HISTORIAS DEL ENAGUA’S CLUB. BOITE DE ALTERNE

alterne

Arundina Trahsorras, alias la Peón, cerró una tarde el lupanar y decidió darle otro aire. Había visto, en una película norteamericana, una boite y no dudó en darle un aspecto más nuevo y europeo. La Arundina, después de muchas cábalas, decidió llamar al nuevo burdel Enagua’s Club, que era nombre autóctono sí, pero chic, y dedicarlo al top-less. El top-less, se dijo, no es más que un documental del Serengeti, pero con las chicas en 3D. A la Arundina le decían la Peón porque andaba de frente y comía de lado, como los peones del ajedrez. El top-less, se decía para animarse, es muy moderno y europeo; muy funcional y autonómico. Igual -¡quién sabe!- hasta tiene ayudas del PRODER.
El día que se inauguró el Enagua’s Club (léase clab) acudieron todas las autoridades provinciales: el presidente de la Diputación, el señor obispo, que portaba el báculo -aunque no se sabe con qué objetivo-, el señor Delegado del Gobierno y el alcalde. También asistieron todos los concejales con excepción de la Adela, que administraba los Asuntos Sociales, y que se negó a asistir, seguramente para evitar murmuraciones. No acudió el gobernador civil, al que dicen el Galletero y algunos no saben por qué. Las chicas del Enagua’s, sí; claro.
¿Y por qué, si puede saberse?
Pues porque es gay y hetero, o sea, bimenstrual.
Será bimensual…
Bueno, pues eso. ¡Quién soy yo para pedir a nadie explicación!
Ahí tiene usted razón. Siga, siga…
Cuando se fueron las autoridades y se terminaron el pulpo a feira y todos los canapés -incluidos los de foigrás- Reme, la Lapa, se sinceró con el resto de las chicas.
Lo que yo os diga. A mí esto de andar con las tetas al aire todo el día me parece que es rebajarnos. Me parece que es ponernos a la altura de la vacas del Fidel, el de la señá Edicta. Solo nos falta el cencerro y que nos saquen a pastar.
En eso tienes razón, dijo Paquita la Maraca, que hacía sonar sus pulseras de modo rítmico y metódico mientras trabajaba en mode manual. No es de buenas cristianas andar así, medio empelotadas, como si fuéramos chotas. Yo creo que deberíamos hacer huelga.
Del hambre, no ¿eh? Huelga del hambre, no. Dijo la Millana, alias Frontón que era una tragaldabas de tomo y, sobre todo, de lomo.
Tranquila hija. Tú siempre pensando en comer. Haremos huelga de tetas enfundadas.
Eso, eso… gritaron todas a coro. Que enseñe las tetas el presidente de la Caja de Ahorros, dijo la Baltasara, natural de Argamansilla de Alba, pueblo muy aparente que está bañado por el río Guadiana y cuyo término municipal linda con los de Tomelloso, Manzanares, La Solana, Ruidera –la de la laguna-, Alhambra y Alcázar de San Juan.
¿La del importante nudo ferroviario?
Pues sí señor. Esa misma.
Vaya, vaya con la Baltasara
La Arundina, que en esto era muy seria y muy formal, cerró inmediatamente la boite pues no le parecía decente poner Topp-Less en el neón y que luego las chicas atendieran con la pechuga invernada.
Da gusto con gente así de seria. ¿No le parece a usía?
En efecto, Martínez, dijo el gobernador civil a su secretario. Pero nosotros en esto no podemos actuar. La huelga es un derecho sacrosanto recogido por la Constitución y refrendado en el Senado por el senador Monago y el resto de padres de la Patria.
Claro, dijo Martínez, usted como cambia de gorra y se va a la acera de enfrente…
¿Cómo…?
No nada, dijo Martínez, recogiendo velas. Que usted, como siempre va paseando por la acera de Vicente.
¡Ah…!
Petronila, la Verduras, aprovechó la huelga para volver al pueblo y ponerse por su cuenta. Es lo que tiene la iniciativa privada, que cada uno quiere ser su propio jefe. La Petro, que tenía una tendencia muy marcada al agro, practicaba sus coitos y los arrumacos propios, anteriores y posteriores, en distintos surcos de una viña de rendimiento municipal que ahora estaba plena de frutos en sazón. A la Petronila lo mismo le daba un linio de solanáceas –o patatas- que otro de salsoláceas –remolachas- o crucíferas –nabos, con perdón, o rábanos-. La Petronila, a lo que se ve, nunca fue atacada por prejuicios lingüísticos u otros dengues indeterminados.
La Petronila, tenía un sueño secreto que, como era secreto, no lo había compartido nunca con sus compañeras del top-less. La Petronila soñaba con correr un año la vuelta ciclista a Francia enfundada en su maillot amarillo de lideresa del Tour.
Pues debería presentarse a la edición de este año, dijo Martínez al señor gobernador, parece que este año la prueba es más en línea; ya sabe usted, menos montañosa y sin etapas contra el reloj.
Pero es que ella, dijo el señor gobernador, no sabe montar en bicicleta y, según dicen en el Ministerio, es condición sine qua non para poderse inscribir. Ahí no podemos hacer nada, Martínez. Hay que aplicarla el reglamento.
Eso sí. Ya me parecía a mí…
La pobre Petronila, cuando fue a inscribirse al gobierno civil recibió, como una bofetada, la negativa de Martínez a inscribirla.
Solo es para ciclistas, señorita. Para ciclistas con licencia de la Federación Española de Ciclismo y usted, no la tiene. De conseguirla la adjunta con una póliza de sesenta céntimos y la deposita en el Registro de este Gobierno Civil. ¿Conforme?
La Petronila se marchó defraudada y cerró la empresa. Ahora, el que quiera fornicar entre repollos y berzas que se marche al Enagua’s y se lo exija a la Arundina.
La Petornila cerró la empresa y se marchó a Francia, donde tampoco la dejaron inscribirse pero, como las carreteras, al igual que en España –salvo en El Burgo de Osma que son de Juan José Lucas- las carreteras, decía, son de uso público recorrió, en menos de un año, las veinticuatro etapas sin sentarse en el sillín y, eso sí, con ruedines y el bidón del agua repleto de Cointreau.
Cuando volvió abrió, junto al Enagua’s Club (léase clab), un Hôtesse d’Amour, que es como una boite pero en plan francés. Una tarde, cuando Martínez, el asistente del gobernador, acudió a cumplir con su naturaleza…
¡Qué fino!,
Bah, favor que usted me hace…
La Petronila, decía, que fumaba cigarrillos-puros finos y en boquilla de nácar, le expiró todo el humo sobre la cara.
Mesié Magtiné, le dijo impostando un acento de Burdeos (ella decía Bogdó), y en plan macarrónico, allez-vous mettre la main sur la mère putain de biscuit (la Petronila, claro, no sabía traducir galletero y por eso dijo lo de biscuit)
El asistente del gobernador, frustrado, abandonó su puesto en el gobierno y, como quien no quiere la cosa, se apunto a la academia de ciclistas que Federico Martín Bahamontes, insigne ciclista conocido como el Águila de Toledo tenía en la ciudad Imperial.
Quién sabe, se dijo, igual vuelvo como ganador de un par de etapas y la Petro me vuelve a dejar entrar en su casa…

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