LA HISTORIA DEL INDIECITO JUAN DIEGO Y LA VIRGEN DE GUADALUPE

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La Virgen Nuestra Señora, en cualquiera de sus advocaciones, suele ser de natural rústica y agreste. Nuestra Señora la Virgen no se aparece una mañana, a eso de las 7,30, pongamos por caso, en el vagón del metro, entre Cuatro Caminos y Alvarado; no. La Virgen Nuestra Señora suele elegir espacios al aire libre, de difícil acceso –cuevas, rosales, montes, peñascos, etc.- para mostrarse. Tampoco elige nunca a un oficial administrativo del Ministerio de Fomento, o a una maestra de francés de Rivas-Vaciamadrid; no. Ella elige siempre a personal dúctil, acomodadizo, moldeable en suma: pastorcillos, niños rurales o señoras que están echando la siesta en un prado de El Escorial, bajo una chaparra. La Virgen Nuestra Señora se aparece en las cuevas (Lourdes, Covadonga, El Escorial… bueno, en El Escorial no era una cueva, pero la persona a la que se aparecía se apellidaba Cuevas) y en sitios donde llegan las carreras de bicicletas por etapas: los lagos de Enol y Ercilla, Luz Ardiden, etc. No en vano hay una Virgen de los Ciclistas, que en Euskadi que es Nuestra Señora de Dorleta, otras en Italia como la Madonna de Ghisallo, en Como o la de Casale en Italia o en la France -Notre Dame des Cyclistes en Labastide-Armagnac-. También hay una Virgen mixta; medio ciclista y medio eremita: la Virgen de la Cuevita en Artenara, junto al Parque Nacional Tamadaba en lo que Unamuno llamó Tempestad petrificada. Doña Ana Quevedo, nuestra guanchita, puede atestiguarlo.
Oiga, don Dimas ¿Y este fervor mariano a qué se debe?
Pues se debe a que mañana, día 12 de diciembre, además del cumpleaños de mi hermano Javier, se conmemora el día la Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe al indiecito Juan Diego Cuauhtlatoatzin, natural de Cuauhtitlán, en el reino de Texcoco.
¡Anda, mira! Así que Juan Diego ¿eh?, como el actor de Bormujos
Efectivamente, o como Juan Diego Botto, pero este es Cuauhtlatoatzin, que en su lengua materna significaba “águila que habla”, o “el que habla con un águila”, eso todavía está por determinar.
¿Y entonces Cuauhtitlán, que tiene la misma raíz, “Cuauh”?
Pues eso significa “águila sordomuda”. ¡No te digo…! ¿Me deja usted que cuente la aparición o no?
Siga, siga. No pare usted por mí
Muchas gracias. Pues resulta que un 9 de diciembre de 1531, lo sé exactamente, porque era sábado y los sábados los chichimecas, que así se llama la etnia de Juan Diego, bajan al pueblo a tomar, que en castellano antiguo es beber. Ahora no; ahora se toma para comer y para beber pese a lo que decía el profesor Martín Valcarcel, don Victor, de que tomar, lo que se dice tomar, solo se debe de hacer por la retambufa. Bueno, a lo que iba. Resulta que el indiecito iba a tomarse unos piscoshowers con una tapa de jalapeño cuando ¡zas!, como si estallara un cardo, la zona se llenó de un olor penetrante a rosa del pitiminí, entre medio ambientador y medio olor a corona fúnebre; ya sabe usted. Y allí, de entre una nube de vaho, como el que se organiza alrededor de las churrerías que Ana Botella tiene puestas en la plaza de Castilla, se apareció Nuestra Señora de Guadalupe diciéndole al indiecito que bajase al palacio episcopal y le dijera al señor obispo, el franciscano Juan de Zumárraga (que no tenía nada que ver con la señora que ganó Un millón para el mejor, no crea usted) que erigiese en su nombre un iglesia en el lugar de la aparición.
La Virgen Nuestra Señora es muy constructora y muy albañila, no crea usted. Siempre que se aparece encarga una iglesia, una ermita o una cosita así, apañada, con su alicatado, su porche cubierto y su campaníl para llamar al rebaño, en la que se cante y se recen oraciones y loas en su Glorioso Nombre. El obispo, que de Mariano tenía menos que Rajoy, no quiso gastar –tenía que enviar los doblones a Carlos Uve, o Carlos One, según si fuese Alemania o Spain, para pagar no sé qué deudas que tenía pendientes en Flandes- y se negó a la erección (con perdón). El caso es que el indiecito unos días después volvió a encontrarse a la Virgen que insistió.
Verá usted, mi Señora, el señor obispo nos es muy tacaño y no quiere gastar ni un ducado en erigir. Además, dise, que los albañiles han ido a España que tienen que trabajar en no sé que emetreinta de la chingada
¡Esa boca, Juan Diego!
Perdone usted, virgensita, que se me escapó
Desía que ya no quedan ninguno por acá (los chichimecas siempre dicen acá en lugar de aquí). El caso es que el obispo Azcárraga le cogió a Cuauhtlatoatzin y le examinó en la doctrina cristiana (¡qué menos!) y le pidió pruebas objetivas en confirmación del prodigio. Unos días después, más concretamente el 12 de diciembre de 1531, mientras Cuauhtlatoatzin se dirigía de nuevo a la ciudad, la Virgen se le volvió a presentar y le consoló, invitándole a subir hasta la cima de la colina de Tepeyac para recoger flores y traérselas a ella.
Pero Virgensita, dijo Cuauhtlatoatzin, esta estasión invernal es muy fría y umbría y las tierras de puritito áridas son estériles y vanas…
¡Ay, Juan Diego!, dijo la Virgen. Sos un flojo (iba a decir menso pero, claro, la Virgen nunca insulta ni dice palabrotas). La Virgen, en su inmenso conocimiento y don de lenguas utilizó una expresión argentina en lugar de mejicana, lo que confundió bastante a los intérpretes del martirologio y las Vidas de Santos posteriores. Marcháte y buscás entre aquellos cardos y allí, entre esos dos tojos de los que llaman en Soria aulaga, buscás. Cuando llegó allí aparecieron unas hermosísimas flores que Juan Diego guardó en su tilma.
¿Tilma?
Sí señor. Tilma (Del náhuatl tilmatli). Femenino. Méjico. Manta de algodón que llevaban los hombres del campo a modo de capa, anudada sobre un hombro.
¡Ah!
Pues envolvió las flores en la tilma y enseñó la misma al señor obispo, don Juan de Zumárraga quien, al desenvolverla vio cómo aparecía, de forma inexplicable, impresa la imagen de la Virgen de Guadalupe que, desde entonces, forma el corazón espiritual de la Iglesia en Méjico.
¡Que suenen las campanas, cuate!, dijo el sacristán y ¡tolón-tolón!, y ¡talán-talán!, sonaban campanas, bronces, esquilas y sonerías; simbolos, campanillas y tantanes en un arrebato de repiques y tañidos.
¡Qué bonita historia, don Dimas! ¿La inventó usted?
Yo que voy a inventar, don Matías. Esta historia es verídica y está narrada por el bachiller criollo don Luis Lasso de la Vega, capellán del santuario de Guadalupe. Él se la atribuía al doctor don Antonio Valeriano de Azcapotzalco, que habría sido un indígena noble algo pariente de Moctezuma Xocoyotzin, el noveno rey azteca y que fue, cuando estudiante del colegio de Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, uno de los alumnos nahuas de fray Bernardino de Sahagún.
¡Jesús…! Cuánto erudición.

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