UVA MENCÍA. LÁGRIMAS DEL BIERZO

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Teodomiro, obispo de Le Puy en Velay, se levantó muy de amanecida impresionado por el sueño que acababa de tener. Había visto como, en una playa del finisterre gallego, una urna de mármol, un pequeño féretro de piedra, fue arrastrado hasta el restaño de la playa y, una vez allí, salía de él una luz verdecina; una luz similar a la de la aurora boreal que, leve y vagarosamente, avanzaba hacia un campo de estrellas junto a un montículo rodeado de robles, de chaparras carrascas y de alguna que otra haya retorcida. Allí formó una vía estrellada que se detenía sobre un terreno.
Enseguida supo el obispo que aquella señal se la enviaba el mismo Jesús desde los Cielos. Era la señal que le había venido pidiendo desde que, en aquel viejo y destartalado convento comenzó su vida de oración. Esa señal no podía ser otra que la que él le pedía, cada día, al Señor.
Dadme, Señor, una señal; mostradme la luz del lugar donde está el cuerpo de nuestro señor San Yago y yo, si os complace, levantaré en ese sitio una iglesia que será la envidia de la Cristiandad toda.
El obispo reunió, de urgencia, al clero a sus órdenes. Desde el último sacristán hasta el deán de su propia iglesia.
Vamos a recorre el camino que va hasta el finisterre; hasta ese campo de estrellas donde ha aparecido el cuerpo de nuestro señor San Yago. Vamos a levantar, a lo largo del camino, conventos, hospitales, albergues para los millares de peregrinos que se acercarán a ver el prodigio.
La curia no daba crédito. Los viejos monjes, los jóvenes curas, los frailes barrigudos, acostumbrados al cómodo aposento de la vieja diócesis, se revolvieron en sus sitiales.
¿Cuánta distancia hay, señor obispo, hasta esas tierras? ¿Sabrá usted que aquellas tierras están pobladas de bárbaros sin gobierno que atacarán nuestra caravana?
Lo sé, lo sé, monseñor, dijo el obispo. ¿Acaso Dios, Nuestro Señor, cesó en sus intenciones de dar a conocer Su palabra, por el peligro del viaje? ¿No es nuestra gloriosa misión ofrecer nuestras terrenales carnes para mayor Gloria del Señor?
Ciertamente, ilustrísima, pero ¿no será un sueño del diablo el que os confundió?
Vos, señor arzobispo, permaneceréis aquí, en esta nuestra sede, gobernando la misma. Si fuera diabólico el sueño que he tenido os libraréis de él, ahora que si fuera un sueño provocado por Jesús, tendréis tiempo de hacer penitencia y pedir perdón por vuestra cobardía.
El obispo Teodomiro dio las órdenes oportunas y tras ajaezar asnos y mulas para llevar la comida, y las escasas propiedades que poseían: una estameña de repuesto y un par de sandalias más por cada peregrino. La idea era llevar la menor posesión posible. Los demás animales fueron cargados con las herramientas propias de canteros, albañiles y talladores que iban a ir fundando iglesias, conventos y hospitales a lo largo del camino. El obispo, como siempre hacía cuando paseaba por la sede episcopal, se hizo acompañar de Cigala, su pequeño perro.
Años después de la marcha, el obispo se encontró, una buena tarde en la puerta de una hondonada que hacía el terreno entre montañas. Era una tierra fértil, verde y sombreada; con una temperatura constante. Una tierra para ser habitada por hombres y mujeres en la paz del Señor. En una de las aldeas el obispo paró y preguntó al cacique del pueblo si le permitirían fundar un albergue para peregrinos. El cacique contestó que, siempre que fuera a sus expensas, el pueblo no se opondría.
¿Cómo llamáis, señor, a estas tierras?
El Bierzo, le decimos, señor obispo
Pues quede bendecido él y sus habitantes.
El obispo dio las instrucciones pertinentes para que comenzaran las obras. Tenía que ser un albergue grande, construido en piedra del lugar. La viguería debería ser en castaño, tan abundante por los montes de la zona. El maestro de obras, sus tres hijos y una docena de peones quedaron encargados de construirlo y seguir, posteriormente, el viaje. El obispo continuó viaje y, apenas caminadas unas leguas más allá de aquel pueblo, hicieron un alto en un monte cubierto de piornos y brezos. Los peregrinos, por sentarse, amontonaron unas piedras y, sobre ellas, colocaron una cruz de hierro. El monte, que era llamado monte de Mercurio pasó así, a llamarse monte de la Cruz de Ferro. Allí, sobre el montón de piedras Teodomiro fue informado de que Cigala, su perro, se habría perdido. Al obispo se le nubló la alegría del rostro. Hizo parar el cortejo y esperar, al menos dos días, por si aparecía Cigala. Una embajada fue enviada hasta el pueblo anterior por ver si el perro se habría quedado, despistado, por allí. No fue así. Dos días después, con el corazón destrozado por la pena, el obispo Teodomiro mandó retomar la marcha. Del perro no volvió a saberse nunca más.
Tras fundar, a lo largo del camino, los suficientes albergues, asilos, hospitales y conventos el obispo llegó, finalmente, a Compostela donde esperó al resto de obreros que acababan la red de albergues del camino y, a lo largo de una serie de años, comenzaron la construcción de la catedral de Santiago. El obispo, cuando todo ya estaba perfilado y perfectamente organizado, retomó el camino de vuelta. Iba, tan solo, acompañado de un par de curas y media docena de muleros que daban servicio al séquito. Al llegar al lugar que llamaban El Bierzo el obispo recordó, lleno de pena, a su fiel perro Cigala. Cuando llegó al albergue que ya estaba finalizado en Molinaseca preguntó al cura que lo regentaba si se había vuelto a tener noticia de Cigala, o se había visto, por la comarca, a un perro sin amo de sus características.
Pues verá usted, señor obispo, nosotros nunca lo vimos, pero la gente -ya sabe usted cómo es la gente de impresionable- cuentan y no paran de un prodigio que, usted mismo va a comprobar. Estas uvas negras que usted puede degustar empezaron a aparecer, de buenas a primeras sin que nadie se lo explicara.
Están muy dulces y son muy buenas, dijo el obispo.
Y hacen un vino, ilustrísima, extraordinario. Pruébelo su ilustrísima
El obispo Teodomiro probó el vino y comprobó que, efectivamente, no tenía nada que envidiar a los mejores que había probado en su vida.
¿Y cómo dice usted, señor cura, que se llama esta uva?
Aquí la dicen Mencía, ilustrísima, como el nombre de Nuestra Señora. Al parecer, y según cuentan los aldeanos, por estos pagos había un pequeño perro abandonado o perdido de sus dueños que, dolorido por la pérdida de su amo, lloraba a lo largo del camino mientras le buscaba infructuosamente. Nuestro Señor Santiago, que se apiadó del mismo, convirtió sus lágrimas negras en simiente de uvas que, tras las lluvias, se enterraron en un pago de terreno pedregoso que hay en aquella ladera y donde el perrillo parece ser que perdió a su amo. De allí mismo brotó una viña de uvas de este color.
Es una preciosa historia, señor cura. Es posible, que nuestro Señor San Yago se hubiera apiadado del pobre Cigala y premiara su lealtad con la conversión de sus lágrimas negras en uvas. Yo mismo rezaré por él y porque estas uvas, que son tan extraordinarias para hacer vino, y que tengan así, por la Misericordia de San Juanín, mártir que fue en vida, el pobriño, la bendición de nuestro Señor San Yago por los siglos de los siglos…
Amén, dijo el señor cura.

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