PEQUEÑO PUEBLO CON ENCANTO

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Antes, cuando tenías que ir de vacaciones a la playa porque tenías que gastar la pasta que ganabas a lo largo del año ni se te pasaba por la cabeza el agro y el silvestrismo. Ahora no; ahora -gracias al gobierno, que tanto hacen por la vuelta de la emigración interior- ahora, decía, todos al pueblo. Pero no al pueblo como lo hacemos Aldea o como yo, que volvemos al nuestro; no. A un pueblo; el que sea… de turista rural. ¿Que qué es el turismo rural? Pues es ir al pueblo, como toda la vida pero, en lugar de hacerlo al tuyo, que te conocen todos y lo pasas de cojones, por la cara y cocinado por mamá o por la abuela; pues no hay que ir a un pueblo donde no te conoce nadie; los lugareños te miran como las vacas al pelotón del Tour y –además- a trillón el día.
Los mejores pueblos para el turismo rural son los pueblos con encanto y ahí, mejor que en ningún lado, está Soria. Soria tiene unas carreteras todas llenas de curvas, con baches, corzos, jabalíes y radares de la guardia civil. Unas carreteras con encanto… Vamos, que cuando llegas al pueblo estás encantado de bajarte del coche.
Te bajas del coche y primero preguntas por la dirección de la casa.
¿Oiga, la casa rural?
Pues mire usted, todas las de la derecha. Las de la izquierda son urbanas. ¡No te jode, aquí el turista!
Por fin entras en la casa. En el hall hay un botijo roto, una ristra de ajos (debe de ser por si al conde Drácula le da por venir) y una azada llena de óxido. Subes dos pisos, cargado con maletas, bolsas de deporte y el carrito de los niños. Cuando llegas al cuarto no hay televisor. Las ventanas están cerradas porque los mosquitos son como misiles israelitas y están empleados de barrenero en la mina del pueblo. Una telaraña te recuerda que aquí pudo pasar la noche anteayer el mismísimo Spiderman.
Oiga, amigo, ¿Aquí huele a purines, no?
Eso es olor a pueblo, dice el propietario.
¡Qué cojones olor a pueblo! Huele a mierda de cerdo.
No, hombre, no. ¡Que no es cerdo!, es jamón sin curar.
Tras alojarte sales al pueblo para cenar. En el pueblo no hay restaurantes, claro. Pero puedes ir a cenar a las piscinas municipales que, hombre… no es que tengan una carta de nouvelle cuisine, pero tienen bocadillos de chóped, salchichón imperial, alguna pizza y, si tiene usted suerte, igual les queda algún torrenillo del día anterior.
Vuelves a la casa y ahí tienes, en el sofá, a toda la familia propietaria ante el único televisor de la casa. Lo primero que piensas es en quién tiene mayor derecho a decidir; él, que es el dueño, o tú, que para eso pagas. En seguida se aclara… él.
Arrimen ustedes una silla de ahí de la cocina, te dicen. Y tú, que te quieres integrar, arrastras una silla de enea en la que, te sientas como un cantaor a la espera de Tomatito y su guitarra.
Tú crees que vas a ver el partido, a fin de cuentas, te dices, no todos los días juega la selección nacional la final de la Eurocopa.
No, verá usted. A nosotros, ahora, lo que nos gusta ver es Agrosfera.
Tú miras para tu mujer, y esta, que es la que te ha convencido para hacer turismo rural, se acojona al ver tu entrecejo fruncirse.
Cabreado te vas a la cama y, a las cuatro de la mañana sientes como si se hubiera caído la mitad de la casa…
¡Eh!, ¿qué pasa ahí?…
Vamos, perezosos. Arriba, que son las cuatro.
¿Qué?
Que hay que ordeñar, coger los huevos, regar el huerto y echar de comer al cerdo y a las gallinas.
Pero ¿dónde me he alojado yo?, te preguntas… ¿En Casa Tarradellas?
No; usted está alojado en un pueblo con encanto.
Consigues escapar, tras meter mano en las tetas a un mihura al que has confundido con la Vaca que Ríe; se ha cachondeado de ti el aldeano por acojonarte con el gallo y, aunque en principio lo habías conseguido, has acabado pisando una mierda de vaca y estás pringado hasta el jarrete. La parienta, para evitar que pagues con ella los platos rotos, te ha sacado de allí y te ha llevado a hacer una marcha. A esto se le llama senderismo. No sé por qué, si todos los que pasan por allí van en tractor, o en quad, o en moto. Si el único pringao que va por allí andando eres tú. ¿Y estos?, te preguntas, ¿por qué no van andando? Pues no van andando, precisamente, porque hace un calor del carajo de la vela, porque no quieren que les piquen los mosquitos tigre de la orilla del río, porque te persiguen nubes y nubes de moscas cojoneras, porque no quieren ser atacadas por nubes de avispas suicidas, porque las piedras del camino, que a ti te han destrozado los pies ellos las pasan en todoterreno…
Vamos a parar aquí, en esta venta que al menos desayunaremos como reyes
Fíjate, dice tu churri. Fíjate que huevos. Estos no se comen en Madrid ¿eh? Y este chorizo… Seguro que es de matanza. Ni la Coca-Cola sabe como la de Madrid ¿verdad?
Oiga, le pregunta tu mujer. Este chorizo es de matanza ¿verdad?
Pues no señora, pero casi. Al dar la curva, en la salida del pueblo, el camión de Revilla se salió y casi se matan el chófer y su acompañante.
Antes de acostarte el dueño de la casa se ha empeñad que tomes un vaso de leche.
Vamos hombre, que es leche de la auténtica. Sin mariconadas. Con toda su nata y recién ordeñada. Aún no está ni cocida. Beba, beba… verá como aún está calentita.
Tú bebes…
¿Lo ve? A que aún sabe a la teta de la vaca.
Tú te marchas a vomitar al baño y él se parte la caja mientras grita:
¡Estos de la capital….!
Te levantas para volver a ordeñar la vaca. Ahora, piensas, lo importantes es distinguir la vaca del toro. No vaya a ser que la vuelva a liar… Según pasas por el salón te has visto, de refilón en el espejo, llevas todo el careto lleno de habones. Unos granos del carajo. ¿Y esto? Sales gritando para la habitación.
¡Cariño, levanta…! Vamos a médico de urgencia. Mira, mira… mira como estoy.
El médico dice que es una reacción lógica a la leche.
Es que ustedes, los de la capital, no están acostumbrados a comer y beber alimentos naturales. Claro… Esto no es nada. Un par de cajas de pastillas y, sobre todo, no se me rasque, que se le puede quedar la cara como si hubiera pasado la varicela…
Salgo corriendo. Me monto al coche, meto los trastos como Dios da a entender y salgo, en dirección a Madrid como un loco.
Vamos, vamos… le digo a la mujer y al chiquillo. Vámonos de aquí y no toméis ni agua. Que igual no está ni clorada.
¡Jesús, hijo! Qué exagerado… Cómo se nota que eres de capital.
Miras en dirección al asiento del acompañante y fijas tu mirada criminal en la parienta… Esta está pálida. Se ha quedado sin habla. La he acojonado, piensas… No. Suena un golpe, ¡zas! No sabes para donde mirar. De buenas a primeras estás sentado sobre el asfalto. Tu coche está repartido en pedacitos por toda la carretera…
¿Qué ha pasado?, preguntas…
Un corzo.
Es domingo todavía… El vigilante de la empresa te pregunta
¿A dónde va? Si está cerrado…
Abre, coño…
Pero si es domingo.
Ni domingo ni leches. Déjame entrar. No quiero volver a salir de la oficina…. Con encanto, dice… Encantado estoy de no volver a salir de vacaciones.

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