EL WESTERN Y SU CONQUISTA

HerdQuit

Algunos de ustedes habrán visto películas de vaqueros. Esas que llaman western, que queda mucho más americano que decir oeste. ¡Donde va a parar! En estas películas no es extraño ver grandes manadas de vacas de la raza Texas Longhorn llevadas por los cowboys o vaqueros, en el idioma de Nuestro Señor, con la ayuda, tan solo, de un lazo de cuerda. Pues bien, pocos de entre ustedes sabrán por qué las vacas -las americanas y las españolas, que tanto montan- se cuentan por cabezas, en lugar de hacerlo por piaras, como los gorrinos magentas o por parejas, como los casados cursis (los de toda la vida decimos mujer y marido). Pues bien, yo se lo cuento a ustedes que para eso este es un muro de servicio púbico.
Todo comenzó con el descubrimiento y posterior conquista de la Florida norteamericana y sus cuatro esquinas (Alabama, Misisipi y Louisiana) junto a la propia Tejas. Fue allí, en Tejas, donde los españoles, al mando de don Alvar Nuñez, cuyo segundo apellido era Cabeza de Vaca, dieron nombre a cada una de las reses que entran en un rebaño.
La verdad, don Dimas, es que la gente es de un imaginativo para esto de poner nombres, ¿verdad usted que sí?
Ya lo creo. Si en lugar de apellidarse así se hubiera llamado Cabecilla de Cordero menudo follón hubiéramos tenido para distinguir un rebaño del otro.
Y un asado de otro, claro…
El caso es que el rey Carlos I, ya sabe usted, el del coñac, le nombró Segundo Adelantado.
¿Segundo…? ¿Y el primero?
El primero era un segoviano de Valsaín, un tal Fuentetaja que vivía junto a una fuente y que dio nombre al estado (Fuente de Taja) cogiendo níscalos y boletus. Luego, por eso del idioma, se quedó en Tejas y, posteriormente, en Texas.
Entonces el periódico segoviano se llama El Adelantado de Segovia por esto mismo.
Naturaca…
Pues bien, al parecer este don Alvar, al que nadie osaba llamarle por su segundo apellido, se tomó en serio lo de descubridor y, se conoce que como tenía la tensión alta, o por el colesterol, el caso es que le dio por andar y se llegó hasta un salto de agua que llamó Salto de Jerez, ya que él (que no se dijo antes) era de Jerez de la Frontera.
¿Cómo?, le preguntó Domingo Martínez de Irala, un tío de Vergara, en Guipúzcoa, que estaba de becario con Juan de Ayolas, explorador de Briviesca, que inventó el abrelatas –de ahí lo de explorador- y que luego sustituyó a don Alvar, una vez que le hicieron fijo en el ejército.
¿Cómo?, decía que dijo el Domingo Martínez de Irala
Iguá zú. Que en el habla gaditano quiere decir igual que en el sur.
Y záca, se quedó con Iguazú.
Oiga, don Alvar, y estará buena el agua.
No zé, pero frejca zí que pareze. Cata, rata, le dijo a un criado que llamaban El Rata, por el color de su pelo
Y lo llamaron catarata ¿verdad?
Pues sí, señor. ¿No me diga que se conoce usted la historia y estoy yo aquí, haciendo el memo?
No, siga. Si es que lo he acertado.
¡Ah, bueno!
El caso es que, tiró su pañuelo al río para mirarle como se hundía…
¿Pero eso no es una canción de Julio Iglesias?
¡Huy Iglesias, dice….! Iglesias, conventos, monasterios. Fundaron de todo. Imagine que llevaban un cura que era medio arquitecto y al que le gustaba tanto la construcción que le llamaban Fray Bartolomé de las Casas. El fraile, que era encomendero…
¿Lo qué…?
Encomendero. Un encomendero es aquel al que, por Merced Real, tenía indígenas a su cargo o encomendados en cualquiera de las colonias españolas.
Pero este Bartolomé de las Casas no era el escritor.
Bueno, escritor, filósofo, teólogo, jurista… El Bartolo era un artista. Como el pequeño Nicolás pero con estameña. Cuentan, y no paran, que el tal Bartolo llegó a España tras conquistar Fernando III Sevilla, en 1248. Con la pasta que transportaba de la cristiandad para pagar las soldadas a los cruzados vino un caballero francés, de la estirpe del Conde de los Limonges, cuyo nombre era don Bartolomé de Casaux. Una vez que el gabacho se coscó que había panoja en el equipo victorioso, se cambió el nombre por el de las Casas. En principio se iba a haber puesto de apellido de las Tres Mil Viviendas que, al parecer, en Sevilla se lleva mucho, pero se conformó con de las Casas.
¿Y era cristiano?
¿Y qué es ser cristiano, don Dimas?
Pues ser discípulo de Cristo
Calle, hombre, que parece usted al padre Ripalda. No; era judío converso.
¿Era poeta?
Converso, ¡coño!, que se había convertido…
Usted perdone. Siga.
El caso es que, al llegar a Aguas Claras, actual Clearwater, donde tocan los Creedence Clearwater Revival, los indios Tabajara, que así se llamaban, le dijeron que el oro, todo el oro que necesitaban para la bota de Ronaldo, estaba en la provincia de Apalache.
¿Apalache?, dicen que dijo don Alvar. ¿Pero ahí no es donde están los indios Apalaches. Esos que andan medio en cueros y tiran flechas?
Jau –que en indio apalache vale para hola y para yes- dijo el cacique.
El caso es que tomaron para la provincia de Apalache y, al llegar a la Florida se encontraron con los everglades, en el condado de Collier, que aún no era condado, claro. Solo era un charco de barro lleno de caimanes que parecían polos de Lacoste pero sin domar. En caso es que, en el camino, se encontraron con más de veinte naciones indígenas. Una de ellas, en el poblado de Aute, donde un tío sin duchar cantaba no sé qué de Rosas en el Mar, con una india a la que llamaban Massiel, que en indio quiere decir deja el gintonic y calla, Marisol. Pues bien, don Alvar va y le dice, dice:
Oiga, amigo -los españoles siempre llamaban amigos a los indios por ver si colaba- ¿usted podría decirme cómo ir a La Florida?
Pues sí, dice el indio Aute. Tiene que ponerse en Tampa…
¿En Tampax?
No, en tanga, le dice Massiel.
Perdón, señorita, es que estamos hablando aquí el señor y yo. Por cierto ¿cómo se llama usted?
Toro Sentado, para servir a Dios y a usted.
Fue decir aquello y toda la tropa se empezó a desconjonar. El indio se mosqueó y se hizo el sueco, que para un indio aute, que además nació en Filipinas, es bastante difícil.
Al alba, al alba. Al alba, al alba… Empezó a cantar el indio pensando que, en lugar de Alvar, se llamaba Alba…
Perdone usted a la tropa, amigo, dijo don Alvar. Yo, fíjese, también me apellido Cabeza de Vaca y un primo mío Ojo de Buey.
Ustedes no serán antropófagos, ¿verdad que no?, preguntó el adjunto de don Alvar, don Diego de Senillosa y Cualquiercosa, segundo duque de Lerma –al primero, lo vistieron de morado para no morir ahorcado- y primo segundo del ojo bueno de la duquesa de Éboli.
No, tranqui. Aquí solo comemos vaca.
Fue decir eso y a don Alvar se le aflojaron las canillas. Los jinetes españoles picaron espuelas y se dirigieron hacia el grupo del indio que parecía una tuna pero sin capa –vamos… de todo menos capados- y, con unas maromas que llevaban enrolladas asustaron a los indios de todas las naciones que estaban allí. De ahí viene la costumbre de arrear a las vacas con lazos y contarlas con el apellido del conquistador.
Oiga, una pregunta ¿y qué naciones eran esas don Dimas?
Coño, que puntilloso es usted. Pues qué naciones iban a ser: los pomo, los hupa, los miwok, los yurok, los karok, los yokut y otros como los maidu, los wintun, los yuki
¿Y los kiwis?
Eso… Y los Matías No te digo. Oiga, que aquí, si alguien hace el indio es usted, tío carcamal…
Vale, vale… que era broma.

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