EL SENTIDO COMÚN

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En España, en lo que queda de ella, hay una más que evidente falta de frontispicios, de enormes y lustrosos mármoles donde grabar a fuego y con preciosas letras forradas de pan de oro, los remoquetes, las frases hechas y los refranes más circunspectos y vacuos del rico acervo nacional. Son máximas o motes que darían lustre al blasón añejo, al marmóreo escudo de armas que, como si fuera el número del portal, se colocan ahora en esos chalets del extrarradio que dicen “adobados”.
Una de esas frases, que tiene una gran aceptación popular, es aquella que dice que “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Las gentes, cuando lo dicen del tirón y sin trabucarse, miran a la audiencia con displicencia y cargando la suerte; sonríen en busca de una sonrisa cómplice, de un rostro que denote aprobación. Si esta se produce el sabio arruga la palma de la mano y con evidente satisfacción echa el vaho de su boca sobre las uñas para, posteriormente frotarlas, sacando brillo, contra la pechera de su camisa.
¡Ahí queda eso!, se dice. Quien pueda que lo mejore.
Pues siento decirle a usted, mi querido y ocurrente amigo que, al contrario de lo que les pudiera parecer a los ingeniosos, el sentido común no solo no es el menos común de los sentidos, sino que es el más generalizado de ellos. Me explico…
Todos conocemos gentes –conserjes, afiladores, chulos de toril, limpiabotas, arquitectos, suripantas- llenos de sentido común y, también conocemos gentes sin ningún sentido común y a los que, encima, les está vedado el tenerlo. Estos señores ejercen de jueces, de policías, de médicos, etc.
El país, o por decirlo a lo Podemos o a lo republicano catalán, el “poble”, quisiera que los notarios, los cirujanos cardiovasculares, o los banqueros por citar un gremio al albur, tuvieran sentido común, muchísimo sentido común pero eso, claro está, no es posible. El sentido común es la generalización, la banalización, la antiespecialización de los sentidos y no debe ser reclamado a los que precisan, por mor de su responsabilidad, de agudizar el resto de sentidos, de todos ellos. Seamos sensatos –que ese sí que es un sentido inexistente y reclamable- y no pidamos peras al olmo de quienes han de ejercitar su sentido clínico, o jurídico o financiero en base a unas normas, a unos procedimientos.
Un registrador de la propiedad, un notario, un juez debe aplicar la ley de forma estricta y ajustada al espíritu mismo de la Norma, con rigidez, sí; con Justicia; también, pero no con sentido común. Un cirujano, que se enfrenta a la obstrucción de una arteria debe hacer aquello para lo que está capacitado sin pararse a pensar si es de sentido común o no realizar el bay-pass o cortar y volver a unir los dos trozos de vena sajados. Al menos yo no se lo demandaría si fuera el ocupante de la camilla. El médico, lo que debe hacer es aplicar toda su ciencia y su pericia sin ambages y sin sentido común.
El sentido común es un sentido de la gente común, de quienes hacemos cosas comunes. Es un sentido que se deben –nos debemos- permitir los gobernados, por ejemplo; pero nunca los gobernantes. Al decir gobernantes no me refiero, por supuesto, a los políticos, que no son sino personal gobernado por el aparato de sus partidos, sino de quienes tienen que tomar una decisión basada en una norma o en una urgencia y, cuya responsabilidad, está al alcance de ellos exclusivamente.
Hay -¡ay!-, claro está, gentes que quiebran esta hipótesis; son aquellos que tienen –o no, según les convenga- sentido común y no son ni gobernados ni gobernables. Me estoy refiriendo, claro, a las clases pasivas de la ética y la honradez: los liberados sindicales, los políticos en el ejercicio de sus míseros cargos –alcaldes, concejales, diputados provinciales, etc-, los consejeros de empresas e instituciones públicas, los contables de los partidos, los diputados y senadores que, aunque tienen un jefe de partido, de clan, de tribu, sólo están gobernados por la laxitud de sus conciencias o por la grasa con la que, en forma de billete de banco, alimentan el engranaje del partido y de sus mantenedores.
Es posible, y estoy seguro de que es así, que el sentido común es la última esencia de los demás sentidos, un poco como ocurre con la cultura y, su prima hermana, la educación; aquello que va quedando cuando se olvida lo aprendido en la infancia, en la escuela, en la mesa camilla de casa. Aquella semilla que brotó en nosotros y que, con nuestros padres, se perdió bajo la tapa fría y gris del mármol que los cubre.
¡Vayan ustedes a saber por qué…!

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