MI PRIMERA MAÑANA DE JUBILADO

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Yo creo que me estoy haciendo viejo. No; no es algo que haya experimentado esta mañana ¡qué va…! me parece que ya nací viejo. Verán ustedes… Resulta que, esta mañana, una emergencia propia de mi edad –y a falta de la introducción del rayo verde por valga sea la parte- tuve que entrar en una taberna de mi barrio. Pido un café, yo creo que de una forma clara y bien explícita.
¿Qué va a ser?
Un café, por favor
¿Con leche?
No, mire. Un café es un café. Un café con leche es un café con leche, de la misma manera que un tinto es un vino tinto y un tinto de verano en un vino con gaseosa.
¿En taza o en vaso?
Oiga, le pregunto, ¿está usted realizando una encuesta?
¿Por qué lo dice el señor?
Pues porque lo parece. Vamos a ver ¿qué es eso de si en vaso o en taza? ¿Es que el café se sirve en taza?
Pues verá el señor, es que algunas personas prefieren el café en vaso y no en taza.
¿Y la caña se la sirve usted en taza?
Pues no señor.
Pues entonces…
Me marcho malhumorado y con destino a la barbería. Yo siempre me he cortado el pelo en la misma barbería. Soy algo maniático, lo reconozco. Algo maniático y bastante hipocondríaco. Con decirles que, para cortarme el pelo, pido que me suministren la epidural, por si me duele.
Al doblar la esquina veo, horrorizado, que han cambiado la barbería. Ahora, el poste vertical con su giro que hace alterar los colores rojo y azul, tan característico de estos locales, y que estaba situado a babor del alfeizar de una de sus ventanas ha desaparecido. Sobre la puerta de entrada un neón con pinta de puticlub dice: Edgardo’s Styling Shop.
Oiga, pregunto, ¿esta no es la barbería de Luis, un fígaro del Atleti al que no le gustaba Rafael de Paula?
¡Mercheeeee! Grita el peluquero, que tenía más pluma que un edredón, llamando a la encargada, mientras sube y baja la mano derecha como si bailara un imaginario yoyó.
Salgo de allí antes de que la tal Merche, como Eduardo Manostijera, salga  blandiendo sus armas. En la acera un par de hombres habla del golazo de Benzema al Liverpool.
Dirán lo que quieran del Ronaldo, dice uno de ellos -el que lleva un mono verde de jardinero-, pero donde esté el Benzema que se quiten el Cristiano, el Orzowei y hasta el Diego Costa
¿El Orzowei? ¿Y quién es el Orzowei?, pregunta el otro hombre, el del mono azul, un mono de color azul mahón con peto, un bolsillo en el centro y dos pequeños tirantes que se ajustan en un pequeño rectángulo de hierro.
El Messi, dice como si todo el mundo supiera quién era el tal Orzowey ¿No te has fijado que anda solo y de un lado para otro, como aquel Orzowei de los sesenta?
Perdona, le dice el del peto, pero yo en los sesenta aún no había nacido…
Oiga usted, me dirijo al de verde. Usted es jardinero de este barrio ¿verdad?
¿Quién yo? Dice como si le hubiera mentado a su madre. Yo no soy jardinero, caballero. ¿Es que usted es de los que va poniendo nombres a cada persona por su aspecto físico?
Usted perdone, le digo. Como lleva este mono que dice en la espalda Parques y jardines…
Pero yo no soy jardinero; soy paisajista. Lo dice mi contrato laboral.
¡Ah!, respondo. Claro, usted perdone. ¡Donde va a parar!
¿Y usted?, le pregunto al otro. ¿Usted tampoco es fontanero?
No señor. Yo soy técnico en fluidos. Pero no va usted descaminado. Antes sí; antes nos llamaban fontaneros. Era un nombre menos técnico pero mucho más poético. Derivaba de fontana, ya sabe usted…
¿Quieren ustedes tomarse un café conmigo? Yo les invito…
Pues se agradece.
Entramos en el bar. El camarero me mira de arriba abajo.
¿Qué va a ser?
Un café, digo yo. Un cortado, dice el jardinero y a mí me va usted a poner un café con leche, dice el técnico en fluidos.
¿En vaso o en taza?
La pregunta la ha hecho mirándome, directamente a los ojos. En su boca he querido descubrir un rictus leve, ligero, como de burla. Lo ha dicho, cargando la suerte, como quien no quiere la cosa.
Oiga, le dice el fontanero. Los cafés se sirven en taza, no en vaso. En vaso se sirven las cervezas y las cocacolas.
¿Y así, haciéndole usted un corte de manga, es como se rompió usted el antebrazo, verdad? Me pregunta el enfermero, mientras me escayola el brazo derecho.
Estos jubilados… murmura por lo bajo

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