EL BONITO SUCESO DEL MATRIMONIO MORCILLO

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Don Tranquilino Morcillo, natural de la parroquia pontevedresa de San Miguel de Cequeliños, es un hombre sosegado; algunos dirían que hasta manso y pacífico, pero como dice él, nunca se es lo suficientemente laso cuando uno se llama Tranquilino. El Don Tranquilino está casado con una mujer de armas tomar. Una señora de las que no entran dos en un ciento. La prójima del don Tranquilino se llama la señora Sotera y es gallega, también, pero coruñesa, de Cecebre, en el ayuntamiento de Cambre. Las mujeres de Cecebre, según es norma cantada por Galicia, tienen el mear espeso. En esto son como las mujeres bermeanas. La señora Sotera, una mañana en que se levantó con el pie izquierdo, tiró escaleras abajo, a un polaco que transportaba tres bombonas de butano para su vivienda.
Para que te marches con los soldados; tío húngaro.
Siñora, butanero no húngaro. Butanero polaco…
Por mí como si eres de Lugo. Y le dejó tirado, aplastado por las bombonas. Bien es cierto que, a lo largo de dos semanas, penó su genio pues se quedó sin gas y, por tanto, sin calefacción.
La culpa es tuya, Tranqui. Que no sabes frenarme el genio.
Si, mujer. Pero quita, que va a salir la señora del tiempo.
¿Lo ves? Siempre con el tiempo. ¿Qué más te da el tiempo que va a hacer si siempre llueve en Galicia?
Pero mujer, si no ha llovido en todo el mes
¿Lo ves…? Siempre llevándome la contraria. Eso sí… Sacarme una noche, a cenar, a bailar y a ver un buen espectáculo de cabaret; eso nunca.
Pero si tú eres, en ti misma, un espectáculo.
Mira, Tranquilino –la Sotera le apeó el diminutivo, como hacía siempre que se cabreaba- como sigas con esa sorna te clavo el pico del porrón en un ojo; dijo amenazando al don Tranquilino con el porrón lleno de cerveza con gaseosa.
El don Tranquilino, cultivador de cachaza, se lió la manta a la cabeza y, una tarde, le dijo a la Sotera que se preparase que iban a salir a cenar. Que iban a cenar y luego, una vez cenados, se iban a llegar hasta el club Danville donde, entre sesión y sesión de bailables, había un espectáculo de cabaret. La Sotera, aún sin reponerse de la sorpresa se vio, de pronto, lavada, pintada y atusada en un plis-plas. Tras cambiar las zapatillas de felpa por unos zapatitos de gamuza beige se cogió del bracete del don Tranquilino y, más contenta que unas pascuas, se dio a esa vida loca con que siempre soñó.
¡Quien le dijera al don Tranquilino la que se avecinaba! Él que era un hombre simpático, que quería –y la Sotera, finalmente, se lo impidió- vivir sin meterse en líos ni en mayores complicaciones.
La historia de lo acontecido, tras la cena, y ya en el cabaret, puede ser tan cotidiana como vulgar. El matrimonio se sentó en una mesita junto a la pista. Bailaron un par de tangos y un pasodoble. El don Tranquilino pidió un ginfizz y la Sotera un destornillador. Mientras bebían miraban cómo las demás parejas se deslizaban, con mayor o menor éxito, por la pista. Un bolero, una samba y una cumbia dieron paso al espectáculo. El speaker presentó a la señorita Dorita Whitehousse, natural de Denver, en la California, que hacía un número nudista-equilibrista que consistía en hacer girar dos llaveros que llevaba colgados –de uno en uno, claro- en cada uno de sus pechos. Mientras movía las caderas el de babor giraba a babor y el de estribor a estribor. Esto, que parece fácil, no debe de serlo, más que nada por el entusiasmo con que la señorita Dorita Whitehousse, lo llevaba a cabo mientras se desencuadernaba por las caderas.
En medio de la actuación el vecino de la mesa de al lado; un viejo retinto, con el pelo teñido de azul y mechas de color ciclamen, comenzó a meterse con la Sotera. La dama miró para su marido y este, que debía de tener algo de afición al bricolaje, miró para el techo, buscando un desconchón imaginario. Entonces el otro –el viejo citado- volvió a meterse, más si cabe, con la Sotera. Ella le dio un puntapié bajo la mesa y bajando la voz le dijo:
Tranqui, que el viejo este se está metiendo conmigo.
¿Quién?
La Sotera trincó al viejo de la manga de la americana.
Este.
¡Bah! Nada, mujer, no hagas caso, parece un buen hombre
A la Sotera se le subió la sangre a la cabeza, la cara se le enrojeció y los ojos, como dos antorchas, amenazaban con quemar al pobre del don Tranquilino.
Escucha lo que te voy a decir; o matas a este baboso o aquí se va a armar la de Dios es Cristo.
¡Pero mujer…!
La Sotera se levantó, agarro por el grifo un sifón de El Laurel de Baco –una botella específica para romperla en la cabeza de los malos de las películas, por su forma, su fácil manejo y su evidente dureza- y ¡zas!, le sacudió al don Tranquilino en la misma sien, justo donde el barbero corta la patilla con la navaja.
Toma, calzonazos, para que aprendas a defender a una mujer
Al pobre don Tranquilino le llevaron en una UVI móvil a ver si aún, y pese a todo, tenía arreglo lo del sifonazo. El viejo salió corriendo y no paró hasta llegar a Puentedeume y a ella, tras el informe de la policía, la pusieron, de patas y manos, en el banquillo de los acusados, delante del señor juez, a que la riñera un poco, y la pusiera mil euros de multa, además del pago de las costas y de la reparación de la cabeza del don Tranquilino. Al declararse insolvente, el juez la envió a presidio pero, ¡oh paradoja!, el marido, impulsado por ese movimiento de inercia que lleva a la sufrida clase pasiva calzonacista a pagar, sin decir ni oste ni moste, cualquier factura que le presentase la Sotera, soltó la panoja para que la dejaran libre.
Una vez liquidadas sus cuitas con la Justicia, el don Tranquilino se llevó a la Sotera a casa donde, tras reñirle por encender el televisor para ver el tiempo, le mandó a bajar la basura ya que “no valía para otra cosa”.
Saque quien quiera, y esté en posesión de mejor razón que la de este pobre relator, las consecuencias que más le diviertan del bonito suceso del matrimonio Morcillo, que una noche, para que callara la Sotera, tuvo la ocurrencia de pasar un rato en un cabaret.

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