LAS TRIBULACIONES DE DON VINOCO VEREDILLA SOTO. ASTRONAUTA CHINO

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La vida, según dejó dicho o, mejor aún cantado, Joaquín Sabina es esa puta que va vestida de verde. De verde y calva, que es como pintan la ocasión. Don Vinoco Veredilla Soto, mayor de edad y con DNI tal y cual, natural de Fuenlabrada, Madrid, se mostró tan orgulloso como sus padres cuando recogió la banda y la orla que le distinguía como Ingeniero de Telecomunicaciones por la Universidad Complutense de Madrid. Era, y sigue siendo, el único universitario de toda su familia.
Una mañana primaveral, seis meses después de finalizar sus estudios, recibió una carta certificada del INEM. En ella le comunicaba que debía presentarse, con su currículo, para una entrevista de trabajo. La empresa que le iba a entrevistar se llamaba Jamones Ruiz. El joven Vinoco no pudo dormir pensando para qué querrían un ingeniero de telecomunicaciones los jamones Ruiz. Tras la entrevista le recomendaron quitar los estudios superiores del currículo y le dieron un trabajo de salador. Paleando sal entre paletillas y jamones pasó tres meses y, una vez finalizada la matanza, le dieron el finiquito.
Dos años después le llegó una nueva carta del INEM. Esta vez tenía trabajo en una empresa radicada en el polígono industrial Cobo Calleja.
Donde los chinos, pensó…. Igual estos, que gastan mucha electrónica necesitan algún experto en informática o en telecomunicaciones.
Tras una breve entrevista le concedieron un trabajo provisional como guarda nocturno. Debía vigilar una manzana entera de naves industriales donde los chinos tenían sus bazares.
El trabajo, se decía así mismo, no denigra a la gente. Es la gente la que denigra al trabajo. Con filosofías y mañas por el estilo aguantó casi tres años. Una tarde, un chino muy elegante y al que bailaban el agua convenientemente todos los empleados apareció por la nave. El hombre elegante se acercó hasta donde él estaba y, uno de los chinos, informó al que parecía el jefe.
Vinoco Veredilla Soto, ingeniero teleco, dijo el chino. El elegante miró de arriba abajo a Vinoco y, en un perfecto castellano, le preguntó:
¿Estaría usted dispuesto a trabajar para nosotros, la República Popular China, como ingeniero?. Luego, si supera usted las pruebas pertinentes, podría convertirse en el primer astronauta chino de la Historia?
Señor, contestó Vinoco. Le agradezco mucho su oferta, pero yo no soy chino.
Nos hemos informado, le dijo el chino, usted tiene genes chinos. Su padre es natural de Chin-chón y tiene la piel amarilla.
Vinoco sonrió recordando que su padre, cuando joven, tuvo ictericia, y en Chinchón, mientras trenzaba ajos y trabajaba en la alcoholera le apodaron el chino porque le aumentó la bilirrubina por la enfermedad. Una misteriosa sensación, desconocida hasta entonces, le hizo disimular y no insistir para contar la verdad.
Será, pensó interiormente, la supervivencia.
De acuerdo, señor. Pero me imagino que tendrán que darme alguna formación y bastantes directrices.
Eso ya está en marcha. De momento tiene que abandonar este trabajo y centrarse en el nuevo bazar que hay en la calle de La Bañeza. Allí, de forma disimulada, la República Popular China está montando su Agencia Espacial. Usted recibirá formación de nuestros técnicos. Ni que decir tiene que ha de firmar una cláusula de confidencialidad y guardar el más absoluto de los silencios.
De acuerdo. Mañana nos vemos allí.
A la mañana siguiente, Vinoco se personó en una nave con varios carteles que anunciaban regalos, modas y complementos pero que, por dentro, era un solo hangar diáfano de más de tres hectáreas. En el centro de la nave un mogollón de chinos, con batas blancas, como las de los carniceros que pelaban los jamones en su anterior oficio, observaban al que parecía el técnico. Este, subido en un cajón de una grúa atornillaba una especie de campana blanca que debía de ser la cabeza del supuesto cohete.

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Las batas blancas estaban rotuladas, en la espalda, con una leyenda, en inglés y en caracteres chinos, que decía China Space. La robótica, pensó, Vinoco, no es, desde luego puntera. ¡Madre mía. Pobre del que tenga que montarse en ese chisme!
Tres años después, y tras un período de formación acelerada, Vinoco terminó su trabajo y puso el punto final a lo que iba a llamarse Chang’e-5 T1. La Chang’e era una sonda que iba a ser lanzada el 23 de octubre, día de San Pablo Tong Viet Buong o, como se decía en España, san Alucio, santo toscano que trabajó con los peregrinos y los pobres. La sonda, si todo iba como Buda manda debería volver a la Tierra dos meses después tras haber recorrido los 840.000 kilómetros que hay, sobre poco más o menos, a la Luna entre la ida y la vuelta. Eso si la lanzaban en Fuenlabrada, si no había que sumar la distancia de Fuenlabrada a Pekin. La sonda, o como dicen los americanos, la cápsula se desplazaría a una media de 40.000 kilómetros por hora que, para un motor Hyunday, no está mal.
La sonda cayó en Mongolia, donde estaba previsto y fue traída a Fuenlabrada en un contenedor que alquiló José María Aldea a una naviera coreana. Los funcionarios chinos, en alegre procesión, hicieron acto de presencia en la nave fuenlabradeña y destacaron que los datos recogidos durante la misión deberían ayudar a los investigadores para futuros diseños y construcción de cápsulas que trajeran rocas lunares y polvo a la Tierra, un proyecto que China esperaba lograr para el año 2017.
Aquella tarde Vinoco no cabía en sí de gozo. Sus padres fueron invitados a asistir a su triunfo como ingeniero y, una furgoneta secreta, que ponía El Pato Laqueado, comida china a domicilio y un número de teléfono móvil, les trasladó desde su domicilio hasta la nave secreta. Con gran boato se abrió una cortina y, tras un dragón que echaba cohetes y fuego por la nariz, salieron los responsables del proyecto. Uno de ellos, el elegante que contrató a Vinoco, se dirigió a sus padres agradeciéndoles la educación que habían dado a su hijo y a este le condecoraron con la medalla de la Gran Orden del Chin-gón, que es la de más alto reconocimiento y copete de toda la China. Tras el discurso vino la gran oferta. El chino ofreció a Vinoco la posibilidad de que fuera él, y no otro quien patroneara la nave convirtiéndose así en el primer astronauta chino en llegar a la Luna.
Vinoco estaba como en un sueño. Para ello tenía que organizarse rápidamente. Debía prepararse en Pekin. Allí, en una escuela del Ejército Popular del Aire le iban a convertir en astronauta. A la mañana siguiente don Vinoco Veredilla Soto, mayor de edad, DNI tal y cual, natural de Fuenlabrada, Madrid, como mejor sea procedente solicita:
El funcionario de la ventanilla miró de arriba abajo a Vinoco y, de forma muy educada le aplicó el reglamento. No hay nada peor en España que un funcionario, sea cual sea el grado y el motivo, te aplique el Reglamento.
Mire usted, el certificado que usted presenta como que ha terminado su carrera de ingeniería está perfectamente expedido pero, seguramente por desconocimiento, a usted se le ha olvidado que debe oficializarlo registrándolo ante el Ilustre Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicaciones del Reino de España. Sin ese requisito su título no es oficial para ejercer como tal. Usted puede ir a China, ¡faltaría más!, pero no como ingeniero.
Verá, usted me hace el favor de admitir la petición y yo, mañana, se lo juro a usted por mis muertos, vuelvo con el sello del registro como Buda, perdón, Dios manda.
Es que no es posible, caballero. Hoy es día 2 de agosto y, hasta el nuevo curso, las instituciones que tienen que ver con las escuelas y colegios universitarios cierra hasta mediados de septiembre. Si usted quiere puede volver por esas fechas y el ministerio, como no podía ser menos, le arreglará a usted el visado y la documentación pertinente.
El chino se quedó de una pieza. Vamos, como un jarrón de la dinastía Ming cuando Vinoco le contó lo acontecido en el ministerio. No podían esperarle pues el lanzamiento se produciría a la semana siguiente.
El joven Vinoco Veredilla Soto, mayor de edad, DNI tal y cual, se personó en su puesto de trabajo como vigilante nocturno en el bazar Xion Zhang, Glasses&Style. A las dos de la mañana, hora española y siete de la tarde, hora china, la sonda Chang’e-6 T1, salió disparada con destino a la Luna, el locutor, de forma muy sonriente y en idioma mandarín, indicó que la gran aventura era posible gracias a un ingeniero y astronauta chino llamado Fui-Yo. Cuando la sonda alunizaba Vinoco alucinaba. Un ruido a sus espaldas le hizo volver a la Tierra. Era su jefe chillándole en chino.
No recuerda más. Don Vinoco Veredilla Soto, mayor de edad, DNI tal y cual, se presentó en la ventanilla del INEM. El funcionario, de forma muy amable, le solicitó el título de ingeniero aunque no debidamente cumplimentado. Es que, sabe usted, hasta la semana pasada había que presentarlo, previamente para registrarlo, en el Ilustre Colegio Oficial de Ingenieros de Ingenieros de Telecomunicaciones del Reino de España pero, como era una bobada, lo han quitado y ya no hace falta. Así somos los funcionarios, agiles y sensatos ¿verdad usted que sí?
Oiga, repórtese que llamo a un guardia. Deje usted el extintor en el suelo. Oiga, oiga…
Don Vinoco Veredilla Soto, mayor de edad, DNI tal y cual, fue trasladado al furgón de la guardia civil escoltado, preso y trasladado, como si fuera un consejero de banco, a la cárcel de Soto del Real.
Así que tú eres ingeniero, ¿verdad bonito?, le dijo el yonki en las duchas, mientras tiraba al suelo la pastilla de jabón…

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