ESA SÍ QUE ERA UNA TRIPULACIÓN, ALDEA

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El capitán silbó a Torrenillo, el loro que siempre llevaba en el hombro y ambos -el uno sobre el otro, como es de ley-, subieron al puente del viejo clíper. El Ribera, nombre del barco que fue heredero de aquella Scottish Maid, la goleta botada en la escocesa Aberdeen, en el año de la batalla de Ramales y del Cutty Sark, en la actualidad museo flotante está listo y aparejado.
El Ribera es un barco rápido, ágil, veloz. Su aparejo –jarcias, velas, vergas y palos- están prestas y desplegadas para recibir el empuje del viento. El pirata acomoda su garfio; ese garfio que suple a la mano perdida, en lucha desigual, contra el inglés en Singapoore. Ya no se puede rascar, como hacía antes mientras maniobraba para salir del puerto pero, por el contrario, le viene muy bien a lo hora de descorchar el vino o el ron. ¡No hay mal que por bien no venga!
El capitán saludó al piloto quien ya estaba en el puente con el timón en las manos y este, con su ronca voz aguardentosa, le dirigió las sabias palabras con que daba siempre los buenos días: Bendita sea la luz y la Santa Vera Cruz; y el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad; bendita sea el alba y el Señor que nos la manda; bendito sea el día y el Señor que nos lo envía…
Muy bien, Quevedo, saludo a la pilota, salgamos hasta el morro del puerto y enfilemos nor-nordeste, rumbo a Sant-Pierre et Miquelon, aquél archipiélago que los portugueses, -cantantes de fado y morriña- llamaban de Las Once Mil Vírgenes. El Ribera cabeceó al salir del puerto y enfiló la ruta ordenada. Enfrente Terranova, a la banda de babor la isla de Langlade y a la de estribor la Île Saint Pierre.
Llevaban menos de una hora de navegación cuando se cruzaron con la goleta del capitán Chaleur, un barco de bruma que anuncia las grandes tempestades, las galernas en las que los navíos quedan desmantelados sobre un arrecife o preso en un bajío mientras la marinería se encomienda a San Telmo, a San Balandrán o el propio San Olaf para que les concedan el tiempo suficiente para echar los botes al agua o, para rezar -las manos enlazadas- la última Salve con que evitar el perolo inmundo y grasiento de Pedro Botero.
El capitán mira al viejo pirata ferroviario quien, sentado sobre la cadena del ancla, pesca cangrejos y nécoras; centollas y lubrigantes a puro pulso de tripa de sardina. El viejo pirata y el marmitón son gentes de secarral y barbecho que llevan ya hechas muchas guardias a bordo conjuntamente. Esta tripulación –piensa el capitán- no es una tripulación al uso; piratas de aquellos que vagaban de taberna en taberna esquivando la Mancha Negra y trasegando ron y aguardientes sin filtrar. Ahora la tripulación es voluntaria, una tripulación que no dice enrolarse, sino apuntarse. Una tripulación que no sabe que la mar del Gran Sol ya no es aquella mar del Gran Sol y los piratas de Cornwall ya no son los piratas de Cornwall, los hombres más bravos de toda la marinería; aquellos hombres que, con un gato de siete colas terminados en plomo en la diestra y un chuzo de abordaje en la siniestra, eran capaces de mantener a raya a una tripulación de ochenta negros, treinta chinos y los dos líderes de Podemos.
¡Aquéllos sí eran marineros! Marineros que no dudaban en atacar al mismísimo Palestina, con su holandesa ardiendo, medio desvencijado, que se levantó en Block Island, donde naufragara para ir sembrando de desolación y muerte todos y cada uno de los cinco mares en los que actuaba.
¿Y es cierto, mi capitán, lo que le pasó al tuerto Simeón, el marinero normando que perdió un ojo porque salieron caras en una moneda china que no tenía cruces?
Es cierto y bien cierto, marinière Sanz. Aquellos eran hombres resueltos y que, cuando la suerte salía esquiva, sabían pechar con la mala fortuna. Cuando el marinero Simón pidió cruces, mientras volaban las monedas chinas, y salieron caras, se vació el ojo con el rabo de una cucharilla de de plata de un juego de café robado al propio Barbarroja. Una apuesta era una apuesta y la palabra de un corsario era palabra de honor. El marinero Simón envolvió su ojo en una servilleta de cuadros pringosa de aceite sucio de atún y migajas de pan ácimo.
Entonces los chinos, descojonados de risa, palmeando sobre sus cortas piernas curvadas, le dijeron que las monedas no tenían cruces… ¡Dios!, la que se armó… Volaron banquetas, se abrieron navajas, se rifaron hostias a mogollón y sonaron hierros de viejos sables, dagas y espontones y la cosa sólo amansó cuando le dijeron que, con un solo ojo no podía ver más que una de las caras, por eso la otra no existía.
¡Ah, bueno!, dijo Simón. Eso se avisa y nos habíamos ahorrados las bofetadas…
Así eran los hombres en aquel viejo clíper pirata antes de que se “apuntaran” al rol del capitán Aldea, tan ambigua y transversal tripulación.
Esos eran hombres, Aldea, y no los de Nocilla: fuertes, alegres y deportistas.

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