LA MÚSICA, ESA COSA DIABÓLICA

images (1)

Yo no creo que la música sea una de las bellas artes. Es más, yo creo que la música,   en   su   origen,   fue   un  arte,  si  y  lo  sigue  siendo  en  su  raíz  popular -verbigratia- el pastor que, mientras vigila la rumia de sus ovejas toca, al vagaroso y etéreo aleteo de múltiples y coloristas mariposas, con deleite la ocarina, o la flauta de pan. Eso era música y no lo que se está haciendo desde que existen las radios, los tocadiscos, las SGAES. Eso no es más que un instrumento de tortura en manos de los gobiernos y de sus agentes diabólicos; los rusos y aún los norteamericanos.
La música se ha utilizado, desde siempre, para anular la psique del ignorante, del desocupado, del menos instruido. Los gobiernos utilizan agentes secretos que usted y que yo somos incapaces de descubrir. Por eso son secretos, claro… ¿De qué si no se han hecho millonarios José María Íñigo, o Joaquín Luqui, o Fernandisco o el propio Abellán?
Camareros, taxistas, locutores… menuda banda de hijos de puta. Uno entra a un bar. Se amorra en la barra y, como quien no quiere la cosa, grita hasta dejarse las anginas que quiere tomarse una caña y una tapa de chicharrones fritos. Cuando el camarero sordo –o con tapones en las orejas, ¡vaya usted a saber!-, le pone la caña, el cliente le dice: ¿podría usted bajar la música, por favor? El camarero, un argentino de Buenos Aires con pinta de psicólogo de perros a sabiendas que tiene detrás al FBI, a la CIA y al Francisco Paesa se pone chulo y contesta, cargando la suerte: está reservado el derecho de admisión, esteee cabashero si no le interesa, ¡largáte…! Oiga usted, contesta el cliente, que no hay ninguna otra persona en el bar y la música está altísima. Pero la estoy oshendo sho ¿sabés? Entonces el cliente, se la envaina, paga su caña sin haberla bebido y se marcha a respirar el aire contaminado y ruidoso de la Gran Vía.
¿Y los ecuatorianos? Tan pequeñitos, tan calladitos, tan uniformaditos. ¿Han visto ustedes alguna vez un ecuatoriano sin gorra de baseball. Yo creo que, con la alzada que tienen y esa uniformidad son, en realidad, cliks de famóbil. Le quitas la gorra al ecuatoriano y resulta que no tiene cabeza. Por eso no les hace daño el volumen de sus cascos. Porque esa es otra… ¿conocen ustedes a algún ecuatoriano que no lleve cascos? Para mí que, en una de estas, le quitas el tapón de la oreja y se desinflan. ¡Qué tíos!
Pues van todos en el metro con sus cascos, mirando como zombis al más allá y, del minúsculo espacio de entre sus orejas y los tapones o las cazoletas del casco llegan los alegres y bulliciosos sones de un ballenato, de un merengón, de una cumbia salsera ¿Qué le pasa al pequeño que no está moviendo la pelvis mientras escucha la música? Muy sencillo, está lobotomizado. Le han sustituido el oído medio (el martillo, el yunque, el estribo) por un hueso plástico de la casa Apple. Una  especie  de  iPAD  con  la  música  melosa, que no melódica de Gabi Espino –perdón, Juan, pero se llama así- y el top latino más sandunguero de Potosí. En lugar de membrana timpánica tiene el pellejo de un tambor de Calanda, y en lugar del estrato córneo una corteza de torrenillo. Sí, sí, señora mía… se dice torrenillo, aunque pierda usted todas las apuestas del mundo.
La música, ya lo dejé dicho al principio se hace para evitar que el hombre piense, para que no pueda concentrarse. Pongo otro ejemplo; un viaje en taxi por Madrid. El taxista, hombre reflexivo, demócrata-de-toda-la-vida, acostumbrado a complacer a sus clientes, lleva Radiolé a todo volumen.

Noches de bohemia y de ilusión
yo no me doy a la razón
tú como te olvidaste de eso.
Busco y no encuentro una explicación
solo la desilusión
de que falso fueron tus besos.

¿Usted sería capaz de ir memorizando, mientras los Navajitas Plateás van desgranando lo falso que fueron los besos de sus churris el desarrollo legislativo de la Seguridad Social? No, claro… Para eso se necesita tranquilidad, y no tener la radio puesta en un receptáculo como un taxi. Obsérvese que no se ha utilizado el ejemplo del taxi y Jiménez Losantos. No pretendía ser ventajista. Cuando uno escucha música está incapacitado para pensar a la vez. Esa es una verdad empírica. ¿Se imaginan ustedes a una persona leyendo a Immanuel Kant, no sé… la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, o cualquier otra cosa ligera y escuchar a la vez a Obús, o a Leño? Es que es de cajón, ¡vamos!
Ahora, que si lo que pretende Mariano…. -por cierto ¿dónde está Mariano?- decía que si lo que pretende Mariano es hacer un ejército de clones de Arias Cañete debe prohibir la música. Yo creo que Miguel Arias Cañete sacó adelante la carrera de Derecho, desde los Jesuitas de Chamartín, donde se comió, en tres años, más de quince mil bollycaos y dos arrobas de Panteras Rosas y no escuchó, jamás, la radio. Es la ventaja de masticar continuamente, que si lo haces no puedes llevas cascos en las orejas, porque te bailan y se te caen. Cañete, por ello, pudo llegar a Comisario de la cosa energética en Bruselas. A ver si vamos tomando ejemplo. Si tiene usted un hijo puede elegir: o que sea Arias Cañete, comisario europeo y cliente del año de Panrico o Frank Gonsales, rapero algo sordo y parado que se pasa el día con el chándal y la visera de lado en el banco del parque del barrio del Pan Bendito. Usted mismo. Pero luego no diga que no se le avisó…

Anuncios

Los comentarios están cerrados.