GIOVANNI CALCATURRI. PIAMONTÉS, TENOR Y RENOVADOR OPERÍSTICO

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Hasta la ópera ha llegado el eslogan de rinnovarsi o perire y Giovanni Calcaturri, tenor piamontés, ha realizado en su último Rigoletto el apasionante número circense del, ¡más difícil todavía!, al entonar, al final del aria La donna è mobile, cuando Sparafucile alza el puñal; entonar, decía el do de pecho y, en lugar de soltar un gallo, que es lo consuetudinario en estos casos, ¡zas!, soltar un pedo sonoro, rotundo; un pedo en do mayor que retumbó en la platea y en el gallinero.

Al principio algunos –los menos asiduos a la ópera- creyeron que era parte de la tormenta que se forma en el momento de abrir el saco donde está, ¡oh pavor!, el cuerpo de su hija agonizante. Pero no está muerta –como en la rumba- sino que se muestra feliz por morir en lugar de su amado… V’ho ingannato, padre, te he engañado… Y muere en sus brazos. La escena, que tenía que terminar con el lamento desgarrador del Rigoletto, recordando la malediziones de Monterone se vio alterada por un cuesco terrible y, en lugar de aplaudir durante seis semanas la gente se lo tomó a chufla.

La ópera a secas, la ópera de arias, dúos, coros, decoraciones previstas y libretos añejos, languideció cuando el tenor Calcaturri soltó la bufa tremenda y renovó, casi  sin   darse   cuenta,   el  mundo   de   la   ópera.   Los  instrumentos  de  viento –trompas, flautas, clarinetes y oboes; fagots, contrafagots, saxofones y cornos ingleses- tienen, ahora, un nuevo instrumento: el culo del tenor Calcaturri. La historia futura, cuando narre la benemérita fruición con que Giovanni Calcaturri tronó su bandujo al igual que Thor, dios del trueno nórdico y germano, deberá analizar, ahora, el trallazo en sus dos niveles: alto y sostenido. Sí; el tenor Giovanni Calcaturri, ha renovado la ópera y, ahora, se alinea junto a Miguel Servet, a Lutero, a Galileo y a Kepler. También estará a la altura de Joselito y Marco Polo. ¡Faltaría más…!

Un cantante de ópera, aunque sea un tenorino de voz falsete y melódica no podrá arriesgarse a emular al tenor Calcaturri sin temer soltar un pedo en fa menor; un pedo leve y aéreo. Para llevarlo a efecto la nota Calcaturri tendría, previamente, que haber hecho régimen alimenticio. Tendría que haber ingerido no menos de dos cocidos garbanceros con su correspondiente repollo. Pero, ¡ay!, de hacerlo así podría contravenir la nobleza musical con que algunos cantantes –émulos del barón de Cubertín- se abstienen de la utilización de estas leguminosas como ayudas ergogénicas nutricionales.

El éxito del tenor Giovanni Calcaturri según todas las informaciones fue de tal apoteosis que, el público, ya no dice bis, bis, para pedir otra canción; sino que ahora emite pedorretas, como Rigoletto en el luctuoso trance, para solicitar otro tema. Pero, como en la vida no es todo del color de rosa –con perdón- el resto del elenco: la soprano, el barítono, el bajo y el contralto; la mezzosoprano, y los figurantes, han reclamado al director que la puesta en escena se lleve a cabo con máscaras de gas. Como si la ópera se representase en las trincheras de Verdún, durante la Gran Guerra. El tenor Giovanni Calcaturri, como todos los pioneros, ha resultado ser un incomprendido. Nadie ha querido ponerse tras las cachas del tenor, sino a su derecha.

El tenor Giovanni Calcaturri ha abierto el melón de la renovación de la ópera, sí. Y ahora, tras su cuesco en do sostenido obligará a los Verdi, a los Puccini, a los Leoncavallo del día de mañana a que escriban sus partituras con una nueva nota: el cuesco sonoro y rotundo de Calcaturri. Desde Calcaturri todos los tratados de música resultarán anticuados y de una utilidad muy parecida a las de las vías del ferrocarril en Soria: ninguna. Una ópera sin número del cuesco será un fiasco o, al decir de los críticos feroces de Radio Clásica, algo así como un jardín sin flores o un banquillo sin Casillas. Una cosa que ni merecerá la pena siquiera, tenerla en cuenta.

La ópera, ese género mitad musical, mitad literario y teatral que muchos pesimistas veían ya muerto y enterrado se ha venido arriba gracias al crepitus ventris del tenor Giovanni Calcaturri y a su sonoro y ventosero fuelle. Hoy, Calcaturri, salvador de la ópera, sonríe feliz y satisfecho desde su casa en el Piamonte, que no en vano se llama ¡loor a los augures! Pedemontium, entre viñedos de la gran llanura padana, junto al río Tanaro. El Piamonte da grandes pedorros, no hay duda, quizás sea herencia de los lombardos, cuya verdura homónima tan rotundos gases cría. Y sonríe optimista porque tiene la conciencia del héroe que ha salvado un tesoro de la muerte segura; del olvido y del alcanfor.

El tenor Giovanni Calcaturri es una especie de Ricardo Corazón de León o un Fleming de la tralla y el scorreggiare. El tenor Giovanni Calcaturri no imitó a Hércules quien logró, mediante un flato titánico, la limpieza de los establos del rey Augías, liberando así, del hedor que atufaba el Peloponeso; no. El tenor Calcaturri elevó el cuesco a la categoría de divo. El descubrimiento de la nueva y rotunda nota del tenor Giovanni Calcaturri, al igual que todos los arcanos, tiene sus doctores y sus definidores, y a ellos y a nadie más que a ellos compete ceñir y analizar la cuestión. Y bautizarla… y, lo que es más difícil, ventilarla.

Porque nosotros, -¡pobres ignorantes musicales!- somos entusiásticamente legos en la materia y, de la nota canora y musical de Calcaturri, no escuchamos más que un pedo.

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