LO PRIMERO, ES ANTES… Don Antonio Machado, poeta de Soria

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Mi buen amigo y capitán, don José María Aldea Romero, que es un enamorado de la obra y la figura del poeta soriano nacido en Sevilla, don Antonio Machado, me pidió en su momento, que yo plasmara aquí mi parecer; una tesis que yo mantengo, sobre un verso de don Antonio que difiere, en mucho, de la tesis de otros estudiosos de mucha más enjundia que este pobre cronista. Si yo fuese tan insensato lo intentaría, pero no; no voy a hacerlo. ¿Se imaginan ustedes, a un pobre hombre –casi jubilado ya- intentando explicar aquello que tan explicado dejó don Antonio en su obra? No; no voy a hacerlo. Su obra, que ahí está, no hay mejor forma de explicarla que leerla miles de veces, si hiciera falta, pues con cada lectura se aprende, mejor aún… se aprehende, algo nuevo.
La provincia de Soria, en especial su capital, es el terruño donde se plasma la gran mayoría de la obra de don Antonio. Soria tiene su aire y sus pulsos; sus filias y sus fobias, como las tienen París, Lovaina y hasta Erbil, la capital del Kurdistán. Soria tiene su aliento y su olor; su calor y su sabor. Soria también tiene su poeta, que se llamó don Antonio Machado, lo mismo que París tuvo a su Charles Baudelaire, Lovaina tuvo a su Arnulfo de Lovaina, poeta y monje y Erbil, la capital del Kurdistán tuvo a su poeta que se llama Ahmed Arif. Lo malo, para don Antonio es que Soria, o Castilla, o España; no son París y Lovaina o Erbil, la capital del Kurdistán; pueblos que leen, respetan y veneran a sus poetas. No; Soria y Castilla y hasta España tuvieron a don Antonio y le mandaron al exilio. Tuvieron a Federico y a Miguel y los fusilaron. Tuvieron a Rafael y a tantos y tantos poetas y los echaron fuera de sus fronteras. ¿Su delito?; cantar a la libertad.
Don Antonio Machado fue el poeta que dio voz al Duero, que hizo sangrar, milagrosamente, con una leve y verde hoja de vida, al olmo herido por el rayo. Don Antonio sacudió, desde lo alto del Mirón -desde esa atalaya pétrea en la que contemplara extasiado la curva de ballesta de su río- la polilla de las conciencias provincianas, de aquellas conciencias de casino y sacristía que vieron a Cara Ancha recibir un día*. Don Antonio nos recordó que aquel hombre, aquel español que aterró a España, no era de ayer o del mañana; sino de nunca, de la cepa hispana.
Don Antonio fue ese maestro de escuela que todos los que cumplimos una edad conocimos en aquellos tiempos de sabañones, pan negro y sucedáneo de malta. Ese maestro que tuvo que luchar contra la incuria de un tiempo de fuego y acero, de un tiempo de delación, de un tiempo de obuses, de un tiempo –finalmente- de campo de concentración y de juicios sumarísimos. Don Antonio fue maestro de una escuela que, en Soria, graduaba en miseria; en peritos de fugas; en exiliados interiores y exteriores; en futuros inadaptados en tierras que ya nunca sería la suya. Don Antonio comprobó, con tristeza, que de Soria se iban los mejores de sus hijos para no volver jamás. Mientras don Antonio repartía generosamente su magisterio en aquel instituto de la Aduana Vieja, 12 mataba el hambre de las tripas y el hambre del alma paseando el Duero por la banda de San Polo. Junto a los arcos románicos de San Juan de Duero y hasta San Saturio; por la alameda arriba y abajo y, finalmente, desde el Collado hasta la plaza Mayor.
Don Antonio fue el poeta de los campos de Castilla, de los paisajes ocres y secos de Soria; el poeta del verde pinar de Alvargonzález, el poeta del sarmentoso majuelo retorcido, similar a aquellas manos mal enterradas de las cunetas y los valles y barrancas. El poeta que, al fin, tuvo que exiliarse para evitar no ya que le mataran –muerto estaba en vida en esa España de grises opacos; en esa Soria en blanco y negro; en esa Castilla sin futuro- sino para evitar que esa España de cartilla de racionamiento, de estraperlo y de denuncia le hiciera suyo.
Don Antonio Machado supo descuartizar, como nadie, el cuerpo inerte de aquel cadáver que se llamó España y, con el escalpelo de su verso, hacer una autopsia perfecta de aquel muerto en vida que se llamó Castilla. Don Antonio Machado, con su verso, con el pincel de su pluma que Dios guiara, pintó de luto a Soria, a Castilla y a España entera.
Ahora, esa Soria, esa Castilla, esa España descubre a su poeta; lo celebra y le hace homenajes continuamente. Esa Soria, esa Castilla, esa España que procesiona al pequeño cementerio francés de Colliure se pregunta si no deberían estar sus restos, junto a los de su madre, con su querida Leonor en El Espino, y don Antonio, desde el lugar que nos contemple, seguramente el Cielo –él era, en el buen sentido de la palabra, bueno- se negará a abandonar su tumba: lo primero, es antes, señores… Quien quiera analizar sus palabras, que lo haga. Pero no seré yo, querido José María, quien interprete a don Antonio. ¡Estaría bueno…!

(*) Fue un 19 de junio de 1881 ante el toro Calceto, en Madrid. José Sánchez del Campo, conocido en la tauromaquia como Cara Ancha, mató al toro de frente, recibiendo, y con los pies quietos. El estoconazo fue apoteósico y don Antonio, harto de escuchar el relato lo incluye en su poema “Del pasado efímero”, incluido en Campos de Castilla.

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