en la Cava Baja. Pero al pequinés Jaiber Pajtunjuá, como le dicen pequinés en lugar de paquistaní la gente le obsequia con chop suey de ternera y, en lugar de pato laqueado, le dan a comer gaviota ahumada. Al pequinés Jaiber Pajtunjuá esto le mosquea, pero no se atreve a quejarse.
El pequinés Jaiber Pajtunjuá lleva la cabeza envuelta en un turbante blanco que parece un vendaje de una pedrada. La gente, con esto de que viaja poco, dice que la pedrada se la dieron en la frente y que, por eso, lleva mercromina entre los ojos. No es eso, claro, sino un tatuaje de hena.
Al pequinés Jaiber Pajtunjuá le gusta cantar “No me gusta que a los toros lleves la minifalda” de Manolo Escobar, pero como en Euskadi no hay afición a la copla prefiere cantar el Boga-Boga. No se le da igual de bien, pero mira… va tirando. Al pequinés Jaiber Pajtunjuá le dicen en el frontón Txikito de Katxemira. Es lo que tiene el batúa… Al pequinés Jaiber Pajtunjuá algunos ya le llaman Xabier Pajatuya lo que, bien mirado, no es como para mostrarse muy orgulloso.
Los paquistaníes son muy parecidos a los indios y a los afganos del noroeste. La verdad es que no hay mucha gente que los diferencie, aunque yo creo que son más morenos y menos intransigente con las castas. Igual es que son de Podemos.
Uno, en sus febriles quince años, se imaginaba al Pakistán como un desierto árido y frío por las noches con sus tiendas de sedas en los zocos de Karachi y montañas como el Karakorum llenas de nieve y cónicas como el Fujiyama. También, y no sé por qué, pensaba que en Pakistán los templos estaban llenos de monos. Seguramente me equivoqué de documental de La 2.
En Mutriku son muy complacientes con los pequineses y los dejan jugar al frontón con la cesta en la mano izquierda. Será para compensar su falta de capacidad. El caso es que, pese a que trepan muy bien por la pared, nunca cogen una bola. Yo creo que se les daría mejor el criquet. ¡Vaya usted a saber!
Una tarde que escuchó en la radio 100 gaviotas, la canción de Duncan Dhu. Se conoce que no debió entender la letra y pensó que era una receta. El caso es que guisó las cien gaviotas y se las recetó entre pecho y espalda. ¡Aquello era vomitar…! A eso de las tres de la mañana, incapaz de retener ni el suero fisiológico fue a palmar detrás de la estatua de Churruca después de cantar el Agur Jaunak que, en el idioma urdú suena de cualquier manera menos a txistu y tamboril.
Las viejas del lugar llamaron al obispo técnico de grado medio –que en euskera quiere decir párroco- pero no pudo hacer nada por él ya que dijo, los pequineses son sintoístas, y no adoran a Dios sino a las fuerzas de la Naturaleza.
Algo tenemos que hacer, dijo el boticario, no es de cristianos dejar a un pobre semejante, aunque no se asemeje a nosotros, tirado en la calle sin una mala misa.
Unos propusieron tirar cohetes, pero era verano y había peligro de incendios. Otros quisieron echar un globo, pero salía por un congo. Algunos otros querían hacer una fiesta tipo Bollywood. Al final, fuimos unos cuarenta o cincuenta amigos y le cantamos, junta a su tumba, lo de la minifalda y Lonxe da Terriña, una canción gallega que cantó Xan, el taxista y que era muy morriñenta y dice así:

Lonxe da terriña
lonxe do meu lar
que morriña teño
que angústias me dan
non che nego a bonitura
ceiño desta terriña
ceiño da terra allea
ai quen che me dera na miña

Los pakistaníes, y sus primos hermanos los indios y los afganos, deberían llevar, en lugar del bindi o el tilak, que es como llaman al tatuaje de la frente, una etiqueta que pusiera, claramente, la duración de sus cuerpos, su origen. Vamos, la trazabilidad, por si es que se mueren de morriña o de cualquier atracón de gaviotas.
Esta es la historia del pequinés Jaiber Pajtunjuá, que fue a nacer en Pakistán y a morir en las verdes laderas del monte Arno. Descanse en paz.

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