LA FRUSTRADA BODA DE LA SEÑORITA LANCHESTER

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Don Genaro, que no es un compañero del asilo o un alter ego de don Dimas o don Matías, sino don Gerardo de la Fuente, gijonés gozoso y sufrido viajero del Alsa, amén de seguidor del Sporting de Gijón, -el pobre-, nos ha apuntado hoy que, en El Comercio, se hacen eco de una noticia ocurrida en Connecticuc, Estados Unidos de Norteamérica del Norte. Al parecer, la señorita doña Alex Lanchester, joven aún de buen ver y mejor palpar; entrecana en rubio mechado y con carita de tarta de boda, se ha visto plantada por su novio, el joven don Tucker Blandford, también joven y con cara de alelado, pendiente de circonita en una oreja, gafas de tendero que maneja con destreza la guillotina de cortar bacaladas y birrete de universidad de pago. ¡Loado sea Dios!
Doña Alex, que ya tenía compradas las invitaciones, los trajes horteras de color Rosa Díez para sus seis damas de honor y el smoking azul purísima y las camisas escaroladas en el mismo tono de los testigos; doña Alex, decía, se ha quedado con su níveo traje de novia colgado de la percha como una futura y alba mortaja al recibir una llamada de su novio quien, haciéndose pasar por su futuro suegro, le informaba que su futuro esposo había muerto. Y no estaba muerto; no… Que estaba tomando cañas, que cantó Peret.
¿Cómo descubrió el pastel la joven Alex? Pues al llamar a casa de sus suegros, para dar el pésame e informarse de qué flores le gustaría para la corona, se encontró con que el membrillo del Tucker cogió el teléfono y dijo aquello de: residencia de los Blandfor ¿dígame? ¡Hay que ser gilipollas…!
No debe ahora, la señorita Lanchester, dejarse llevar por la costumbre.
¿La costumbre, dice usted? Sí, sí… la costumbre.
Hace tan solo unos meses la señorita Patricia Lambswood puso un anuncio por palabras en el Westminster Herald, de California. El anuncio, en inglés, naturalmente, pero traducido al pie de la letra decía así: “Cambio traje de novia, ajuar y otros accesorios, por pistola o revolver en buen uso”.
¿Qué le había sucedido a doña Patricia para llegar a semejante y desproporcionado trueque aunque quizás ventajoso para ella? ¿Para qué quería doña Patricia la pistola? Admitamos todas las posibilidades: para tirar al blanco (¡vaya con el lenguaje xenófobo!), para desvalijar al prójimo o para matar a alguien. Para tirar al blanco parece descabellado cambiarla por todo el pack de boda. Para desvalijar a alguien no parece sensato puesto que, todo robo lleva en su interior una aspiración a forrarse de pasta y no parece que, para ello, hubiera que hacer un cambio tan a todas luces, malo para la anunciante. Para matar a alguien, y eso sí que es otro cantar, por matar a alguien se puede perder no solo dinero, sino hasta la vida.
¿Y a quién quería doña Patricia matar? Se preguntó el sheriff del condado de Middlesex quien, de oficio, se puso manos a la obra en la investigación. Ahí estaba la madre del cordero. Porque o era a ella misma, o a su novio quien le había dejado al pie del altar y para vestir santos. También, y eso es cierto, se dijo el sheriff, podría ser para matar a una tercera o a un tercero si es que el novio tenía tendencias no confesadas.
Desconocemos cómo terminó la investigación del sheriff del condado de Middlesex, Connecticuc y, mucho me temo, que también nos quedaremos sin saber qué es lo que piensa hacer la señorita Alex Lanchaster con el chorraboba de su frustrado esposo, pero lo que sí es seguro es que de haber pasado en la vieja Europa habría dado lugar a una razzia similar a la de los Montesco y los Capuletos o, por decirlo más a lo castellano, habría dado para un folletín tipo Puerto Hurraco.
Espero que don Genaro, si es que lo tiene a bien, nos informe de cómo terminó la boda si es que, claro, lo publica El Comercio. Gracias le sean dadas de antemano.

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