CUATRO CAMINOS. AÑO 1917

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Había anochecido cuando don Cancio Berenguer Zarzeno abandonó el Salón Luminoso. El paseo de Ronda estaba escasamente iluminado y, en el punto donde esperaban los simones, los caballos resoplaban echando por los ollares unas vaharadas grises y cálidas que daban una mayor sensación de frío. De vez en cuando, algunos de los caballos, golpeaban los cascos contra el adoquinado levantando pequeñas chispas. El Salón Luminoso había organizado una función en beneficio de doña Josefa Cabo.

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No; don Cancio no sabía, en realidad, quién era doña Josefa Cabo, ni tampoco conocía a Catalina Ibor o a sus familiares, a los cuales estaba dedicada la función. Don Cancio, a quien conocía era a los hermanos Sipos, don Salvador y don Evaristo. Los hermanos Sipos llevaban unos años ya dedicados a la organización de estos eventos. Don Serafín, era algo amigo de don Cancio y le mandó una invitación, con un pequeño billete, en el que le pedía que acudiera a la función para presentarle a la señorita Zabala, que actuaba en el drama “La obrera del tejar”. La señorita Zabala, al parecer, tenía cierta información sobre un joven que, años antes, había dado que hablar. El joven en cuestión se llamó, mientras vivió, Mateo Morral.
Don Cancio se entrevistó con la señorita Zabala durante el ambigú que se sirvió al finalizar la función y que, como decía el programa, era por cuenta de la beneficiada quien –y perdonen el chismorreo- no era excesivamente desprendida. La señorita Zabala no pudo aportar dato o prueba que facilitara el trabajo de don Cancio, escritor que preparaba un libro sobre el atentado real de aquel final de mayo de 1906.
Mire usté, señor escritor, dijo la señorita Zabala. Yo le digo a usté que al Mateo Morral servidora de usté le vio varias tardes en el merendero del Canuto, aquí en la glorieta de Cuatro Caminos. Era cierto que se pavoneaba sobre la que iba a armar. ¡Y tanto que la armó!. Pero ese otro señor que usté me dice. ¿Cómo dice usté que se llamaba…?
Pablo Iglesias.
Eso. Al Pablo Iglesias le recuerdo bien. Era un tipógrafo con cara de viejo que venía del Hospicio. No, nunca le vi por aquí. Si que le veíamos salir de la imprenta esa que se llama baila-baile…
Bailly-Baillière, señorita
Pues eso. Qué más da. Esa que estaba en Bravo Murillo, digo… El caso es que al impresor no le vi nunca por Ca el Canuto. Ese era más serio y menos fantasma que el Mateo y era más de acudir a la dehesa de Amaniel. Siempre estaba rodeado de obreros y, con esa barba blanca, parecía un viejo.
¿A casa Canuto, dice usted que no acudía?
No señor. Iban al soto de Migascalientes, junto al río. Los socialistas son muy de tortilla y manta en el campo, no como los anarquistas. También solían ir al Partidor, que estaba en el paseo de Aceiteros, junto al partidor de aguas del Canal. Si no estaban por allí estaban en La Alegría; El Pañuelo; Blanco y Negro; Chumbica –si habían cobrado, ya sabe usté-; La Luna; El Madrileño; Mur; Aguilera; La Paloma; La Raza Latina; el Ventorro del Manco; Los Gabrieles de la Dehesa; Casa Rogelio; La Lidia… En fin, ya sabe… En Angulo nunca; claro. Ese es un sitio para más jayeres, usté ya me entiende, dijo mientras se frotaba los dedos índice y pulgar de su mano derecha.
Muchas gracias por su colaboración, señorita.
Don Cancio se marchó ofuscado por la pérdida de tiempo. Era imposible recabar más información. Si al menos, se dijo, se hubiera podido demostrar algún tipo de contacto entre el anarquista y el socialista. Pero me parece que voy a tener que olvidar esa línea. La huelga general revolucionaria de 1917 fue organizada por anarquistas y socialistas y, sigo pensando que el atentado contra Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia, podría haber sido un primer acercamiento entre los dos grupos que, tras lo fallido del mismo, les llevó a la huelga del 17.
Don Cancio paró un momento en una de las esquinas y estuvo posando su mirada, largamente, sobre la glorieta. Aquí, un 13 de agosto de 1917, va a hacer casi dos años, panaderos, gañanes, albañiles, mozos de cuerda, se reunieron para reclamar la bajada de precios de los productos básicos y la subida de los míseros sueldos.
Los políticos, hampones sin alma, ordenaron a la fuerza pública y al ejército desalojar la plaza. Los obreros levantaron barricadas y, apoyándose en las tabernas de la plaza, donde les daban de comer y beber, se hicieron fuertes. Desde las barricadas apedreaban a los tranvías que pasaban cargados de esquiroles y a los comercios que no se unían a la huelga. Los políticos –decía- mandaron cargar al ejército el cual, apostado con ametralladoras en los espacios estratégicos abrieron fuego sin ningún tipo de miramiento. Murieron obreros; si. Pero también murieron mujeres y niños a mansalva. El resultado fue que la revuelta se extendió al vecino barrio de Tetuán de las Victorias; la Prospe; la Guindalera o Chamartín donde continuaron los disturbios, los tiroteos y las detenciones.
La fuente de la plaza, con sus dos pequeños pilones laterales, se convirtió en un charco de sangre. Los muertos eran sacados en carros de mano por los trabajadores. La policía, rebasada por la violencia empleada, permitía a los obreros retirar a los muertos y heridos. Ambas facciones lloraban de forma desconsolada…

Perdón, caballero, ¿podría usted darme fuego?
Sí, como no. Espere un momento, que ponga una señal al libro. No me gustaría perder el hilo ahora que está lo más interesante.
No se preocupe. No hay prisa. ¿Qué está usted leyendo?
Pues mire usted, es un libro sobre la glorieta de Cuatro Caminos y los barrios limítrofes. Es una crónica de entre siglos.
¡Ah!, dijo el fumador… Don Cancio Berenguer Zarzeno.
¿Lo conoce?
Sí señor. Yo soy historiador. Lo estudiamos en la facultad. Tenía una curiosa tesis sobre la participación de socialistas y anarquistas en el atentado de Alfonso XIII.
Pues sí, es cierto. Lo acabo de leer. De vez en cuando paro la lectura y trato de imaginar, mientras leo el libro en la misma glorieta, dónde se produjeron los hechos de la llamada Noche de san Daniel y la posterior huelga general revolucionaria.
Pues mire usted, le dijo el joven. Aquella calle, hoy Raimundo Fernández Villaverde, era el paseo de Ronda. Aquella otra, que hoy es la avenida de la Reina Victoria, llevaba al paseo de Aceiteros y esta de aquí, que luego se llamó Bravo Murillo, era O’Donnell. Del resto ya no queda casi nada. Toda ha cambiado.
Pues muchas gracias, joven.
Gracias a usted. Por el fuego, ya sabe… Que pase usted un buen día.
Igualmente. Adiós. Buenas tardes.
Adiós, y que el libro le sea de provecho.
Por favor, le dijo cuando el joven ya se marchaba. Si usted me lo permite…
Diga, diga.
¿Le podría hacer una pregunta?
Claro que sí; dispare, dijo sonriendo.
Usted cree que hay, en estos momentos, algún tipo de similitud con la situación de entonces. Ya sabe, esto del 15-M en la Puerta del Sol…
Bueno, esa es la pregunta del millón. Ahora “disfrutamos” de precios altísimos, salarios paupérrimos, los políticos siguen siendo la misma gentuza y, por si era poco, hay otro Pablo Iglesias. Lo mejor, si es que hay algo bueno es que, ahora, el pueblo está acostumbrado a la democracia y no está por la labor de exigir sus derechos. Pero si no corregimos, entre todos, vaya usted a saber cómo puede terminar…

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