FEMINISMO PLAYERO

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Hay hombres que una mañana, mientras se atusan el flequillo o se quitan las legañas y, como sin darle ninguna importancia, dicen: ¡eureka!; o dame un punto de apoyo y moveré el mundo; o pienso luego existo.
¿Quiere usted aclararse, don Dimas?
Voy a ver si se lo explico, don Matías. Que está usted de un espeso que ya, ya…
Pues venga, que es que da usted más vueltas que el suburbano.
Pues esta mañana, aquí donde usted me ve, he tenido la santa suerte, porque eso es suerte, desde luego, de asistir en vivo y en directivo a un acontecimiento único. Un acontecimiento que cambiará la percepción en las relaciones entre hombres y mujeres.
Quiere usted arrancar de una vez…
Pues resulta que estaba esperando en una carnicería a que me tocara el turno acompañado de la gobernanta del centro de día. Estábamos diez personas. Una de ellas yo, pero no cuento pues estaba de complemento indirecto de la señora. Ocho señoras, servidor –que ya dije que no cuenta- y Patxi; un hombre bajito, menos de un metro sesenta; ex electricista y pensionista a la espera de jubilación. El Patxi, que gasta esposa dos cuerpos más grandes que él –a lo ancho y a lo alto- y que, al ser estanquera, tiene unos humos que para qué. El Patxi, le decía, que venía ya reñido de casa, como suele ser habitual entre casados, va y se acoda sobre el mostrador mientras las ocho señoras sacan el pellejo, uno a uno, a la especie humana, sección masculina.
Lo que yo les diga a ustedes… Unos golfos todos. Unos golfos y unos misántropos
Oiga doña Adolfa, los misántropos ¿no son aquellos que tienen aversión al trato con los demás?
¿Y le parece a usted poca golfería, doña Crisógona?
Pues no, doña Adolfa, pero usted, a lo mejor, lo que quiso decir era misógino
¡Huy la tía guarra esta lo que me ha dicho…!
La doña Adolfa echó el pié atrás con idea de trincar del moño a la doña Crisógona pero la otra media docena de sotas –doña Clementa, doña Efigenia, doña Facunda, doña Mamesa, doña Melchora y la doña Pomposa- la cogieron la mano a tiempo y no llegó la sangre al río. El carnicero, blandiendo la media luna de tronzar jarretes, puso orden tras la barra.
A ver si voy a tener que salir yo a poner orden…
Misogino, aclaró la doña Crisógona, que para eso trabajó cogiendo puntos a las medias bajo una academia de pago, es el que odia a las mujeres. Por eso pensé que usted quería referirse a eso, cuando dijo misántropo.
Usted perdone, doña Crisógona, dijo la doña Adolfa. Es que una, además de muy burra y como tiene en casa lo que tiene, pues a la menor va y salta donde no debía.
No hay de qué, dijo la doña Crisógona. Yo la entiendo porque lo que sí que es cierto es que son todos unos golfos y medio putañeros. Ahí los tiene usted, deseando que llegue el verano para irse de Rodríguez de cabaré en cabaré.
Eso, dijo la doña Mamesa. O de putas.
Ahí, ahí, recalcaron todas.
Mientras, nosotras, como esclavas en la playa. Atendiendo a los niños y aguantando la tertulia de las señoras de la sombrilla de al lado. Que son de un cursi y de un pesado. ¡Menuda cara tienen los maridos! Ya lo dijo el marqués de la Valdavia: Madrid, en verano, con dinero y sin familia, Baden Baden.
Manuel el carnicero nos miraba, indistintamente, al Patxi y a mí. Yo, como iba acompañado, cerré los ojos, señal inequívoca de que iba sin grande, sin juego, sin pares y hasta sin chica. Pero el Patxi no; al Patxi se le vino la sangre a los pulsos y, redivivo en Andrés Torrejón firmando el bando contra Napoleón, se enfrentó a los ejércitos femeniles con un par…
Oigan ustedes, lo que ustedes son es unas tías sinvergüenzas.
¿Eh? Contestó el coro de indignadas. Repita usted eso si se atreve, tío enano.
Ustedes son las culpables de la ola de cambios de sexo en el género varonil. Ustedes son las responsables de que los hombres salgamos del armario y abandonemos nuestro papel secular de calzonazos.
¿Pero qué dice este hombre? ¿Ha visto usted, don Manuel? Dijo la doña Mamesa al carnicero, que pareció erigirse en árbitro de la riña.
Dejemos al Patxi que se explique, señoras. Son ustedes ocho contra él solo. También tiene que tener su poquito de turno al explicarse.
Él solito no; aquí tiene a otro, dijo señalándome a mí.
No, señora, dije yo. Yo mientras esté aquí, mi complemento indirecto, ella habla por mí.
Así tienen que ser los hombres, dijeron las ocho al unísono. Y no como este bandarra de media talla.
Miren ustedes, atinó a decir el Patxi. Los hombres, ahora con esto del feminismo, estamos acogotados y sin poder reaccionar. Algunos, los más valientes, se han hecho homosexuales, no por vicio, como decía el padre Ripalda, ni por convencimiento como algunas de ustedes pueden pensar; sino para poder hacer lo que quieran sin que sus esposas les molesten. Esta mañana, nuestra amiga Isabel Sanz nos ilustraba acerca de un marido que estaba con sus amigos (amigotes en jerga femenina) mientras su esposa reposaba, la pobre, de las multitudes de faenas que tiene cada día. Lo hacía tumbada al sol a pesar de lo mal que la viene tomar el sol, pero la pobre, ¡todo sea por la familia, la propiedad y el Estado! Ahí, dándolo todo por su familia. Seguramente tenía la cabeza llena de faenas que aún debía realizar y, por ello, no podía levantarse y llevar al niño al baño. Lo lógico, ¡faltaría más!, es que lo hiciera el esposo.
Esta escena, señoras, no hubiera tenido lugar si la pareja hubiera sido homosexual. El marido (ahora sólo tienen marido los homosexuales; las señoras tienen chico, pareja o churri) estaría hablando con sus amigos mientras el otro marido estaría tumbado al sol. Si un marido le dice al otro marido que lleve al niño a hacer un pis, aquí paz y después gloria. Pero no… La tumbada era la esposa, la que, a lo mejor, como decía doña Adolfa, llevaba todo el mes en la playa, aguantando niños y las conversaciones de la sombrilla de al lado y el hombre, como todos los hombres, habría llegado, hacía media hora, de Madrid, donde lleva toda la semana de Rodríguez, gozando de los cabarés y a putas.
Pues lo dicho, señoras. Han conseguido ustedes cargarse al marido español, al calzonazos ibérico y le han hecho abandonar el armario como el gorgojo abandona las lentejas.
El Patxi, acabó su perorata; entregó la lista al carnicero y, tras dar los buenos días a su público que le miraba boquiabierto, dio dado media vuelta y se marchó más ancho que alto, lo que tampoco, dada su talla, era difícil.
Ha visto usted, doña Mamesa, lo que ha dicho el gilorrio este. Que prefiere hacerse guay que llevar a los niños al güater. Los hay con un cuajo…

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