AMANECE EN CARABANCHEL

06rotondanortevalencia

Un hombre sale temprano de su casa. Va a trabajar. Este hombre va contento al trabajo. Es mayor; casi hasta viejo. Pronto, en siete semanas, va a jubilarse. Son las 7,30 y el día está precioso. La luna, está casi llena. El cielo se tiñe de un color anaranjado y los pajarillos cantan, las nubes se levantan que sí, que no… La temperatura es suave; apenas 23 grados. Si ese hombre pudiera conectar con los dioses; con los trasgos y las brujas traviesas de los bosques húmedos de hayas y robles; con aquellos manes benévolos que hablan con los difuntos del cementerio de Carabanchel, no hubiera podido encargar un día mejor que el que amaneció este ocho de septiembre.
El hombre va sentado en su coche. Está oyendo la radio y, cuando se pone su semáforo en verde arranca suavemente. El coche de su derecha también arranca de forma suave. Están cruzando la avenida de Los Poblados para seguir por la Vía Lusitana hacia el polígono de Aguacate. Ambos miran hacia su derecha. No tienen por qué hacerlo pues el semáforo está en verde. De pronto ¿una persona?, a bordo de una furgoneta de reparto se salta el semáforo. No uno; no. Dos semáforos sin parar. Es más… para evitar parar ha acelerado aún más. Viene, bajando a toda velocidad -90, 100 o más kilómetros por hora- en dirección M-30. El coche de la derecha del hombre que va a trabajar hace de pantalla y libra -¡gracias sean dadas a Dios!-, al hombre casi viejo de un impacto directo. Su coche es partido por el centro y, del rechace, alcanza el coche del hombre mayor que va a trabajar haciéndole dar varias vueltas, como una peonza, y acaba encima del césped de una rotonda; casi, casi como si fuera una de esas mamarrachadas que esculpen en las rotondas de Leganés y otras localidades. Monumento al hijoputa que se salta los semáforos, podría haberlo titulado.
El golpe ha sido terrible. El coche ha quedado destrozado. Las ruedas han reventado, la chapa casi ni existe, los ABS han saltado y el hombre mayor se encuentra atrapado y en medio de una pulvurenta atmósfera que le ahoga. A pesar de haber visto al canalla que se ha saltado el disco no entiende qué ha pasado. Nota dolor de cabeza, eso sí; pero nada más. Mueve los dedos de ambos pies por ver si los tiene agarrotados y en su sitio. Funcionan. ¡Menos mal! Los de las manos también están bien. Tan solo un pequeño dolor en una rodilla, en los nudillos y una jaqueca más que curiosa. Eso es todo.
Viene la policía municipal. Organizan las asistencias de los heridos: dos ambulancias, bomberos, dos coches patrulla. Sobre las cabezas de los accidentados suena el tras-tras de las hélices de un helicóptero. ¡Coño!, piensa el viejo… si parece Beirut. El loco está golpeado ligeramente, Dios Nuestro Señor, además de justo es necesario pero siempre ¡vaya por Dios! se queda corto… El otro pobre hombre resulta ser un currela que ha perdido su medio de transporte y, por ende, su medio de vida hasta nuevo aviso si es que Tráfico, o quien sea, no decide darle siniestro total y recibir, a cambio de quedarse sin coche, una pequeña indemnización que ya no le será suficiente para comprar otro coche con el que trabajar. Nadie le hace, al canalla, pruebas de alcoholismo, ni de drogas, ni de nada… Viene un coche de su empresa –reparte productos de medicina nuclear- se lo lleva y dejan el coche para que lo retire una grúa. Los guardias vigilan para que no se produzcan más golpes. Viene una furgoneta del Servicio de Limpieza que retira los trozos de chapa y plástico que están repartidos por el suelo. Echan unos productos de limpieza y se van tras empaparme los pantalones de detergente y de agua sucia.
Mi coche también es retirado por una grúa. Me llevan a un hospital para ver si estoy entero o no. Yo creo que sí, pero ¡quién sabe! Dos horas después salgo a la calle tras un par de radiografías, un ibuprofeno y un resguardo para mi empresa. ¡Vaya!, al menos no me van a quitar media hora…
Hoy, he vuelto a pasar por el mismo sitio. Aún quedaban algunos restos del naufragio. Amanece sobre Carabanchel. Miro a la luna y ahí está… Enorme, sobre los tejados, haciendo tililar la tenue luz del amanecer. El tiempo es fresco y hay un poco de brisa. El día es tan fantástico como el de ayer.
El hombre, quizás el último hombre que se conforma con diez de pipas en lo que queda de España, sigue pensando en jubilarse anticipadamente si es que los locos y los policías que pone Botella para evitar atascos y golpes de los mirones lo permiten. ¡Aquí, el que no se consuela es porque no quiere…!

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